lunes, 16 de diciembre de 2013

El Pinta

Luego de manipular las letras, comenzó con los números. Era el pintor de letras más famoso del pueblo. Cada comercio, cada cartel de la principal avenida, pequeña por cierto pero principal al fin había pasado por el pincel y el pincel había sido sostenido por las manos de Enrique, más conocido como El Pinta. Todos los pasacalles, carteles políticos, fúnebres, timberos, deportivos, declaraciones de amor, de arrepentimiento de tentación, de dolor tenían Enrique El Pinta. 

Una letra curva y siempre de colores básicos. Las emes mayúsculas las hacía con delicada curvita y las erre con una pancita deliciosa. Las a herían con sus puntas y las eles parecían patearle el trasero a alguien.

El Pinta siempre recordaba el inicio de su oficio: “Yo tenía quince años cuando descubrí la carta de mi madre sobre la mesa”. La historia es bien conocida: la carta de la madre en la mesa de la cocina, el silencio de lugar, y la madre en silencio, junto a la mesa de la cocina donde había dejado aquella carta que se despedía de un mundo cruel que no tiene lugar para los suicidas.

Desde ese momento, El Pinta descubrió cómo un mensaje escrito podría a llegar a cambiarle la vida a una persona y a declararle la muerte a otra: “Mamá me había pedido que no estuviera triste”, decía como leyendo el papel en blanco que arrugó y desarrugó dos veces después de encontrarlo, leerlo y llorar. 
Obvio es que una madre que se suicida no le puede pedir jamás a su hijo sobreviviente que no esté triste. Claro era que la madre esperaba que El Pinta (aunque por entonces era Enrique, candidato a seguir la carrera de florista) la encontrara tirada por dos razones: sólo vivía con El Pinta, y la carta estaba dirigida a él.
Desde aquel momento supo Enrique, que lo suyo era escribir cartas ajenas. que se transformaría en un pinto de letras, subido a lo alto de los andamios, cuidándose de no terminar dejando en el piso la marca de su sangre golpeándose como un escupitajo en el asfalto. 
Su madre le había dejado de hecho una carta ajena, una carta que debía seguir escribiendo él mismo, reescribiendo una y otra vez en su mente la pregunta del por qué.
Una madre cuando es una madre buena no se suicida, ya que la sobre - vivencia es la de un hijo que sufrirá. Al menos eso pensaba El Pinta, antes y ahora. 


Silencioso, de poca sonrisa El Pinta le dirigía los mensajes al pueblo. El no escribía creando, tan sólo pintaba carteles. En cada letra de "Te queremos muchos Rosi, felices doce años" o "compre aquí más barato", o "hoy juega la quiniela" o "te amo, perdón", desplazaba El Pinta un mensaje propio, una duda que lo carcomía: ¿Qué hubiera pasado si ese día le hubiera escrito a su madre, en un cartel colgado de árbol a árbol que la amaba? De todas formas hubiera sido algo imposible. El Pinta comenzó con su oficio después de desarrugar la carta.