domingo, 10 de mayo de 2015

La Pasión de María



“Todo su cuerpo con espinas y a mí me siguen las moscas”
(Rodolfo Páez: “Polaroid de Locura Ordinaria”, Ey!, 1987)

Por Matías Rótulo 

Sale vapor del Samovar. Las ideas vuelan como aquellas moscas que van desentendidas del mundo en el cual les tocó vivir. De ser una mosca, yo sería una mosca espía. Tendría una visión múltiple, y lo que quisiera ver lo confirmaría mil veces, lo volvería a ver para asegurarme de lo visualizado. Pero sería una mosca, y no tendría idea de mí misma ni de mi visión múltiple. Mis alas no servirían más que para volar. Nosotros los humanos soñamos con volar y ellas vuelan pero no lo disfrutan, no lo sueñan, pues Dios no se los permite.
El vidrio se empaña y observar el afuera es un dolor en mis cejas que se fruncen tratando de descubrir una figura. Es una mujer. Una mujer que se acerca con bastón. No le puedo ver sus ojos, porque apenas logro identificar una prenda blanca. La mujer sigue y descubro que la espero, pero ya no la puedo buscar más. Me siento frente a la hoja  del diario en el que alguna vez fui editor en jefe. La edición de hoy está gastada de noticias sobre el desgaste del régimen y la Guerra Fría.
Veo un error de imprenta, y lo marco con la pluma, como si fuera útil para alguien. En un ritual sin sentido, en la espera de que alguien reconozca el error y lo corrija, pero eso tampoco ocurre. Entonces, en el borde superior del diario, al lado de la fecha escribo mi nombre. Soy un trovador tratando de contar una historia perpetua, un dibujante que dibuja sus ojos. Los ojos me salen temblorosos, como el temblor que acompaña estos últimos años de mi vida.

Recorro su mirada tratando de mirar más allá del tiempo, y me estremece la multitud, su baile, la idea de haberla visto desnuda, de haberla tocado debajo del agua. Me refugio en el sillón, y me agito de golpe. La muerte anda pidiéndome a gritos un suspiro de mi pecho y mis pulmones no quieren agitarse más, no como aquella vez.
María se llamaba. Quería ella pensar que las madrugadas remotas eran un buen lugar para sonreír fingiendo. Cuando la vi sonreír (todo pasa por su sonrisa, pero más dicen sus ojos) lloraba en ella algo antiguo, un dolor imperceptible que María tradujo en dos palabras, un beso en la mejilla, puso la mano en mi hombro, y ahí entendí que entre ella y yo había una distancia repugnante, sexual y que mutilaba mi última esperanza: la del amor. Su última esperanza.
La conquisté una mañana de abril de 1917 en San Petersburgo. Era el frío de la revolución, enterrados en una calma de nieve que ya ni se veía,  intentando calentarnos las manos a gritos de libertad, con miradas curiosas de hombres sedientos de vodka y mujeres temblando por sus hijos. Eran hijos que rasguñaban un recuerdo pasado de una nación ideal, despótica y cruel. La muerte anda cerca y nos hace temblar. La muerte anda más cerca, cada vez que empuñamos un arma para defendernos de armas ajenas.
El puerto estaba calmo ese día, como todo lo calmo que recuerdo del abril de 1917. Los abrires y cerrares de ojos nos dejaban atónitos, con cambios de destinos repentinos, la caída del Zar y el nuevo régimen, el de los trabajadores con el puño levantado en la asamblea de la fábrica. Y ella estaba allí. Yo era apenas un reportero, espiaba los discursos, las proclamas, y era a su vez espiado con recelo por los asambleístas celosos de sus planes revolucionarios. María estuvo mirando, mirando a su alrededor con sus ojos claro que brillaban de una forma cuando ven la bandera roja,  de otra forma cuando me mira, y de un brillo distinto cuando mira a los demás, a sus camaradas. Estuvo mirando hasta que me encontró. Su rostro es ruso, su sonrisa extranjera. Se acercó y me dijo que había leído una crónica mía en El Pueblo defendiendo la literatura de Dostoievski. “Dostoievski fue católico y a favor del régimen zarista, pro-europeo y usted lo defiende”. Me lo dijo dando esos gritos que se dan casi en silencio, como en un susurro. No le contesté nada más que con una sonrisa. Y ella estiró su mano y me dijo que volviera mañana, que allí me mostraría algo. Su rostro había dejado la gravidez y no contuvo la sonrisa.
Quiero detenerme en su primera mirada, o por lo menos la primera que le descubrí: la de la bandera. Pienso que ella ama tanto a esa bandera que al mirarse desnuda ve en alguna parte de su cuerpo las herramientas dibujadas, ahí, en la base del vientre, ese vientre que contuvo a su hijo. Tuvo un hijo, y los hijos, lo sabemos ahora tras varios años, pueden cambiar a los padres, pues así me lo dijo un poeta que entrevisté y que escribía una novela sobre una madre que salía del dolor de la ignorancia y comenzaba la lucha proletaria gracias a su hijo comunista. También las madres pasan a ser mujeres importantes porque sus hijos se sacrifican por los hijos de los hijos, y los hijos del padre, como María, la madre de Jesús.
La segunda (mirada) que quiero detallar es la mirada que tiene María cuando mira mis ojos. No me ama, no me amará nunca. Tampoco yo quería que me amara, menos aún, después de aquella noche al otro día de la asamblea y su crítica a mi crítica de Dostoievski. A veces las moscas revolotean la miel, pero escupen en ella.
Fui al otro día, nos encontramos debajo de una fonda, en un patio vacío. Llovía. Ella me insinuó que me tenía confianza, pero me recordó mi defensa al escritor ruso, como riéndose de mi inocencia. Me habló de las necesidades de una mujer, y las necesidades de un hombre. Y se ve que en mi mirada que sería múltiple, molesta, la quise ver desnuda. Fue entonces que ella se fue bajo la lluvia, en el frío Petersburgo esperando empaparse, desnudarse, y quiso que yo la abrazara para después llorar juntos. Nunca la besé. No la quería besar. No lloramos porque la revolución nos hace héroes de los demás, pero cobardes de nosotros mismos. Quedó desnuda y recuerdo tocar su espalda, su pecho, su vientre, su vagina y detenerme en el punto exacto donde ella miraba, en su vientre donde mi mano dibujaba algo.
La tercera mirada que descubrí en ella fue la que hace que ella mire a los demás con confianza, con inocencia, con ternura. La mirada al otro, a los otros. Pero a mí me miraba distinto a pesar de sus palabras: “yo le tengo confianza señor periodista”, pero miraba a los otros con una confianza que no veía cuando me miraba a mí. Los demás no la vieron desnuda, pero yo sí. Sin embargo, ellos tenían el privilegio de esa confianza, y yo tenía el privilegio de la piel. Yo era la mosca que volaba pero no disfrutaba de mi vuelo, los demás eran los hombres que soñaban con volar con ella.
Es que yo no podía de dejar de verla desnuda, con esa perfección que el hombre no comprende por ser un animal, un animal que piensa. La veía desnuda en sus ojos. De nuevo era la mosca que vuela alrededor de los cuerpos petrificados por la eternidad creadora e incomprensible. Cuerpos desnudos en la nieve, calentando la historia con la sangre que dibuja un camino entre la inmaculada blancura del invierno ruso.
Un día desapareció. La buscamos en cada rincón de San Petersburgo pensando que estaría presa, porque se había tomado a pecho lo de la lucha revolucionaria y aún quedaban células zaristas. Su hijo, al cual yo no conocía de antes, se acercó a mí. Era un muchacho de aspecto inteligente, sonriente pero preocupado. Me miró con la mirada de su madre, pidiéndome que no recuerde nunca más a su madre desnuda, pero que le haga justicia vistiendo su memoria. Él no sabía de la desnudez de su madre ante mí. El no conocía a su madre desnuda porque es natural que los hijos sean los vistos desnudos por quienes los trajeron al mundo, pero no a la inversa.
Él no sabía quién era yo, ni qué me había pasado con María, pero entendía que teníamos en común algo, ese algo era que sabíamos interpretar la mirada de María. Cuando María lo miraba lo amaba. María amaba a su hijo y a aquella bandera esculpida a fuego en su vientre, el vientre que lo contuvo aquellos meses de calor. Entendía que mirando como ella, sus ojos pedía perdón sin saber por qué lo pedía.
Entonces escribí una carta reclamando por ella, recordando a su hijo, una larga carta que al final tenía un poema:
… En la herida de María
hay un hijo que sufre
la herida del mundo
que mata a María…

