sábado, 11 de abril de 2015

No discrimino, tengo un amigo gaucho



Por Matías Rótulo (publicado el 26/6/12 en Voces)

El canto VII del Martín Fierro cuenta una historia donde “el otro” se enfrenta a “el otro”. El primer “otro” es el gaucho, el segundo “otro” es “El negro”, y hay una tercera “otra”, la mujer de “El Negro”. Fue en un baile de campaña donde ocurrió la pelea.

De “decir” se trata la cosa. El gaucho fue desplazado, utilizado para las guerras (1), desplazado nuevamente (en el proceso de civilización) aunque integrado a la sociedad “culta”, canonizado, idealizado (hasta hoy). El gaucho dijo en la poesía gauchesca lo que el ciudadano culto quiso que dijera y cómo él quiso hacerlo decir (2). Lo hicieron decir. Uno de esos casos es “Martín Fierro” de José Hernández. Hernández, quien no gustaba de la música (3) realizó un poema (musicalmente perfecto) sobre un gaucho al cual le dio voz para cantar, una guitarra para acompañar, y una historia para sufrir.
Darle voz a alguien, es permitirle hablar, y “permite” quien tiene poder para permitirlo. Es establecer una relación de poder, según Josefina Ludmer, entre dos (o más).
En el canto séptimo de la primera parte, ese gaucho al cuál se le permite hablar intentándose imitar su forma de decir, el gaucho Martín Fierro, se va a un baile de campaña, y allí se encuentra con una “morena” o “negra” y con la pareja de esta: El Negro.


La primera reacción, el primer “decir” de Martín Fierro es pronunciar: “vaca… yendo gente al baile”. Martín Fierro habla en primera persona. Abre el diálogo con sus interlocutores, pero también con el lector, a quién se dirige desde el inicio de la obra. El personaje tiene una voz autorizada por un tercero. Es la autorización que le otorga Hernández. Él tiene ahora el poder de la palabra, de incluir o quitar de su narración lo que quiera, inclusive el insulto de “vaca” a una mujer. El gaucho es en la ficción quien dice y quien dirige el insulto. Hoy llamaríamos ese decir como un decir “discriminatorio”.
Después, arremete –el gaucho Fierro-, contra “la morena” y más tarde contra “el negro”. Luego se pelea con él y lo mata.
El discriminado pasa a ser discriminador. El gaucho desplazado es quien discrimina. Después hay un dejo de arrepentimiento ya que “…supe que al finao/ ni siquiera lo velaron, / y retobao en un cuero, / sin rezarle lo enterraron. // Y dicen que dende entonces, cuando es la noche serena suele verse una luz mala como de alma que anda en pena.” Tanto es el arrepentimiento que Martín Fierro pensó en ir y desparramar en el camposanto los huesos del hombre que mató.
Discriminación
La literatura se adelanta a los hechos que hoy vemos como novedad, o extrañeza en las noticias diarias. Una futura rectora universitaria del Opus Dei (después no llegó a ser rectora porque de decir se trata la cosa, y dijo más de lo que debía), habló de “anomalías” al referirse a los homosexualidad. Si ella justificó su “decir” considerando que la homosexualidad es una “anomalía”, nótese que Martín Fierro dijo sobre los negros: “A los blancos hizo Dios, / a los mulatos San Pedro, / a los negros hizo el diablo/ para tizón del infierno” (canto VII).
Cuando la futura rectora pidió disculpas, dijo (siempre de decir se trata la cosa) que ella tenía un amigo gay. Decir que alguien tiene un amigo gay, es declarar algo así como “yo, que soy un ser superior, acepto tener un amigo gay” o negro, o gaucho, o discapacitado, o extranjero.
La discriminación en el decir y en el hacer persiste a pesar de que a los gauchos se los hace hablar poco en la literatura actual. Sin embargo hay quienes hablan desde la comodidad de una oficina y no desde el sufrido campo del sur.
Después de lo de la rectora (frustrada rectora), tres muchachos montevideanos fueron a Salto, en un baile los atacaron con cadenas. Una de las razones fue su porte de identidad geográfica capitalina. Hernández le dio voz al gaucho narrador, al negro y la morena para hablarnos de algo que no podemos superar todavía: la discriminación. El negro, el gaucho y quien da voz ocupan un lugar actual en nuestra sociedad. Hay quienes hablan, hay quienes dan voz, quienes discriminan, quienes no permiten hablar, quienes son atacados en bailes, quienes matan también, y no son Martín Fierro.
(RECUADRO)
Martín Fierro, canto VII, “La Ida” (fragmento)

Al ver llegar la morena,
que no hacía caso de naides,
le dije con la mamúa:
-Va...ca...yendo gente al baile.-

La negra entendió la cosa
y no tardó en contestarme,
mirándome como a un perro:
-Mas vaca será su madre._

Y dentró al baile muy tiesa
con más cola que una zorra,
haciendo blanquiar los dientes
lo mesmo que mazamorra.

-!Negra linda!-... dije yo.
-Me gusta... pa la carona-;
y me puse a champurriar
esta coplita fregona:

-A los blancos hizo Dios,
a los mulatos San Pedro,
a los negros hizo el diablo
para tizón del infierno.-

Había estao juntando rabia
el moreno dende ajuera;
en lo escuro le brillaban
los ojos como linterna.

Lo conocí retobao,
me acerqué y le dije presto:
-Po...r...rudo que un hombre sea
nunca se enoja por esto.


Notas
1.      Ludmer, Josefina. El género gauchesco. Un tratado sobre la patria. Perfil: Buenos Aires, 200. Impreso.
2.      Tanto Ludmer, como Ángel Rama en Transculturación Narrativa en América Latina, y en Los Gauchipolíticos rioplatenses (y otros autores) desarrollan más esta idea.
3.      Martínez Estrada, Ezequiel. Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Beatriz Viterbo (ed.): Rosario (Arg.), 2007. Impreso.