viernes, 3 de abril de 2015

Mi corazón Kamikaze


Por Matías Rótulo

Soledad me contó una historia de amor de su otro yo, y yo lo trasladé en un cuento sin sentido, más que el de la confesión de la espera.






Hay una ciudad que se esfuerza por ser pequeña. Los autos nadan entre la espesa humareda palpitante de un corazón ahuyentado.  Es mi corazón expulsado.  Mi corazón Kamikaze que se vuelca a decirle por fin al oído lo que no sé si quiere escuchar. Porque a veces es mejor no escuchar para no saber. Porque saber nos permite tomar decisiones. Una decisión puede ser la de un beso, la de escaparnos juntos, dejar todo… como si fuera tan fácil.
Mis piernas temblorosas me recuerdan que vuelo. Las rodillas fracturadas. La boca seca, bien seca de un sabor a menta que me avisa de tus ojos frescos. Este es un cuento sobre ella y sobre mí. Es este cuento, un cuento escrito en un avión, una noche en la que la hora cambia de acuerdo a los destinos.
Me parece que cruzamos Asunción y su viento nos sacude los tobillos y las alas.
En Asunción se me ocurre la idea de olvidarla. Estoy seguro que es Asunción, pues alguien pronuncia las “erres” finales en aquella casita, pequeña, iluminada, caliente de estufa a leña, de una forma muy particular. Aquella casita allá abajo. Allá abajo en aquella y casi imperceptible construcción.
La dama de la casita inventa sonidos de erres como si fuera un suspiro suave de canción de amor. Pues “amor” es dicho con la erre final que parece suplicar, como pidiéndole permiso al aire para estrellarse en los oídos mutilados por la altura… Vuelvo al avión. La conocí una tarde y ella no se dio cuenta que la conocí. Tuvo una mirada triste. Tuve una mirada triste. Lo vi en su mirada.

Pensé en olvidarla mientras volábamos sobre Asunción. En la casita, el peón hierve agua. La dama tiene un vestido azul. Las rosas en la mesa son dibujadas por un niño hermoso, dulce, inteligente, casi adolescente. Vuela una abeja… y el fondo del avión es solitario, y en la cena, la primera cena cuando nos conocimos,  me miró con alegría, la miré con alegría, lo noté en su alegre sonrisa, porque reflejó en ella mi tristeza.
Era la tercera vez que nos veíamos después de hablar de libros. Hablar de libros es volver a leerlos. Es leerlos con alguien. Hablar de música es cantarla nuevamente, al oído, mientras espero que Asunción me ayude a olvidarla.
En la casita, allí abajo, juegan al amor la madre y el hijo. Saltan riendo alrededor de una solitaria taza de miel, mientras el vapor del agua atraviesa el techo de la cocina como flotando… Le confesé todo al final del vuelo. Se lo dije al oído con mi “erre” pronunciada fuerte, explosiva, como reclamándole a su “erre” hecha “ele” o “elrre”, que me perdonara cuando me cantó una canción de amor al oído, bien cerca de la boca, nunca en la boca, siempre en el oído, aunque yo quería que la voz de su boca dialogara con el silencio de mi boca. Una canción con su erre disimulada y mi erre confesante, desalojaron aquel avión para abordar otro. Yo en uno, ella en otro. Montevideo me espera dormida y Asunción la espera igual.
La descubrí cantándome algo que yo conocía, después de la cena, el día que la conocí, y yo hablándole de algo que ella conocía. Fue así que volvimos a escribir, y nótese que Asunción está muy cerca de Montevideo, y anótese lo que la dama escribe en un papel, descalza, rondando en la habitación en la cada vez más diminuta y lejana casita, los nombres de muchos artistas y obras, y mi nombre pasa desapercibido salvo por la autoría de este cuento, y por un libro que le dediqué cuando se lo regalé, donde le escribí que soy su peón.

El beso

Entonces, en la habitación la besé. Fue un 3 de abril. El beso tiene varias formas. Un estudio científico realizado hace no mucho en una universidad de dudoso prestigio de Lima, reveló que cuando alguien tiene ganas de besar a alguien en la boca, le confiesa su amor por las cosas. “Cosas”, está definido por la investigadora a cargo de la investigación,  como “todo aquello que existe y tiene forma, y aquello que no existe y no tiene forma pero sí tiene sentido”. Entonces, el estudio dice que besar es similar a hablar de esas cosas que no tienen forma pero sí tienen sentido.
Por ejemplo, antes de ver  la casita de Asunción había debajo del avión uno oscuro silencio, amargo y áspero que enfriaba con alguna nubecita blanca la memoria marchita de una violeta sin dueño. Sí, todo eso tendrá sentido cuando ella sepa que mientras escribo este cuento me imagino que algo así será este estúpido sentimiento que tengo al interpretar el beso.
Pues quiero justificar que la besé, y entonces invento una investigación que dice algo de las formas del beso y me imagino escribiendo un cuento sobre ella y yo. Ambos besándonos, y ella diciéndome “besar” no es nada de eso, sino que “besar es esto” y el beso corre de su boca a mi boca, ambas dispuestas a gritar algo en ese preciso momento. Algo sobre una distancia que es más lejana que la de acá a esa casita donde la damita de azul ignora que yo sobrevuelo su chimenea, queriendo escucharla cantar, mientras intento, juro que intento olvidarla.

