viernes, 11 de octubre de 2013

Más acá del más allá



Por Matías Rótulo


Quién sabe si en el pueblo las flores no se marchitan. Es cierto que los ríos se arriesgan a besar la orilla, y los sauces paran las lágrimas entre sus copas con risas que parecen más murmuraciones de viejas chusmas que hojas verdes y largas que se franelean entre sí, mientras el árbol representa el dolor de la naturaleza. Son unas inmorales. 
Esa tarde Cardona supo del duelo. "¡Mire que se levantó igual el polvo de las callecitas cuando el lechero llamó puerta por puerta!" dijo don aquel, hermano de ese otro que se casó con aquella china amurallada que no dejaba pasar las moscas hasta que vino el patrón y zas... Algunas viejas de luto lloraron hasta el amanecer. Nació un niño en 1907 y poco después se hizo hombre. 

Luego dicen que todo fue fiesta en la casa del viejo.  Lo vio pasar el distraído, el compadre, y el mentiroso. Lo vieron pasar tranquilo, tranquilo, tranquilo,
muy
tranquilo arrastrando las patas y arrugado, pero bien bien alto y sacando pechera porque a la muerte no se la puede dejarle creer que uno le tiene miedo. 

 A mí me importa contarles del encuentro entre el yerno y el suegro.

“Buen día” le dijo como para calmarle la ansiedad. El viejo había vivido noventa y nueve años, noventa y nueve umbrales al borde de la muerte y un buen día, cuando todos pensaban en el festejo de los cien, el viejo que ya era medio mamarracho y desobediente dejó a las viejas (y dos viejos) de sus hijos, como cuarenta nietos, con las ganas de revisar los pasos de baile que no se concretaron en la salutación centenaria, y de llamar a la televisión. Es que ya todos imaginaban la radio con saludos, las guirnaldas y la hija menor del viejo con el diario del pueblo festejando en su tapa aquel acontecimiento.

Volviendo al encuentro con su yerno, le dijo “buen día”, pasando como viento por al lado de sus dos hijos y su viuda que creo andaba medio pesada con aquello de la muerte del viejo que ya se aproximaba. 

El viejo se quería morir, no quería sufrir y de eso da constancia cualquier ser viviente que tenga sentimientos en su piel, por más arrugada que esté.

“Vamos abuelo”, dijo el yerno que lo quería como a un padre. “Usted ya está viejo y vivió una buena vida”.
“Vos no sabés todo lo que viví alambrando”, confesó el viejo a su yerno que ya conocía las historias de alambramiento, pero a pesar de que el yerno también es viejo, lo escuchó por respeto a los mayores.
Las aguas se detuvieron esa tarde y el Sol se cansó de estar flotando en el cielo. El viejo ni cuenta se dio. El yerno le sonrió para darle bienvenida.

Sospecho que son felices, y uno cuenta de fútbol, y el otro de campo. Uno cuenta de mares, y el otro de años mozos. Tal vez se mienten, y festejan: el viejo a sus hijos, a sus nietos y los que vendrán. El yerno hizo llorar de emoción a la lluvia. Creo que hay nietos en todas partes, e hijos, nueras y más yernos. El viejo toca la guitarra, el yerno cuenta de China y en Cardona todo pasa igual. Entonces se cruza un viento triste.
Alguien los recuerda. Otros les escriben. Un mendigo vestido de poeta le hace un par de rimas y un réquiem de bienvenida.

Más allá está tan acá que es difícil calcular las distancias. Y los años pasan... Murió una tarde en el medio de un festejo familiar: el de saber que se muere alguien querido.