sábado, 31 de diciembre de 2016

Al diablo con el murguista

Por Matías Rótulo
Quiero contar lo que me ocurrió cuando empecé a analizar las imágenes que mi amigo Juan (por seguridad no mencionaré su apellido), camarógrafo amateur que me prestó las imágenes que tomó del último desfile de Carnaval en Montevideo. Tampoco mencionaré a ningún conjunto en particular ni a otra persona. No diré quién es el murguista al cual le envié una imagen para que identificara a ese otro supuesto integrante de su murga, pero para sorpresa mía , ese colaborador (aunque se burló de mí) no lo conocía. 

Tengo la necesidad de explicar a aquellos que no son uruguayos, qué es el Carnaval de este país pero no sé por dónde empezar. Será mejor que cuente qué fue lo que vi, e iré paso por paso repasando las imágenes que Juan filmó.

Observando en mi computadora (en esta computadora donde escribo este informe) en cámara lenta a un murguero que desfiló el sábado pasado por 18 de Julio (avenida en la cual se realizó el desfile) noté que la sonrisa se dibuja en su rostro con una particular cuota de tristeza y simpatía. El desfile de Carnaval es como el pasar de las dolientes almas rumbo a algún círculo del infierno dantesco, pero con divertido colorido, alegría y esperanza. 

Cuando encontré a ese murguero me pareció una imagen exquisita y digna de lo que representa toda farsa. Pero antes debo aclarar que mi amigo Juan grabó las imágenes con su cámara que permite captar todos los movimientos al detalle porque fotografía (no sé si está bien utilizado el término) decenas de cuadros por segundo. Me permito desconocer los detalles técnicos y aceptarme ignorante en la materia y agregar que sé que Juan trajo su equipo desde el exterior y le salió muy caro. 

Él, anteriormente ha grabado mariposas en vuelo, y créame que es un hermoso espectáculo insuperable por la imaginación humana. Las alas se mueven como acariciando el aire y los colores brillan con simpática gracia. La mariposa despliega su arte gracias al arte de Juan que con mucha paciencia las espera cerca de las flores en el Jardín Botánico de Montevideo. Allí lo conocí un día, mientras realizaba mi caminata matinal. Le pregunté qué hacía y me contó de su técnica y su sueño de ser documentalista en un futuro. Todavía estudiaba comunicación en la Universidad de la República y aspiraba a egresar en pocos días. Había grabado una polilla y me enseñó el vuelo y despliegue del bichito que dejaba un reguero de polvo tras su partida. 

Como a mi hermana y madre les gusta mucho el Carnaval pensé en pedirle a Juan (con quien cosechamos una linda amistad en estos diez meses) una copia para editar las imágenes con una despedida de murga y regalarles el video. Juan me trajo una copia a casa y me instaló un programa para ver lo que se captaba. Me explicó que su novia lo esperaba y que no se podía quedar a ayudarme a editar las imágenes. Me dejó el material y se fue volando, dejando tras él un reguero de dudas sobre el funcionamiento del programa de computadora para ver las tomas. 

Juan, de todas formas hizo una primera edición del video en el cual se ve el movimiento mecánico de las reinas saludando a su vasallos desde un carruaje muy alto, el giro impertinente de una bailarina que todavía no aprendió a no mirar al suelo mientras baila, las gotas de agua que se dispersan de una bola rosada que desde el público cae sobre la cabeza adornada de tinta amarilla de un parodista o humorista, y los dedos enchastrando sangre en las lonjas de un tambor. En cámara lenta, la mano del tamborilero parece acariciar el cuero. 

Juan filmó a un murguista -al murguista que me referiré-, dando un salto y moviendo sus manos como si fuera un arlequín enloquecido, perverso y distinto al resto de los hombres y mujeres filmados por Juan aquella noche. Mezcla de mariposa y polilla, el murguista era gracioso y repartía purpurina por el aire mientras emprendía vuelo. 
El programa que Juan me instaló en la laptop permite que quien lo maneja, se acerque a un punto determinado. Es algo que se llama "zoom". Decidí mirarle los poros que absorbían la pintura de su cara, la pintura se agrietaba, y parecía formar pequeños caminos tenebrosos, como su fuera un terreno seco y peligroso de un desierto desconocido. Decidí verle entonces, cuadro a cuadro los cambios de su rostro. El murguista empieza con el gesto de fuerza apretando los labios para tomar impulso y despegar sus pies en el piso. Alejé el zoom y observé que mientras remonta vuelo, su mano derecha comienza a abrirse a la vez que el brazo acompaña como en un planeo el despegue inaugural de la alegría de alguien cuyo rostro se ve de fondo, un hombre que parece como asustado al principio... Recordemos que estoy viendo cuadro por cuadro en una velocidad muy disminuida. El sujeto de atrás, algo fuera de foco se me figura como un insecto cazando a su presa. El hombre de atrás se espanta, se siente como atrapado entre la imagen y el murguista. 

Sigo mirando y avanzando el video y detecto que el hombre de atrás no demuestra susto, sino sorpresa. Aunque la sorpresa puede derivar en el susto, pero es algo en lo que no me detendré a analizar ahora. 

El hombre desconocido se sorprendió porque el murguista no avisó de su salto. Juan mantuvo en todo momento su pulso y la cámara no se movió ni un milímetro. El murguista miraba el lente, parece que me mira a mí. Es allí que siento que algo me acerca a él. Detuve la imagen y me pregunté ¿Quién es? ¿Cuál es su historia? ¿En qué piensa mientras mira a la cámara? 

