Cien cepilladas antes de dormir y videos hot


Por Matías Rótulo (publicado el 4/10/2012 en el Semanario Voces)

Hace algunos años (en 2004) se publicó un libro que llamó la atención al bocho porno colectivo. Era el libro de una italiana de 16 años que firmó Melissa P su primera y olvidable novela Cien cepilladas antes de dormir  (Editorial Emecé). La confesión íntima superaba las expectativas de la opinión pública, tanto que el libro recorrió el mundo, se tradujo a 40 idiomas y nadie lo leyó como lo que era: una ficción.

La literatura confiesa historias íntimas, o mejor dicho, nosotros hacemos parte de nuestra intimidad las historias confesadas. Denise Diderot en La Religiosa sacudió el siglo XVIII (la primera publicación fue en 1796) con las relaciones sexuales entre monjas dentro de un convento. Flaubert en Madame Bovary a mediados de 1850 relata las experiencias íntima de una mujer (un personaje ficcional) reprimida por la sociedad. Hay decenas de ejemplos más, de textos confesionales y autobiografías como la de Melissa P y de otra literatura, cine, teatro y demás.
El personaje de Cien cepilladas… revelaba su historia sexual de descubrimiento pero también de sufrimiento. El mundo depositó en la joven escritora una posible realidad escrita en el texto. Como era una adolescente de 16 años cuando lo escribió el morbo era doble. La lectura del libro era obligatoria para conocer las perversiones de una adolescente italiana. Eso le sirvió al producto que se vendió a granel (inclusive en Uruguay).
Desde un tiempo a esta parte el fenómeno de la literatura autobiográfica (que no es como el libro de Melissa P.), individualista in extremis, tiene que tener líneas de confesión sexual, de la primera vez, de la homosexualidad, de las “perversiones” y las experiencias. Es el sexo un imán no erótico sino comercial.
La literatura ha cumplido un papel difusor de historias privadas donde la confusión entre personajes y personas (a pesar de estarse frente a una autobiografía) es absoluta y motivo de debate en academias de letras. Cada vez más las biografías y autobiografías ocupan los lugares más privilegiados de las librerías. ¿Será porque nos gusta saber de la vida del otro para sentirnos libres de nuestras culpas? ¿Qué nos gusta saber del otro?

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Lo que pasa en la literatura pasa en la vida, porque la literatura la refleja. Los miles y miles de libros vendidos de Melissa P. describe un interés colectivo: nos interesa el sexo, no solo como momento íntimo, sino como una cuestión íntima del otro. El otro que habla, genera un alejamiento. Podemos ser empáticos con el sufrimiento de Jesús en la cruz, ponernos su camiseta agujereada en la panza, pero no somos Jesús en la cruz
En estos días Uruguay fue sacudido por un hecho privado, que al final fue un hecho público. Un video donde dos personas mantenían relaciones sexuales. Un video auto filmado. Una de ellas es famosa. Un testimonio perdurable en la memoria colectiva que lentamente se va a convertir en un mito eterno.
La confesión, particularmente la confesión sexual nos interesa porque habla de todos nosotros, aunque neguemos algunas posiciones sexuales  y deseos.
El video es la superación de la novela. Ya no hay un personaje que deja la duda si es o no el autor, sino que hay ahora carne y carne en contacto, intimidad vulnerada por alguien que sube un video como testimonio de ese otro en la intimidad.
Leer un libro que cuente una historia que se presenta como “real”, y cuyo centro es lo sexual, nos aleja a nosotros de aquello que se cuenta, porque en primer lugar lo cuestionaremos, en segundo lugar lo disfrutaremos. Ver un video subido por otro, donde hay otros dos manteniendo relaciones sexuales nos espanta por el hecho de la filmación en primer lugar, y de que la persona es famosa en segundo. No se cuestiona el poder de indecisión que tuvieron los filmados frente a alguien que vulneró el derecho de intimidad de esas personas, y menos aún se cuestiona la difusión indirecta del video que estaba en un sitio libre a ser visitado por cualquier persona (inclusive menores de 18 años).
Alguien debería escribir la autobiografía social de la hipocresía. El sexo nos domina y nos interesa, aunque cuanto más ajeno mejor. Leemos esas autobiografías sexuales, o esas ficciones confesionales espantados de lo que pasa en el mundo. Vemos esos videos arañando una opinión condenatoria, pero lo vemos, lo disfrutamos, y antes de dormir nos cepillamos cien veces.