sábado, 31 de diciembre de 2016

Festejos de fin de año en el Mercado del Puerto: el Uruguay bárbaro

Foto: Diario El País 2014
Por Matías Rótulo (publicado en La República, 26 de diciembre de 2010).

Un amplio operativo de seguridad montado por la Policía de la capital, baldes de bebidas alcohólicas volando por los aires con dirección de quienes festejaban, y un sol implacable, pesado y sin viento para aplacar el duro mediodía previo de Navidad (oficialmente el feriado del “Día de la familia”) fue el marco del festejo del 24 de diciembre en el Mercado del Puerto.
Allá a lo lejos un remolcador del puerto se acercaba a un barco blanco y silencioso que se movía al ritmo del estuario. Acá, en el Mercado del Puerto, el operativo policial fue lo más notorio desde la noche anterior por el anuncio de la presencia de fuerza de choque y policías de civil para controlar el festejo. El jefe de Policía de Montevideo, Walder Ferreira, explicó que el operativo fue pensado para “evitar riñas” y que abarcó -además de la zona del Mercado del Puerto-, el resto de la Ciudad Vieja, y las zonas comerciales del Centro, Unión y Paso Molino. Fue así en un Mercado del Puerto invisible entre el tumulto de gente, salvo por el techo y algunas sombrillas.

El festejo

¿Por qué no se tiran agua? preguntó el panameño. Ni bien terminó de pronunciar la palabra “agua” el visitante recibió el tan reclamado líquido desde una bombita de agua que llegó desde un origen incierto. Ya es tradición que los jóvenes montevideanos concurran al Mercado del Puerto en la Ciudad Vieja para despedir el año. Horacio puso su puesto de sidra a cinco cuadras. “Comienzo a venderlas a 70 y si más tarde no las coloqué, las regalo a 20, pero igual le gano” explicó a LA REPUBLICA. Como aquel Uruguay “bárbaro” que José Pedro Barrán* describió sobre la República Oriental de los años previos a 1860, el festejo basado en mojarse se hizo una forma más de expresar un sentimiento. Aquellos festejos eran los de Carnaval que se extendían más allá de los tres días. Festejos que incluían agua primero, y después piedras, huevos, elementos que podían herir y que generó que las autoridades del recién nacido Uruguay prohibieran, rumbo al “Uruguay CIvilizado”, pos 1860. Ayer, el Montevideo del siglo XXI, en la Ciudad Vieja también testigo de aquellos años, parece volver a épocas de festejo por el festejo mismo. Como si todo estuviera a punto de terminar. “Festejo porque se va el año” dice Richard que se considera “cansado de 2010″. Nadia, empapada de cerveza, sidra, y vino, oliendo a una mezcla reforzada por el calor del sol no tiene como excusa al 2010 para festejar sino “a que todos los años venimos, porque todos mis amigos vienen”.

El festejo

Un poco más alejado de la zona del festejo que de hecho ocupa varias cuadras, la fiesta parece estar presente sólo en sonido. En la Iglesia Matriz algunos puestos de artesanías sobreviven a la víspera de Navidad. “Nos quedamos hasta que venga el malón. Cuando termina la joda de allá, nosotros nos vamos, porque después es muy peligroso” dijo Augusto, vendedor de artesanías desde hace tres años en la Plaza Matriz. “La Andaluza”, un carro tirado a caballo que en los demás días del año se dedica a recolectar escombros “nunca basura” tal como explicó Andrés Sierra, su conductor, el 24 fue cargado de sobras de botellas que algunos de los jóvenes que festejaron la víspera de Navidad tiraron de un lado al otro del gentío. Un policía mira tranquilamente la escena. “No intervenimos salvo que se ponga en riesgo la integridad” dijo el oficial. A pocas cuadras, la alegría se transformaba en algún que otro arresto. En el tumulto las peleas ocasionales eran de inmediato reducidas por los propios jóvenes. Cerca de las 12:00 horas Richard, aquel entrevistado cansado del año 2010, terminó parado por un inspector de tránsito.
El inspector lo vio, cansado y tambaleante, gritando “Feliz Navidad” a todo el mundo y después “¡Vamos la viola!” revelando su simpatía por Defensor. El funcionario lo vio subir al auto y le pidió que bajara. El exceso de alcohol lo dejó a pie. El panameño, al rato, fue visto ya sin preguntarse nada, tirándole sidra a una muchacha, bailando en un extraño movimiento un candombe que se armó en el medio del festejo, entre el olor al alcohol, el sol insoportable, y el aroma de los asadores del Mercado del Puerto que volvió a despedir el año, en un festejo bárbaro.
(*) Historia de la Sensibilidad en el Uruguay. (EBO- 2009)