Tras algunos meses la volví a encontrarla y me trajo la carta y el poema. Volvió una noche, de esas de calor ruso, helado por dentro de cada uno. Yo había publicado la carta en un diario de Moscú, y se había divulgado tanto mi mensaje que la vida de María ya no era privada de ella, ni de su hijo, ni siquiera mía. Era una vida de toda la Revolución. Me agradeció sin decírmelo. Me extendió la mano, simplemente, como en aquel primer encuentro.
Toda la Unión Soviética comentaba la desaparición de María y su posterior aparición. La sociedad sabía de su tristeza, de su hijo, y de un hombre que la buscaba.
La bandera roja flameaba en la Plaza Roja, los barcos la llevaban orgullosa en el mástil desde San Petersburgo a Polonia. Y María volvió triunfante, con sus ojos desgastados de tanto llorar por la muerte ajena, de tanto sonreír fingiendo por las madrugadas, una sonrisa de felicidad para dar felicidad a los demás. La revolución también mata hombres, porque el sacrificio es mayor para el bien de todos, pero también la revolución le da una vida de dolor a los que sobreviven. Y las moscas se alimentan.
Años antes, José Martí dijo en la lejana Cuba que había una guerra necesaria, y esa guerra es la guerra que nos hace libres. Y María sobrevivió necesariamente, para vivir con libertad. Estaba herida de muerte, agonizando muchos años más, viviendo todavía hoy, vaya a saber en qué parte de este país ya vacío de ímpetus y lleno de nieve, con vidrios empañados, con figuras a través de ellos que bien podrían ser la figura vieja de María. Con pasos en ella, pasos cansados en caminos hechos a dolor, un nuevo dolor del pueblo.
Cuando volvió, esa noche en la que la vi por última vez, su hijo la abrazó, todos se reunieron para dar crédito de la mujer que tuvo un hijo y que cambió el mundo, o que contribuyó a hacerlo. Fue María como María la madre que vio renacer a su hijo Jesús, como la madre del poeta renaciendo de entre las cenizas de la ignorancia, aplastando a las moscas de la tiranía. Fue María una mujer que entre la multitud me volvió a mirar, y ahí cumplí con mi promesa: no la volví a ver nunca más desnuda. Porque esa noche de abril de 1917 ella quiso dejar de ser revolucionaria para ser mujer, pero ahora, la mujer llevaba en su pecho la bandera aquella. Mi mirada estaba impedida por la mirada de su hijo que veía en mis ojos un amor secreto por María, y los hijos somos los que debemos ser vistos desnudos, no nuestras madres.

(Inspirado en “La Chica más guapa de la ciudad” de Charles Bukowski, La Madre de Máximo Gorki, La Biblia y una leyenda sobre Pablo Neruda)