miércoles, 18 de abril de 2012

Seis presos

Por Matías Rótulo


La mayoría de las gotas de transpiración tienen el mismo sabor. Beso, trabajo seca, al sol, hiriente, me parto los labios al intentar que la lengua me bese, me contamino de líquido, me alimento, te beso. Mi cuerpo, el cuerpo que me contiene está preso, pero yo estoy libre flotando en el cuerpo encerrado. Soy libre cuando sonrío, libre cuando mastico, libre cuando me hacen hacer silencio.  

La arena huele a mar, aunque. La pared está agujereada, como intentando abrirse en dos para  conseguir la libertad que si fuera por mí, consistiría en oler flores, agua podrida, el pasto mojado por las mañanas: esa es la libertad que yo añoro: sentir tu perfume, las flores del velorio que he descubierto, las descubro cuando vienen a mí. En primavera se conmueven con el sol las violetas.   

Tenía los ojos que yo quisiera tener. Ese color celeste que en el centro dibuja un círculo negro: bien negro. Las pestañas eran largas, armadas como si fuera una luminaria, una araña de techo; brillaba así. Yo fui libre en ese momento, cuando la vi, cuando pude observarla llorar. Soy libre cuando lloro también, aunque mi lágrima siempre termina en la boca: que muerde con rabia lo que yo le regalo.

Los escucho hablar y me sorprendo del silencio que dejan cuando recuerdan la libertad. Para mí, la libertad es infinita. Quiero escuchar músicas, voces, silencios. Pero solo si los dedos se introducen en los orificios de mi cuerpo, es imposible que pueda dejar de escuchar. Soy libre, pero estoy preso de los sonidos. Y me parece escucharte llamar, llorando, avisándome que te ibas. Te fuiste, y sentí el peor de los silencios: cuando me anunciaron tu muerte.

Siento que la suavidad es una utopía. El calor una alegría, el frío una novia enojada. Siento que cuando tu cuerpo está cerca… el cuerpo ya no está cerca, y si no está cerca, no soy libre. Para sentir la libertad, tengo que abrazarte, que me atrapes, y atraparte.

Soy el lápiz que se detiene en las letras, apunta a una coma como la culpable del desgano de seguir escribiendo. Me someto a masticar la hoja. Y mi punta se quiebra en el cuello, y la espina se clava en el renglón que no se termina nunca más. Y el perdón se dibuja a lo largo de la última frase, y la lágrima cae,
del ojo al labio,
del labio a la hoja,
de la hoja al sobre,
del sobre al fuego,
del fuego al calor,
del calor al invierno,
y así repentinamente: del olvido me olvido porque estoy muerto, con mis cinco sentidos añorando, arañándote, añorando.

17 de abril de 2012