lunes, 20 de mayo de 2013

Tierra para los campesinos: el caso de Curuguaty



Por Matías Rótulo (publicado el 21/12/12 en  HUM BRAL)



El hecho aquí narrado de manera ficcional ocurrió el 15 de junio de 2012 y el viernes 21 de diciembre 2012, la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) publicó un informe del cual se toman algunos de los testimonios para esta historia. Ningún policía fue investigado y el gobierno de Federico Franco (por este caso se enjuició y destituyó al Presidente Fernando Lugo) impidió una investigación más profunda al respecto aunque hubo catorce imputados por el lado de los campesinos.

- Va a ser el miércoles.
-Va a ser el viernes. Ese será el día en el que vengan a conversar, eso dicen los dirigentes.


Olía a Curuguá (1) , y una de las mujeres lo mencionó como sorprendida: “hay olor sí”. Las mujeres gesticulaban mensajes nerviosos con dos hombres que se mostraban preocupados, ellos olían a rancio del trabajo en la tierra. Uno de los hombres acarició su barba y el escalofrío le recorrió desde la mano hasta las rodillas que hacía pocos minutos habían estado en el barro, la mano en el martillo, el martillo clavando un cartel que decía “Tierra para los campesinos”.
Hubo una reunión y en el murmullo se escuchó.
- Las tierras están ganadas. ¡Ganamos!
- Hay olor a campo acá. A campo nuestro –dijo un campesino entre risas-.
- Van a venir y vamos a conversar con ellos, tenemos que tener las tierras.
- Igual tengo miedo.
- Van a venir a conversar. Ya lo dijo el dirigente.
- ¿De qué se ríen? –dijo otro campesino cambiando de tema-.
- Del espacio. Andan pidiendo acá.
- ¿Quieren acá?
Eran los de Yvypytã que pidieron estar allí, en ese espacio señalado por uno de los hombres que luego habló fuerte y les preguntó “¿Dónde quieren?”

- Queremos allí. Es el mejor lugar.
- ¿Ahí dónde?
- Ahí -señala con la cabeza sin levantar la mano y con seriedad, una seriedad grave que le había ganado a la risa anterior el espacio de su rostro curtido-, cerca del camino.
- Está bien, quédense ahí, nosotros nos vamos al fondo.

Los del grupo de Brítez kue entendieron que ese era el lugar de ellos, al fondo.

- Vamos al fondo, se va a repartir más tierras ahí en el fondo, somos catorce y ahí en el fondo vamos a tener más lugar.
- ¡Pero este era el mejor!
- Seamos solidarios. Seamos vecinos.

La mañana aquella estaba tranquila. Pero algunos de los hombres miraban tristes. Una tristeza aterradora.

- ¿Cuántos somos?
- Vamos a contar en un rato.
- Tenemos que terminar de repartir.
- Las tierras están ganadas, tenemos tiempo.
- Si vienen el viernes o el miércoles deberíamos tener algo más preparado.

Las mujeres lavaban a los niños.

- Me lo dijeron por teléfono.
- ¿A vos?
- Sí a mí.

Se armó revuelo en el campo y unas palomas que picoteaban restitos de pan salieron volando como espantadas por las risas. Las risas a veces asustan.

-Entonces tenemos que ordenarnos y medir, medir los terrenos. Si son nuestros midamos.
- ¿Nos van a dar el permiso de ocupación?
- Yo les dije compañeros, que iban a venir ahora, van a venir y van a hablar.
- Escuchen, escuchen todos, silencio.
- Van a ir, está todo bien (se escuchó desde el otro lado de la línea telefónica).

La algarabía hizo correr a los perros que estaban durmiendo alrededor de los niños que aplaudían sin saber la razón.

- Escuchen todos. Silencio, escuchen todos. Si en Asunción nos dicen que todo está arreglado vamos a tener que apurarnos. Y este llamado fue contundente. Debemos ordenarnos. Por favor, silencio. Lo escucharon por el teléfono "nuestros abogados hicieron bien el trabajo". Pero tenemos que ordenarnos, medir los lotes, seguir midiéndolos como veníamos haciéndolo.
- Yo no sé -le dijo un hombre a otro en voz baja-.
- ¿Qué no sabés? -le preguntó el otro hombre-.
- ¿Vos no tenés miedo?
- ¿Por qué me decís así?

Un niño gritó al ver una araña. Era pequeña y la madre lo acurrucó. El niño quedó atrapado entre los brazos de su madre que lo besaba entre sus telas pobres.

- ¿Por qué me decís así?
- Nada, no va a pasar nada.
- Van a venir a conversar con nuestros dirigentes las autoridades que mandan a la policía. Quedate tranquilo.
- Vení.

El otro hombre lo siguió.