Los alejamientos

Ya les conté que los planetas giran sin saberlo, así como los recuerdos viven en ellos. Luis Alberto Spinetta murió una triste tarde. Murió dos veces. Porque dos veces fue esa hora de Buenos Aires. La misma de Montevideo, distinta en Asunción. Murió en dos horas distintas. Supongo que por eso estamos desvelados esta noche, aunque con sueño, escuchando a quien te hace delirar, cantando las canciones de Spinetta. Pero en realidad estamos vos y yo escuchándonos hablar de las cosas. Besándonos.
 Luego del beso llegó el alejamiento. Luego de verla a Beatrice, Dante llegó a sentir el alejamiento. Se acercó a ella al escribir la Divina Comedia. Pero estaba alejada por estar su dama angelical en el Paraíso. Él era un simple paseante. Supongo que hablar sobre una obra literaria es como escribirla de nuevo. Pensarla es escribirla de nuevo. Escribir sobre algo que ocurrió es como volver a vivirlo, aunque el código cambie de lo real al signo. Inventar un beso donde no lo hubo es besarnos, porque es hablar de algo que no existe pero que tiene sentido. Es hablar de las cosas, es besar la hoja en blanco, y dedicarle un “gracias”.
 La “erre” final del sustantivo o adjetivo, con posibilidad de ser verbo: la palabra “amor”, o del sustantivo, o verbo, la palabra “besar”, no es igual cuando se dice el primero, cuando se concreta el segundo. Claro está que el beso se concreta en tanto, según el estudio antes mencionado realizado en Lima, dos personas hablan de las cosas.
En este alejamiento tengo que confesar que desde el avión se ve cómo ella se ríe del delirio de estas líneas, mientras lee –creo que es la sala, aunque podría ser su dormitorio-, este cuento que le mandé por Internet.
La veo mientras le escribo el cuento. Porque estoy en Asunción, lo vuelo en silencio mientras ella se aleja rumbo a mí, en otro avión, desde Lima.

Nota para la lectora
Perdóneme lectora. Interrumpí la escritura para la cena. Le voy a confesar algo: no he visto todavía su casita, pero en la literatura todo es posible. Inclusive que yo le hable de El Quijote y Dulcinea, un amor posible para Alonso Quijano, pero imposible para el lector (o no), y que traslade eso a su oído para que yo le diga en el avión “Dulcinea”, y que usted se acuerde de un humorista que la hace reír. Cuando se ríe me gusta. Pero ahora no la veo reír porque me tengo que conformar con recordarla o imaginarla (gracias a la obra literaria, la mente, las cosas), en su casita de Asunción leyendo esto y sonriendo: ¡oh Dulcinea! ¿Por qué me tengo que conformar simplemente con imaginarla?

El beso II
La casita tiene una higuera al fondo. Cuando pasamos en el avión ajusto mi vista y veo que el foco ilumina la higuera. La veo a la niña trepándose, era la damita. Entonces recuerdo que cuando me mudé a Capurro, en Montevideo, tuve que leer de nuevo aquel libro de Benedetti llamado “La Borra del café”. Lo leí de nuevo, es decir, lo volví a transformar en obra viva, porque la niña de la higuera se trepó a la casa del niño allí mismo, en ese barrio Capurro, mientras yo lo leía.  Por cierto, cuando hablo de estas cosas, ahora mismo le arrojo un beso desde la ventanilla del avión que llega ya, mientras lee este cuento, que estoy escribiendo para usted, que viaja en un avión un poco más atrás, usted que me contó su historia de amor.
¿No será ella la niña de la higuera? Soñé entonces con el beso que me dio. Tenía gusto a menta. Los besos pueden tener varios gustos: chocolate, limón, frutilla, café, naranja, viento, rosa, agua, lápiz labial, invierno, mujer, hombre, lluvia, lago, barro, tentación, miedo, cigarro, whisky, vino, ron, tabaco, do, re, mi, fa, sol, confesión, pecado, alarma, tristeza, despedida, ganas, sueño, música, literatura, metáfora, día, nada, Carmen, soledad. Esas son las únicas posibilidades. Entonces el beso de ella tenía sabor a menta, que no está en ninguna lista establecida ni aceptada. Es como querer inventar otra vocal. Es imposible. Cuando nos besamos cerré los ojos y la imaginé volando a mi lado, estaba volando a mi lado. Pero no me besaba. Simplemente me cantaba.
Fue ahí que caí en la cuenta de querer besarla. Y me imaginé su beso con sabor a menta, a despedida, al hasta siempre que le regalé en un libro con una mujer en la tapa. Si este cuento tuviera tapa, pondría su foto y mi foto en el avión, viendo juntos la casita donde ella lee el cuento.  

