Minutos antes de arrepentirse


Por Matías Rótulo (publicado el 18/7 12 en La República)
Carlos fue salvado por un pensamiento. Apartó el dedo del gatillo dos segundos antes. Hoy cuenta su historia a quienes necesitan ayuda. Fue atendido tras admitir que aquella tarde de agosto la vida le dio otra oportunidad.
Nos encontramos en las puertas del Teatro Solís. Allí el tránsito se hace más vivo pero disperso por las reformas en la vía pública. Unos liceales del interior venían de paseo por las vacaciones, y se reían sin parar. Carlos atiende el teléfono y le avisan que su auto salió del taller. En él hay planes, ideas, un trabajo y ahora un hijo de seis meses que nació con dificultad, como para que Carlos se aferre más a la vida.
“Fue en 2006, creo que fui uno de los últimos uruguayos en sufrir la crisis, porque si bien en 2003 empezó a caer todo, en 2006 se me vino el mundo encima”. Panadero de profesión, comenzó con su empresa familiar en San José, que en 2006 tuvo que cerrar. “Tenía deudas que arrastraba desde el año 2003, cuando abrí el comercio, y no resistí más”. Se separó de su esposa, cerró el negocio, y comenzó a ir a cobijarse “en el médico y la religión”. Iba a rezar pero “no tenía respuestas, estaba solo”. En el médico “pasaba metido porque me dolía todo, pero no quería admitir que me estaba volviendo loco”. Según los datos presentado ayer la Torre Ejecutiva, el 80% de las personas que han intentando suicidarse, en los dos meses antes del intento consultaron a un médico. Por eso, se busca la capacitación de los médicos para detectar estos casos y ayudar a prevenirlos. “Pero a mí nadie me dijo nada, nadie detectó lo que me pasaba”.
 El inicio del fin
Una tarde, Carlos estaba solo en su casa. Era un feriado. Después de la Noche de la Nostalgia y en el Día de la Declaratoria de la Independencia estuvo dando vueltas por su casa buscando una respuesta. Cual “Viernes 3 AM”, canción de Charly García que cuenta el proceso de un suicidio, Carlos llevó el caño a su sien apretando bien las muelas. “Tuve miedo, tuve pánico, y pensaba mucho, demasiado”. Lo que lo salvó fue “mandar todo a la mierda, pero no la vida. Dije que lo de la guita se soluciona, que si no puedo pagar preso no iba a ir, pero sí que perdería todo. Soy hijo de gallegos y sé empezar de abajo”.