El jueves 14 de junio todos estaban esperando la llegada de la policía. Algunos tenían miedo, otros esperaban ansiosos para poder explicarles, hablarles, decirles que su sueño estaba cerca y que la policía le informará sobre la decisión: la tierra es de ellos.

- No ha venido nadie, llamamos a la oficina del señor fiscal.
- ¿Pero no iban a venir ayer?
- Les informo de nuevo, me dicen que no hay una orden de nada.
- Mañana es la atención médica -dijo alguien desde lejos-
- Si, eso es lo que nos dijeron -confirmó otro hombre, mayor, fumando un pedazo de papel y tembloroso-.
- Ayer nos dijeron que vendrían -gritó desde más lejos la madre de unos niños que lloraban sin parar-.
- Yo tengo mis dudas - respondió el hombre que preguntó el hombre que parecía tener las últimas informaciones.
- Somos pobres, no tenemos atención ni un solo guaraní. Tenemos que curar a nuestros niños.

El susto fue ganando terreno. Algunos vecinos habían sido advertidos por sus familiares que algo pasaría porque las noticias corrían como en un campo libre, como un rayo lejano que de pronto quema el árbol más cercano. Algo iba a pasar. La desconfianza era absoluta. Pues cuando no hay respuestas, menos posible se hace realizar nuevas preguntas.

- Yo llamé de nuevo al fiscal, pero no sabe nada. Seguiremos esperando.
- Lo que va a haber es un allanamiento.
- ¿Y vos cómo sabés?
- No importa cómo lo sabe. Un allanamiento no es tan grave.
- No sé -dijo el hombre que anunció lo del allanamiento-.
- No es grave no. No somos criminales, estamos peleando por nuestros derechos, tal como dijo el doctor.
- Va a haber un allanamiento para ver qué hay acá adentro, nos van a ver a nosotros. Van a ver que el lugar donde estamos no es propiedad de Campos Morombí, sino de Marina kue, pero que al estar tan pegado a Campos Morombí...
- No es tan grave, es un allanamiento nomás.

El cielo se tornó gris, llovía pero no mojaba. Un gato acariciaba su lomo sobre una palangana. Vio una rata y corrió tras ella. La rata le hizo frente.

- Dígame Don Gauto, usted es el comisario, dígame la verdad. ¿Va a haber desalojo?
- Sí va haber. Si ya no podés o no querés ir a la casa de tu marido tenés que buscar la casa de algún pariente donde ir, tenés que salir de allí. Te aviso, salí de allí. Vos estás allí como carne de cañón... y tus hijas... No digo que te vas a morir pero te podés ir a la cárcel y no sería bueno que eso te pasara.

La mujer lo pensó. Sus hijos la miraban con hambre.
-Mañana vamos al médico mi amor - le dijo esa madre a su niño acariciándole la carita, limpiándole la boca llena de tierra mientras masticaba un pedazo de pan.

La mañana llegó y con los gallos escandalosos… un perro paró las orejas. Alguien sintió algunos golpes. Eran las cinco y media de la mañana.

- Dormite mi niño, es un helicóptero, acá adentro no va a pasar nada. - El helicóptero aleteaba acariciando los pastos-.

En otra carpa, un hombre se ponía la camisa. Era un viernes con luna, una luna que no iluminaba, una luna con nubes presagia lluvia. "Se apagó el helicóptero" -pensó uno de los hombres. "Se apagó" dijo la mujer a su lado.
Hay alboroto en el campo. Se escuchan unos gritos. Los niños dormían inquietos, Afuera se escucharon gritos y risas. Otros caminaban nerviosos miraban para el lado de La Paraguaya.

- Ahí viene, ahí viene... “¡Veeeengan pues!” - gritó un hombre señalando mientras pasaba por encima el ave metálico-.
- Va a venir el fiscal parece - confirmó una mujer-.
- O a lo mejor va a venir el ministro -exclamó el hombre-.
- Va a venir si -dijo alguien levantando el puño-.
- Traigan el mate - pidió una anciana-.
- Yo ya llevo el pan -sostuvo otra mujer de la misma edad-.
- Mirá, aquella está cocinando porotos -dijo la primera anciana-
- Y el flaco trajo mandioca -dijo la segunda anciana-.
- Ese helicóptero es por nosotros -acusó el hombre que señaló y festejó el helicóptero-.
- Si, van a venir, van a venir a hablar - se confundió alguien en el grupo mientras llegaba-.
- Vengan vecinos, vengan. Si nos traen el documento legal, vamos a salir. Tiene que venir el fiscal y le vamos a pedir dos o tres horas de tiempo para sacar nuestras cosas y salir todos. - Hubo un silencio en el grupo-.
- ¿Por qué? No va a pasar nada - se animó a cuestionar alguien con la voz tiritando de frío-.
- Vamos a reunirnos allá todos.
- Ey, vengan, vengan todos.
- Va a haber un desalojo.
- No va a haber nada. Vienen a lo que dijeron ayer...
-... al allanamiento -contestó alguien tosiendo-.
- Si a eso - dijo la primera de las ancianas-.
- Va a haber desalojo, gritó el hombre que festejó el paso del helicóptero.
- Yo no me voy más. Estoy cansada de los desalojos.


