jueves, 6 de octubre de 2016

Tengo un muerto en mi velorio


    “El lector culto sabe que Shakespeare y Walter Scott representaron ambos 

a sus enterradores como gente alegre y divertida, con el fin de impresionar más la 
imaginación con el contraste”.

A. S. Pushkin











Dentro del ataúd: el muerto. Afuera los parientes lloran desconsolados, bajo la luz de la tristeza que ilumina el salón fúnebre, pintado de un gris muy claro y cuadros llenos de vida con flores que nunca se marchitan en la pintura.  Recordar parece ser un desconsolante acto de amor en toda ceremonia de este tipo. El café con el gusto amargo de la boca seca de la madrugada triste, que se impone al olor de las flores de la corona con su banda, que dice solemnemente “tus amigos”.
Flores tristemente inútiles para el muerto. Más aún si el cajón permanece cerrado para cuidar la compostura del finado, su integridad moral, su decencia. Una decencia envuelta en su cuerpo, envuelto su cuerpo en la mortaja, cosechando la temperatura necesaria para que luego el gusano se pasee a gusto, por aquellos lugares dónde alguna vez Antonio disfrutó de un beso, de un golpe, de una caricia, de una comezón. 


 Si el cajón está cerrado, nos impresiona pensar que adentro esté el muerto aunque no lo veamos. Un muerto. Nuestro querido Antonio. Antonio muerto. Si está abierto, nos impresiona esa sonrisa que parecen esbozar los difuntos. Nos da un cosquilleo frío, ver lo flaco que quedó el probrecito.  Siempre hay que terminar todo pensamiento acerca del muerto con un “pobrecito”. Un “pobrecito” complaciente. Un “pobrecito” que acompañe nuestra cara fruncida de pensamiento, pensando que es un “pobrecito”. Lo viejo que parece. Lo canoso que está. Pobrecito. 


Pero a Antonio no lo vimos hasta las dos de la mañana. A su madre se le ocurrió que lo más correcto era la última despedida a cajón abierto. Dos funcionarios vestidos con mamelucos azules, con las letras impresas en la espalda, del nombre de la empresa y el logo que es una especie de orquídea alegre, 

pidieron que se desalojara la sala.  El brillo de la madera en el cajón cerrado. Creo que es peor ver ese brillo que la sonrisa, que la materia descomponiéndose. Nadie piensa en la materia descomponiéndose. Pobrecito. El crucifijo más barato que tenía el fabricante de ataúdes (porque la empresa no cubría ese pequeño detalle tan lleno de vida capitalista como es el Jesús clavado a una cruz), hecho a granel con plástico duro para poner encima de la tapa, nos hace pensar que “no somos nada”. Pobrecito. Y el familiar arrepentido de no despedirse. De no pedirle disculpas. De no abofetearlo por morirse, vacía una lágrima en el zapato de la viuda. La viuda detesta a ese hombre. Detesta la falsedad del abrazo final. Pobrecito el muerto, tan humillado. En el momento de silencio (siempre en los velorios hay un murmullo, un chiste que nos hace reír, pero después hay uno o varios momentos de silencio), aparece el recuerdo, como la misma muerte que se llevó al vivo. Un recuerdo que nos sorprende. Un recuerdo que es velado en nuestra mente, y a cajón abierto. 

La madre lo veía recién nacido, su hermana lo observaba con la túnica y la moña desarreglada, su padre lo escuchaba hablar con él hace apenas un día sobre un partido de la “B” que no terminó muy bien. 
Su esposa no quería pensar en el cuerpo desnudo de Antonio engendrando la vida del pequeño Antonio, tan Antonio como su padre. Un vecino vio en su mente el 
taladro que le prestó al finado y que nunca le devolvió. Una ex novia que no fue al 
velorio, sintió cierto alivio de no ser ella la viuda. 



Un acreedor se lamentó, pero supo que no era el momento de reclamar nada. 
El cura pensó la misa, los gusanos crecían en el páncreas de Antonio. Las flores se marchitaban: sí, a veces las flores se marchitan, los hombres se mueren. 
Siempre hay momentos para recordar. Entonces hago mi velorio del recuerdo de Antonio. Exhumo el cuerpo de Antonio en mi mente. Su mortaja me congela. Es 
blanco. Está muerto. 

Me paralizo. A la salida del velorio tomé Nueva Palmira rumbo a Cufré. Un niño me saludó. Un niño desgarrado en hedor, con la ropa desgarrada por el suelo, por el que tantas veces que se revolcó para jugar. Pero en realidad se revolcó para suplicar. No sonríe, extiende su mano. Pobrecito.



Matías Rótulo (2009)