domingo, 13 de noviembre de 2016

Muñecas rusas


Yo siempre supe

como es el juego

lucha en el barro

con tus amigas”

Indio Solari, “Black Russian”

¿Cómo hace una sociedad que condena ciertos aspectos de su sociedad, para esconder lo que su propia Cultura construyó con el correr de los siglos? ¿Cómo hará Rusia para condenar a sus propios héroes, a su propio pasado cultural y hasta político que toleró (no en todos los tiempos), la homosexualidad?

Por Matías Rótulo

El gobierno ruso (con un alto apoyo de la sociedad de aquel país) enfrenta una demanda internacional, una demanda moral en el marco de las medidas que imponen la prohibición de imágenes o contenidos en medios de comunicación sobre relaciones  “no tradicionales”. Es decir, no se permite emitir publicidad que promuevan las relaciones homosexuales. La medida restrictiva del gobierno  es para que niños y niñas no padezcan las consecuencias, tal como se explica desde Moscú.
Para que tenga una idea, si esto fuera Rusia, el festival Llamale H estaría prohibido, el Movimiento Ovejas Negras estaría perseguido por el lobo, y Dani Umpi sería prejuzgado. De hecho Dani Umpi es prejuzgado acá también.
Pero ¿Qué van a hacer en Rusia con su literatura?

En Internet o libros especializados en literatura de gays, lesbianas, etc. existe un profundo trabajo sobre la literatura rusa con respecto a esta temática. Recomiendo en particular el artículo de Carlos Espinosa Domínguez, llamado Rusia Rosa que hace un importante resumen del tema (1).
El 18 de agosto el diario El País (en base a The New York Times) publicó “si este artículo se publicara en un diario de Rusia podría ser calificado para mayores de 18 años como una película porno y debería tener esta advertencia: ‘Este artículo contiene información inapropiada para lectores de menos de 18 años’". De hecho, este artículo también sería prohibido y este periodista se las vería en apuros, todo por escribir lo que escribirá a continuación: la cultura rusa y en particular su literatura no ha sido ajena a las relaciones entre personas del mismo sexo. 

Es más, el padre de la literatura rusa, Alexander Pushkin se ha enviado cartas con rusos que se movían en ámbitos de homosexuales. Ya sé, usted estará pensando que estoy haciendo algo que no me gustaría que hicieran con Bartolomé Hidalgo, Zorrilla de San Martín, Onetti, Quiroga o Florencio Sánchez: difamarlos. Pensándolo bien se dicen cosas similares de cada uno de estos autores: al primero se le dijo que era un “oscuro montevideano” (lo dijo el Padre Castañeda), al segundo se le dice que es “fascista” (lo dicen muchos académicos y es repetido por estudiantes del letras que no estudiaron qué es el Fascismo), del tercero que se drogaba, del cuarto que estaba loco, del quinto que era homosexual, y tenía sífilis… Claro que, según como uno diga algunas de estas cosas están dirigidas como acusaciones, con una clara intención de desprestigiar al otro. La vida del autor no nos debería importar, sino su obra.

En el caso de Pushkin, las cartas a Phillip Vigel no solamente revelan la relación amistosa de estos dos personajes de la Rusia zarista y decimonónica sino que se manifiesta el aislamiento que los homosexuales vivían en esta época, no tan lejana a la época actual, en un país que en el medio tuvo una revolución comunista desde aquel régimen al prohibitivo de hoy.

¿Qué hará Rusia con la aceptación plena de las entrañas de su cultura, donde la homosexualidad está latente desde la Edad Media? La Leyenda del amor entre Boris y Gleb en el siglo XI forma parte de una cultura que además llegó a pleno período zarista con uno de sus defensores más fieles: Fiodor Dostoievski que en su obra Netoshka cuenta la historia de la hija de un buen violinista pero sin éxito, que es dejada con una familia noble. Las jóvenes entablan una relación de acercamiento íntimo, y sensual. 

En el medio de todo esto se habla de otros escritores, pintores, músicos y demás. ¿Cómo hará la sociedad rusa para olvidarse de este pasado? O ¿Será que lo miran de reojo sin opinar muy fuerte para no ser perseguidos?