jueves, 3 de noviembre de 2016

Mariposas y moscas androides en el Cementerio de La Teja

Las mariposas distraen a los funcionarios municipales de Necrópolis. 

Son las tres de la tarde del cuarto día de Semana Santa después de un par de miles de años de que asesinamos a Jesús. Está muerto y le besamos las manos para que su sangre lave nuestros dientes podridos de comer en Mc Donalds.

Llueve. Adentro del Cementerio hay una pareja de adolescentes escondidos detrás de un árbol besándose hasta arrancarse pedacitos de piel. Ella le arranca pedacitos de piel del labio a él y se los escupe en la frente, en las mejillas. Cuando recibe el escupitajo, él cierra los ojos. Luego ella recibe el mismo trato. Se dicen a gritos "te amo" y como dos payasos tratando de cachetearse mientras lloran el absurdo de la risa de un público sin dientes, sueltan carcajadas como arcadas entre eructos y moquillo. TEEEEEEEEE AMOOOOOOOOO.

Pasa una bibicleta enana entre las tumbas de un par de hombres de alta sociedad. Alta sociedad de La Teja de antes. La monta una mujer desnuda que toca la bocina. Afuera anda un auto a toda velocidad y con el motor suena una canción de Queen. 

Siempre que llovió paró, dice el funcionario tal, matrícula número... No siempre que llovió paró porque en este momento llueve, y no ha parado, le contesta la funcionaria tal, número... Pasa la mariposa. 

Se distraen los funcionarios. 

Una mujer pregunta por su esposo. Los adolescentes ya sin labios y con el mentón ensangrentado le gritan: ESTAAAAAAAAAAAá MUEEEEEEEEEEERTOOOOOOOO JAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

Está muerto, admite ella dejando el ramo de flores encima de una tumba. Está muerto, dice y se da media vuelta. La vuelta es completa. Voltea la cabeza para mirarlos. Mirarlos con odio es una forma de amar la memoria de su esposo. Su esposo la engañaba con otra. La otra ya visitó la tumba antes. Ante todo la amistad. 

Tengo algo que confesarte funcionario tal. Ya lo sé funcionaria tal. No me delates. Yo también me he robado esos mismos huesos. ¿Por qué nos atraen tanto los dedos índices de los difuntos? No lo sé. A Ramón le atraen los ojos derechos porque siempre les falta el ojo derecho a los muertos que él atiende. 

El ojo derecho distrae a los funcionarios. 

Las mariposas vuelan. 

ESSSSSSSSSSSSTAAAAAAAAAAAAAAáSSSSSSSSSS MUERTOOOOOOOO JAAAAAAAAAAAA

El adolescente cae al piso. 

La adolescente cae encima de él. Pero ella no ha muerto. Ella está despierta y siente un cosquilleo en su vientre. 

Pasan los funcionarios y los ven. Les revisan las manos. Tienen pegado restos de chicles. 

Las moscas comienzan su trabajo. Les explota la panza a ambos. En la de ella nacen nuevos gusanos. Y nuevos, y nuevos. Ella se ríe. Es insoportable. Se ríe como si estuviera en el velorio de alguien, velorio ritual, sexual, inmenso y brutal. 

Están muertos, funcionaria tal. 
Están muertos, funcionario tal. 
Se los llevamos a Ramón. Que les saque el ojo derecho. Que los mire con cariño. 

Y los padres llegaron desesperados a buscarlos al Cementerio, pero solo vieron un campo vacío. No hay más lápidas. No se puede ver ni un sólo montículo de tierra, ni un nicho. Solo hay cuatro muros blancos. 
Huele a podrido. 
Las cruces están al revés. 
Huele a mariposas que distraen. 
Allí no ha pasado nada. En La Teja no ha muerto nunca nadie. Tampoco ha nacido nadie. La Teja no existe. Carlos María Ramírez es un río que corre hacía el Cerro. Debajo nadan unos peces alegremente entre huesos de dedos meñiques, mayores y anulares. 

No ha parado de llover.

Por Matías Rótulo