La calle Nimes





De taxistas que no la conocen, y ecos de niños que ya no juegan en sus cien metros de largo, la calle Nimes atraviesa los vientos fríos de un Buceo que parece allí, ser siempre invernal.
Por Matías Rótulo
De taxistas que no la conocen, y ecos de niños que ya no juegan en sus cien metros de largo, la calle Nimes atraviesa los vientos fríos de un Buceo que parece allí, ser siempre invernal.
Confundida entre la locura de festejos de choferes que vuelven tarde del trabajo por Ramón Anador. Cansada de esperar la pasmosa carrera de perros por la calle Bustamante¨. Ese pequeño cinturón del mundo sonríe sin árboles, el pasar de una morena que se apronta para desfilar con Yambo Kenia un carnaval pasado y triunfal. Dicen que en la calle Nimes murió un viejo general, que coleccionaba selvas en su jardín trasero, que regalaba soledad.
Cuentan que más de un tupamaro allí se escondió perseguido. Algunos en la calle Nimes simplemente dan vuelta la cara, murmuran, vuelven a mirar y prefieren olvidar.
Del negro Carlos que inventaba sus historias con camión de cumbia motor, y la rubia culona que despertaba los sueños de algún servidor. De las flores de los jardines, a los ranchos de ventanas chusmas y olorosas por los gatos que aullaban las noches sin abrigo, aullaban paralíticos de las piedras de algùn vecino. Perfume a vainilla, torta frita, y ruda: La calle Nimes fue el dolor de una viuda, y el misterio del pavimento ensangrentado en el baile de año nuevo, cuando la calle tuvo fiesta, en el 86. Tres hermanos y algunos primos. Mil corridas y aquel gol.
Las heridas de misa: Arlene, la gorda Chola, y los hermanos de Willi, creo que presos, o libres de tanto dolor. Y aquel primer beso convencido que murmuró entre un muro escondido, la primera palabra de amor, o la despedida trece vueltas al mundo después de vivir cada día y cada noche bajo un cielo y una calle, callejón. Dicen que en la calle Nimes murió un general. Cuentan que estaba sólo el día que todo terminó. Un taxista no supo decir donde fue el triste velorio. Pues los taxistas no conocen la calle Nimes, tal vez no exista, tal vez no existió.