martes, 1 de diciembre de 2015

El día que los estudiantes se convirtieron en animales

Estaba en mi última clase de este año, escuchando a un estudiante recitar de memoria una lección sobre no sé qué asunto de comparaciones inútiles entre textos hermanados, interminables, esdrújulos y compulsivos. La boca se le movía y los dientes se le veían subir y bajar en su calco exacto de la página tanto, capítulo cual, parte segunda, texto excelente, hora catorce, minuto diez, primavera montevideana.

De pronto, el adolescente se paró y partió el lápiz verde pero de grafo negro que hamacó durante su exposición de manera nerviosa en su mano derecha. Lo deshizo con ambas manos. Lo destruyó como un karateca reventando una tabla de golpe de canto. Lo reventó contra el piso con rabia. El resto de sus compañeros se tomaron de su banco con tanta fuerza como los pasajeros de un avión en picada. Yo sonreí. Brutalmente. Uno sonríe alguna que otra vez en la vida de esa forma, en algún momento de sorpresa extrema o milésimas de segundos antes de besar a la persona que te gusta.

Así como el muchachito reflejó con exactas palabras la mecánica lingüística de ese autor que ni el joven ni yo entendíamos, así, igual, estaba yo, poniendo cara de "qué interesante asociación" y "qué notable maravilla de solvencia intelectual y académica". Me sentía impulsado a los brazos del dios del sueño, ese que tiene una fábrica llamada Divino.

Un estudiante, al fondo de la clase, allí mismo donde se ubican los estrategas del mal, esos que siempre tienen la culpa de algo sin tenerla, se paró en el banco y denunció a gritos que la compañera le había robado un beso en la noche anterior. No, no era un beso, era un piojo, aclaró ella disgustada, sacándole los bichitos del pelo a la compañera de adelante y poniéndoselo rápido en la boca, masticándolo velozmente.

Otro muchachito, de esos que son tranquilos porque esconden en su interior una caja fuerte y en ella coleccionan seis o siete años de travesuras escolares y liceales nunca hechas, saltó como un león encima de su pupitre. Lo de "saltar como un león" no fue una metáfora. Saltó en cuatro patas, movió la cabeza de una lado para el otro e hizo la imitación exacta del león de la Metro del año 1985. Agrrr Agrr. Otra alumna salió volando por la ventana, verde, de pico amarillo, de grito intenso.

Fue entonces que una chica muy tímida sacó de su bolso un látigo y empezó a domar a la fiera. El animal aprendió en esos dos minutos a saludar con una patita, a sonreír mostrando los dientes y a hacer el muertito. Dos más, para ese entonces, se convirtieron en lobos aullando a una luna dibujada por el más simpático del grupo; una muchacha que gustaba del canto se puso una cresta y caminó como gallina y por último, cinco estudiantes se encontraron de pronto arrastrándose por el piso como babosas. La mejor alumna del curso, fue una tarántula que tejió su tela y ahí atrapó al más tonto y musculoso, un macho que fue devorando de a poquito como buena araña hembra arácnida que es.

Todo el liceo estaba convulsionado, todo el liceo entró en pánico y los leones corrieron por la planta baja a los venados aprovechando el delirio. Saltó el director vestido de orangután pidiendo un poco de respeto por la institución. Los cuidadores tiraron dardos tranquilizadores a la manada. Tan rápido se enteraron los de la protectora de animales que tres militantes llegaron volando, prendieron fuego un muñeco con la cara de la ministra y fue entonces que llegó la protectora de muñecos a quejarse, no por la quemada del muñeco, sino porque se ofendieron al ver que a uno de los suyos se les ponía el rostro de tan desagradable ser.

Toda la prensa llegó en helicópteros, evitando a los ex alumnos del liceo: dinosaurios enormes que se quedaron en la vuelta,

El Ejército destinó a sus integrantes más capaces, es decir, al portero del Hospital Militar y un chofer de general. El centro de estudios ardió en llamas. El barrio enteró explotó. La ministra de educación me citó a declarar, y me hicieon una única pregunta uno de esos ocho abogados allí presentes, todos tomando café, todos con una sonrisa de buenos días muerasé. Ese hombre ladró con los caninos afilados y un pedacito de masa con frutilla entre los labios: "¿Tuvo cuidado de registrar en su libreta al nombre del estudiante que desencadenó todo? Porque algún culpable tiene que haber, y  esos no queremos ser nosotros".