jueves, 25 de junio de 2015

Me resbala: la cultura del patinaje sobre la nada

ESA CAJA BOBA QUE NOS TRATA COMO IDIOTAS

Por Matía Rótulo, publicado en Voces 478. 


Estuve pensando en una polémica que se dio hace algún tiempo atrás. Un actor que hace improvisaciones de manera profesional se quejó porque “Me resbala” (éxito de Canal 12) no seguía las reglas de la improvisación. ¿La improvisación tiene reglas? La única regla de la improvisación debería ser la improvisación. Y una regla para la improvisación le quitaría improvisación a la improvisación.
Si los Consejos de Ministros abiertos fueran así… Si la “Santa Misa” fuera así. Si Blanca Rodríguez soltara la tablilla al inicio de “Subrayado” y la pusieran en un estudio con el piso torcido y Nano Folle se le cayera encima, mientras improvisa esas especulaciones tan suyas sobre el caso policial de moda... ¡Sería todo más divertido!
La televisión resbalosa está entre nosotros. La tenemos desde hace mucho tiempo. Todo empezó la primera vez que la televisión dio un resbalón, y para no aceptar la patinada, quienes la hacían empezaron a decir que todo era con un único fin: divertir a la gente. Era un fin noble, desafiando a los amargados pensadores a no pensar más, y soltarse a la algarabía colectiva. Una orgía de risotadas, gritos, multitudes ovacionando al chistoso de turno: los de “Me resbala”.
Más adelante, entre los dedos de muchos empresarios de la televisión, empezó a resbalarse la plata que ganaban, y nos dijeron que “la televisión es un negocio”. A veces es negocio, a veces es diversión. Muchos no ganan un peso con la televisión y muchos no se divierten. Es mi caso. Entonces, en una época donde toda explicación parece navegar en un mar de gelatina, “Me resbala” calza a la perfección y queda sujetado a la cultura de la baba.
Es la televisión resbalosa y chiclosa. Los que la hacen mastican nuestra diversión, ellos mismos se divierten para que nosotros gocemos con ellos. Pero no podemos tragar el chicle porque nos dolería la panza. Es una forma de entretener desde lo inestable, lo que no queda adherido en nosotros. Lo que se estira en los dedos, lo que se pegotea en el pelo.
El mesías de la diversión, -Rafael Villanueva-, nuestro prócer de las causas divertidas, es el conductor.  Forma parte de una generación de (in)comunicadores, esos que desde algunas radios de moda proponen la revolución de la diversión comentando partidos de tenis o NBA y recomendando cervezas caras. ¡Eso es la revolución! Van a cuanto evento futbolístico del mundo para mostrarnos el lado divertido del evento. Eso incluye comportarse como un hincha de la Selección uruguaya en celo deportivo. Rafa es de la generación resbalosa: aquellos que copan la pantalla con su presencia y son invulnerables a cualquier crítica. En el programa que conduce, él y sus compañeros divierten, improvisan, nos ponen caras divertidas para que nosotros la pasemos muy bien con ellos. Cantan, bailan, concursan, y resbalan.
“Me resbala” es la consagración de la televisión del golpe, de la risotada, del vaciamiento del contenido disfrazado de un mundo promocionado bajo el nombre de “nos divertimos juntos”. ¿Ya no habíamos tenido una televisión así? Sí, pero antes nos reíamos del inocente, ahora los inocentes se ríen de sí mismos y nosotros nos reímos de ellos. De esa forma, los puristas del humor sano, podemos llegar a aceptar con algo menos de culpa la decadente imagen del objeto de la risa. Entonces, si alguno de los de “Me resbala” se parte la cabeza, nos podemos reír, no de él, sino con él, porque él también se ríe (y de hecho aceptó a estar ahí porque es adulto, y porque les pagan).
“Me resbala” es una conducta social. Se traduce en “me divierto en el instante, y después del instante, donde ya no queda lo vivido, no me preocupo mucho porque encontraré otra cosa para divertirme”. El juego de la improvisación, forma parte de la destrucción masiva de productos elaborados. Hay libretos pero no ensayo (seguramente los hay). Hay color en escena (muchas luces y lucecitas) pero no hay iluminaciones que representen emociones, muerte, vida… ¡Matemos a los iluminadores del teatro! Hay vestimenta para disfrazarse, pero el disfraz resulta que siempre es el mismo, el de la personalidad que se divierte, no la del personaje que aflora.
¿Es un buen programa? Yo no lo sé y me resbala.