El alejamiento II
Le pregunté dos veces si se había alejado de mí después del beso basado en buscar las cosas que nos unen para hablar de ellas… es decir, besarnos.
Una vez me dijo que no, la otra vez me dijo que sí porque “era lo mejor”. Dicen las malas lenguas que todo lo que es “lo mejor”, siempre termina tristemente, en realidad no termina, sino que empieza a quedar interminablemente vacío.
 En el aeropuerto me lo dijo, desnuda, bailando, riendo, pero con una lágrima cayendo, mientras la ilumino con una linterna desde el avión y ella se escapa entre las hojas de un libro llamado “Rey, Dama, Ballet”. Yo estoy en el Hotel Montevideo, y ella no me conoce. No me quiere conocer.
En la dedicatoria dice “Peón, Dama, Tango”. Peón que trabaja la sangre con tierra y escupe su obra con sudor. Peón que cruza el tiempo desarmado de esperanzas. Peón que se arroja a tus pies a besarlos, dama: Dulcinea.
Y la risa vuelve al pronunciar el nombre de Dulcinea en tu oído.
Tango que me hiciste mal. Los tangos siempre nos hacen mal. Son, diría Borges, la expresión de los contrarios. No lo dijo Borges, pero lo invento, como te invento a vos, mi dama, en este avión, sentada a mi lado, respirándome en la boca un beso que se transforma en cosa. Si, un beso real se transforma en cosa, y si se habla de esa cosa, uno vuelve a besar a la persona.


El abrazo
Nos dimos el último abrazo y comencé a escribir el cuento. Nos medimos las manos en el avión. Nos tomamos una foto. Te miré todo el tiempo. Te miré desde aquel momento en el que te conocí sin que te dieras cuenta que ya te conocía. Intento recordar un poema y se me traban las palabras. Hay oscuridad de cielo afuera. Abajo, mirás para arriba. Mirás al cielo y buscás mi avión. Buscalo, salí al patio, quedate junto a la higuera y salúdame al pasar. Te prometí un poema y te escribí un cuento.
Te prometí olvidarte y no dejo de recordarte. Te llevo en mi corazón dijo un poeta que me presentaste al salir de una fiesta. El poeta te miró a los ojos y te enamoró, algo que yo no logré. Porque no soy poeta, sino que un simple viajante de acá para allá. Comparando horarios, buscándote desde el cielo, y en tierra mirando la luna que mirás vos también esta noche. La vista nos acelera el encuentro. La vista es una forma de besarse también, porque es un encuentro entre dos. Y tu mirada tiene sabor a menta. Y tu casita brilla en la oscuridad. Y un niño nace. Y una mujer nace. Y al esperar las postales de Paraguay, ando tiritando de frío en las alturas.
Pero fue la última vez que te vi cuando supe de qué trataría este cuento. Leyendo mi dedicatoria, estábamos en el aeropuerto descifrando mi letra y mi intención. Comprendí que la distancia es mala compañía en los viajes, y estar enamorado no es bienvenido en el amor. Te escuché, te entendí y me subí al avión. Una erre de “te recordaré”, volaba como una abeja deseosa de violetas cosechadas en aguas hirviendo de alegría.
 Prendí la computadora, y comencé a escribirte ni bien salí de La Paz. Te imagine en una casita. Allá abajo. Pero recién había despegado, y todo eso lo viví mientras veía una ciudad que se esfuerza por ser pequeña. Los autos nadan entre la espesa humareda palpitante de un corazón ahuyentado.  Llegué a Montevideo con mi corazón expulsado. Y la ciudad me abraza pesada de un frío poco fresco. Así late más lento, con una hipotermia de miedo, mi corazón lejos del tuyo. Mi corazón que no decide. Mi corazón Kamikaze.

Final
El avión aterriza y el final llega. Carretea por la hoja una “erre” que se aproxima a algunas “jotas” y en el medio varias vocales que fingen ser estrellas de alguna constelación escondida.
Hay que ajustarse los cinturones en la fila 25 ala derecha. Las dos veces viajé ahí. La segunda vez fui incómodo, aunque tenía tres asientos para mí. La primera vez construimos una casita en el aire. Mirame y cantame esa canción de amor. Cantarle al amor, es crearlo, inventarlo, llamarlo al vuelo.
Léeme e invéntame escribiéndote. Te escribo y te invento leyéndome. Una vez tuve que morir y el velorio era lento. Ahí me estoy inventando muerto, por lo que al hacerlo estoy más vivo que nunca.
Asunción amaneció con el cielo vacío. Montevideo nueve de julio de dos mil doce. Mando el mail y espero la respuesta. Esperar es construir una esperanza. Es crearla. La esperanza nos construye. Te juro que tuve la esperanza de besarte, pienso con los ojos cerrados. En la casita de Asunción hay una dama que le pide a su peón que ponga un tango. Qué amarga es la soledad que nos deja de recompensa el silencio, cuando no hay peón para entender al rey, para besar a la dama, para bailar el vallet, con una danza que vuela directo, sin pasar nunca por Asunción, así de inconsciente… perdón, de inocente, inocente es mi corazón Kamikaze.