Volvamos al cuerpo del murguista. La otra mano se eleva después, acompañando el impulso del otro brazo. Los dedos se abren como una flor verde. Tiene guantes verdes, hecho de una tela sedosa y brillante. Un puño que parece una margarita blanca. El brazo es rojo. El otro brazo es igual. El cuerpo se baña de telas rosadas, rojas y azules. La cara está pintada de negro y blanco. De un lado es negra, del otro blanco. Del lado blanco le cae una lágrima azul. 
Cuando me detengo en su rostro noto pequeñas gotitas de sudor, se empapan las grietas. Retrocedo el video. Una gotita transpiró la frente, la brillante gota nació del horizonte que se forma entre el sombrero y la frente. Unos pelitos negros se le escapan del gorro. Como un diamante brilló y giró por la mejilla derecha. Le pasó por al lado a la lágrima dibujada. Siguió girando por la comisura de los labios que se arqueaban en festejo. Llegó al cuello, y se perdió dentro del traje. ¿Dónde se habrá muerto esa gota de sudor?

Me perdí. Volveré a la sonrisa. Cuando la boca hace fuerza, pocos segundos después (en segundo del video y en milésimas del salto real) se percibe el amanecer de una sonrisa que al principio se torna algo parecida a lo que me imagino que será la risa del Ángel que traiciona a Dios. 
Los labios son rojos, como si hubiera besado la tierra roja del Infierno. 

Después hay un cambio. Primero en los ojos. Que se abren cada vez más y más. Detengo la imagen y me acerco a ellos. Hay una luz blanca que se refleja en la retina. En realidad, solamente se refleja en el ojo izquierdo. El ojo está pintado del mismo color de su mejilla. Los ojos del hombre son negros. Por efecto de la pintura, el calor y la emoción -supongo-, se dibujan pequeños ríos de sangre que transitan por venitas que van y vienen por el fondo blanco que rodea los puntos negros del ojo del hombre.
Algo ocurre. El semblante del hombre pasa de la alegría a la tristeza. Bajé el plano y noté que sus pies siguen en el aire. Vuelvo a subir y detecto que sus ojos están cerrándose. Avanzo varios cuadros más. Ahora el murguista está triste del todo. Pero es una tristeza que curiosamente me alegra. 

Sigo avanzando el video. El río de sangre de sus ojos se convierte en un mar sin color. La cara, por efecto de un flash  de fotos que la cámara capta en ese momento se torna brillante. Es un resplandor divino (no "divino" como dicen los que están en el ambiente del Carnaval adjetivando todo lo hermoso con este término). Divino de Dios. Creo que si Dios se muestra algún día, lo hará con ese mismo brillo blanco. 
Pero un cuadro más adelante predomina la oscuridad de la pintura de una de las mejillas.  Me asusto de los ojos del hombre. Hay una luz roja que ahora surge del fondo de su mirada. Al continuar con la imagen, toda la cara se pinta de un fuego negro. Lo único que se ve son los ojos de fondo blanco, río sin color, puntos rojos, el rostro muerto, la boca triste, y la lágrima que se distingue azul, brillante. La gota de sudor ya no se ve. Aprieto "play" y el video avanza con su velocidad pasmante. Deseo ansiosamente que se apure, pero sé que de apurarlo, algo técnicamente posible, perdería la esencia de lo que miro. 
La lágrima de estática que estaba, ya que nació siendo dibujo, parece moverse rumbo a la boca en un suicidio espectral. Me pregunto si será que el hombre hizo algún movimiento muscular que engaña mi vista o que realmente la lágrima está bajando. Cuando las imágenes se dan consecutivas, la cara del murguista sigue estando negra, oscura, de ojos con el fondo blanco y rojo... el rojo se acentúa. Mi retina se ensucia, tengo que fijar la vista a la pantalla, atarme a ella y mantener la respiración. Muevo la imagen, la alejo y busco al hombre del fondo. El hombre del fondo no está. Lo único que se ve atrás son como flores marchitas. El calor del ambiente, la humedad que parece subir me sofocan mientras miro la pantalla. Siento como si azufre me paseara por la lengua. 
La lágrima del hombre está a la altura del mentón. Bajó muy rápido. Los pies se mantienen en el aire. 

Algo me ocurre y pienso que ya no hay necesidad de seguir escribiendo. La noche se hizo y es domingo. Ayer empezó Carnaval y si dejo esta carta escrita es porque tengo pavor. La bravura de mi ánimo me hace tomar esta decisión definitiva. Siento que alguien me vino a buscar. El escalofrío me recorre como una gota helada que transita desde la frente al pecho. 
Si algo me ocurre quiero decir que estaré recorriendo tablados buscando a ese murguista. 
Sus ojos no se me olvidan. 

Por esta vía le pido a Juan que lo borre todo. Que lo queme. El único condenado soy yo. Llamé al murguista integrante de la murga que supuestamente integraba ese demonio vestido de colores y le mandé la foto. Por teléfono se rió de mí y me dijo que no era un compañero suyo. Que el traje era similar pero no lo reconocía, o por la pintura o porque era un impostor. Un Falso, un Fausto. 

Si tengo que definir qué es el Carnaval uruguayo, debo decir que es algo muy parecido al frío de una lápida.  Mi angustia es suprema, antigua. Es antigua como el engaño del ángel que se burló de Dios, que lo traicionó y ahora paga su pena vistiéndose de bufón. Su rostro escondía la lentitud de una eternidad y la velocidad de la vida. 
Una perversa sensación de tristeza y una espantosa muestra de alegría me detienen a mirarlo nuevamente. Estuvo entre nosotros. Está entre nosotros. 
Lo desconozco, me desconozco. No hay farsa, no hay ironía, parodia ni burla. Hay estirpes que se condenan en mil años de carnaval. Estamos condenados. 


Montevideo, Carnaval de 2014