miércoles, 25 de diciembre de 2013

Navidad en el 76

Por Matías Rótulo (publicado en este blog en 2008)


Sube el que vende tarjetas navideñas. "Diez por diez", dice mostrando a un Papá Noel. 
La señora se va al fondo con sus regalos, los aplasta al pasar junto a un gordo que ocupa el pasillo. El guarda se pelea con una vieja, porque la vieja le dice, le reclama que es una vergüenza que hasta las 19 horas del 24, que sólo hasta esa hora, uno tenga ómnibus para viajar.
Es el mismo 24 y son las 17 horas.
Parece que la ciudad se conmociona. Los autos corretean. El ómnibus va lento, muy lento. La gente quiere llegar de una vez a sus hogares, pues es un día de encuentro, un día de felicidad, y de recogimiento. Un día de pensamiento.


Sube un niño a cantar una canción. Una de esas dulces canciones de Navidad que cantada por un niño, es hermosa, pero por ese niño, paradójicamente a muchos le da lástima.
El niño mientras canta mira para afuera.
La canta entonando, pero como con un reflejo de la costumbre de salir a pedir dinero, o de pedirlo a cambio de algo.
Pide algo, algunas monedas a cambio de un canto que nadie quiere escuchar, pues es un niño de la calle, pero canta una canción navideña.
Pero es un niño de la calle que sube y canta. Que sube al ómnibus y nos molesta.
Nos molesta porque es casi noche buena. Porque no queremos ver a un niño cantando, un niño que algunos de nosotros (por no decir nosotros ya que no está bueno echarse las culpas a uno mismo y menos en vísperas de Navidad) omitimos darle educación, o una vivienda digna, o educación para sus padres, o trabajo para ellos.
Canta una canción navideña cuando todos están esperando que por fin llegue la noche del 24, y que festejar, festejar que nosotros somos felices, tenemos laburo y pan.
Pero pensamos que es una vergüenza que ese niño esté cantando en un ómnibus, un 24 de diciembre.
Lo miran con lástima.
No pasará una linda Navidad.
Canta en un ómnibus.
Y la Navidad es en realidad la celebración del nacimiento de un niño que luego se hizo hombre y a alguien se le ocurrió decir que ese hombre era el enviado de Dios, aunque la comunidad judía insiste en que eso no es cierto. En fin el mundo sigue en esas peleas estúpidas.
Pero el niño del ómnibus da lástima. La gente no lo mira, alguno le da una moneda, cosa que el niño vea que tiene éxito y siga dando algo, dando su canto dulce e inocente que nadie quiere escuchar, a cambio de una moneda que cure la lástima de quien aporta, o la conciencia.
Y pronto llegaremos a casa.
Pronto festejaremos Navidad.
Pronto nos olvidaremos del niño.
El 76 llega a destino.
La vieja que se quejaba se bajó y de noche no se movió de su casa, pues no había transporte.
La señora de los regalos se bajó, y entregó sus regalos a quienes ama.
El niño se bajó, con una canción de Navidad transformada en algunas moneditas de dos pesos.