El grito de todos era firme pero helado, todos dijeron "si", como dándole la razón a la persona que se negó a ser desalojada. El tumulto era como la mañana oscura aquella en la cual los gallos se adelantaron un par de horas al sol para recitar su buenos días.

- Viene la policía.
- ¿Cuántos son? -preguntó alguien al dirigente que se paró como vocero-.
- Son muchos - hubo murmullo-. Igual nadie nos va a desalojar, la tierra no tiene título, no es de nadie el silencio fue absoluto fue mortal. Luego la gente respiró.
- Viene la policía, es lo único que les digo.
- ¿Nos van a allanar? ¿Eso significa que nos van a pegar?
- Usan balas de gomas, pero no matan.

El camino por donde siempre iban los ocupantes al campo estaba ahora ocupado por policías. Todos expectantes como leones aguardando a una liebre.
El principal Elizardo Gamarra miró el cielo y se abrió por entre las nubes la luz de una estrella. Pensó en alguien amado. Esperó por el subcomisario Lovera que organizaba su columna a punto de entrar por Campos Morombí. Lovera no miró al cielo, solamente consultó la hora. La guerra estaba declarada. En el campo algunos pensaban cómo hablarles a los policías. Lovera volvió a pedir que el desalojo fuera pacífico. Un perro, adentro del campo se lamía la sarna.

-Les dije señores, las órdenes son el desalojo pacífico, usen gases si se complica y balas de gomas - explicó Lovera, mientras su pelotón se sacaba el frío matinal moviendo las piernas prontas para correr.
- Todos a los vehículos -dijo otro oficial tras la orden de Lovera y se pusieron en marcha-.

Adentro, en el campo, los porotos estaban prontos. Un niño se despertaba susurrando por su madre que estaba afuera.

- Allá vienen. Se bajaron de los vehículos. ¡Vienen a pie y son muchos! –gritó una niña-.
- Se bajaron por los obstáculos que dejamos.
- Déjenme hablar a mí, yo les hablo.
- Vamos contigo, vamos.

Comenzaron a caminar mientras avanzaban hacía a ellos unos policías de cascos azules.

-Levanta el cartel -dijo alguien-.
- Si levántalo.

El cartel al viento decía "Tierra para los campesinos"

- ¿Cuántos son?
- No sé, son muchos. Unos cien.
- ¿Muchos? Son como mil, mira para atrás.
- Son mil, más o menos. Vienen de todos lados.
- Sin miedo compañeros, vamos a hablar. Levanta más alto el cartel.

Eran unos sesenta ocupantes, contra cientos de policías. Ocupantes desarmados, simplemente armados con un cartel que pedía tierra para los campesinos.

- Venimos para hablarles. Ustedes son la ley, nosotros los respetamos - gritó alguien desde el grupo de los campesinos y en de los policías se hizo silencio-.
- Quédense ahí vamos a conversar porque aquí hay muchas criaturas, señoras y nosotros también somos paraguayos y ustedes también son paraguayos. No sirve incidentar -agregó Pindú, otro de los ocupantes.

Pero a Pindú lo tomaron por el cuello, y lo tiraron a la tierra, tierra por la que tanto luchó. 

- ¡Vamos a conversar solamente! -gritó Pindú-, pero se escuchó un tiro al aire, aire que se volvió más pesado que frío, más frío que la muerte de Pindú.

Una de las víctimas contó después que "le dispararon, con su hondita en el pecho murió el señor. Y después yo empecé a correr pidiendo socorro. Corrí y las balas… Terrible era. Escuchaba las balas pasar a lado mío. Terrible era, terrible. Nuestro Dios es grande. Y pude llegar hasta el bosque, y el helicóptero pasaba sobre mí. ¡Terrible! Se olía el olor de la pólvora de las balas. Después volví a correr, había un árbol caído con las raíces fuera, me escondí en el hueco entre sus raíces".
Murieron de un lado y del otro. Murieron allí. Luego, el mundo se olvidó un poco del tema porque la cuestión se tornó política. Esa semana de junio hacía frío en Paraguay. Asunción quedó desolada y a 240 kilómetros, en el campo, un cartel había sido pisoteado, un cartel que decía entre la tierra húmeda de sangre: "Tierra para los campesinos". 



(1) Planta abundante en el lugar, que le da nombre a la zona.

(*) Gracias a Diana Zalazar por su colaboración para esta nota.