sábado, 10 de diciembre de 2016

La maquillada, es la muerte


Esa caja boba que nos trata como idiotas

Por Matías Rótulo (Publicado el 17 de mayo de 2012 en Semanario Voces)


El debate actual es sobre si hay o no violencia social, inseguridad, qué es la inseguridad, cómo se manifiesta, si el gobierno es inoperante o muy eficaz (parece que desde el gobierno y la oposición no hay punto medio en la discusión), o si la oposición fue muy inoperante o muy eficaz (acá tampoco hay punto medio). También se cruzan ya no otros debates sino pedidos: de pena de muerte, de cárcel eterna, de cárcel que castigue (más que lo que castigan con condiciones infrahumanas), etc.
La sociedad pide soluciones, grita, hace marchas. La sociedad es una entelequia que se mira el ombligo y no asume su responsabilidad, salvo cuando se ve en peligro o cuando la selección de fútbol gana alguna copa. Ahí sí nos sentimos todos responsables por el simple hecho de habernos sentado frente a un televisor y quedarnos afínicos.

Si los asesinos nacieron en cuna de pasto y tierra, en una casa sin techo, con padres que golpeaban, que no los enviaron a estudiar, con la droga tentando a los más débiles, eso no se discute, pues hay que vivir el aquí y el ahora, y eso es de allá y de ayer.

Nuestro “aquí y ahora” , que es tan “aquí y ahora” cuando se aprovecha una madrugada de descuentos en un centro comercial como para protestar por “la violencia”, es tan inmediato como las imágenes en televisión de un trabajador baleado por un delincuente que tira a matar. Inmediato y efímero.

Hubo otros 123 asesinados por distintas causas, entre otras, la violencia doméstica, un tema que sale a la luz cada una semana, pero para el ojo experto del espectador no hay cámaras de seguridad dentro de las cuatro paredes de un hogar. ¿Por qué el crimen del empleado de La Pasiva generó tanta indignación?

El delincuente, el matador, además es “menor”. Ser “menor” parece agravar el hecho. Lo agrava, no por una autocrítica por lo que la sociedad, la educación, las instituciones no realizaron a tiempo; no por lo que el Estado (todos nosotros) no pudo hacer para salvarlo de una vida de delincuencia, sino porque andan por la vida con impunidad de no ser responsables por sus delitos.
Por eso, algunos sectores políticos impulsan la “baja de edad de imputabilidad”. Una medida que demuestra que algunos legisladores no saben leer las leyes vigentes, ya que los menores no son responsables desde los 16 (tal como se pretende), sino desde mucho antes: desde los trece años (véase el Código de la Niñez y la Adolescencia. Legisladores y público en general lo tienen disponible en www.parlamento.gub.uy)

Lo que agravó el asesinato fue que el asesino mató a un hombre indefenso, trabajador, que además no mostró la menor resistencia (el asesinato es grave de por sí, porque de haber asesinatos más graves que otros, dejando de lado consideraciones jurídicas, estaríamos atenuando algunos asesinatos). ¿Cómo sabemos todo esto? Porque los canales de televisión no resistieron la tentación de mostrar varias veces, durante varios días, la imagen del momento justo del asesinato. En Internet circuló por las “redes sociales”, y portales, y los diarios buscaron el momento más cercano del impacto de la bala en el pecho del hombre para poner una foto enorme en sus páginas, o hasta una secuencia de fotos que ilustraron el momento, como si fuera una jugada de gol de Peñarol.

Las imágenes del asesinato se acompañaban en la televisión con la explicación que completaba lo necesario para hacernos sentir más miserables: que el hombre dejó cinco hijos. Hoy, los cinco hijos gracias a la reproducción del asesinato tanto en televisión, diarios e Internet, pueden ver el último momento de su padre. En ese caso no importó que tuviera cinco hijos, sino alguien pensaría mejor eso de reproducir el video.

Hace algunos días, los canales de televisión mostraron las imágenes de las cámaras de seguridad de un supermercado. Allí balearon a un guardia de seguridad. La locutora de Canal 10 explicó que no mostraron el momento del disparo al trabajador porque “el supermercado así lo dispuso por respeto a la familia”. ¿Es necesario que se nos pida a los comunicadores no difundir imágenes que ya de por sí dañan la sensibilidad del público y que con más razón va a dañar la sensibilidad de la familia que sufre la desgracia? ¿No tenemos la capacidad de decidir algo tan básico como no afectar aún más a una familia que está sufriendo?

¿Los periodistas ya no somos lo suficientemente creíbles? ¿No podemos narrar un hecho sin mostrar imágenes? ¿Corremos el riesgo de que no nos crean? ¿Qué pasó con las 123 muertes anteriores? ¿O es que a la muerte 124 la sociedad dijo “ahora sí, salgamos a protestar”? Como no teníamos las imágenes de los otros 123 asesinatos ¿nos afecta, nos disgusta, pero no lo suficiente como para indignarnos tal como nos indignamos con este caso?

La muerte anda dando vueltas por la pantalla de televisión. Si se muere un futbolista africano en la cancha, hay que mostrarlo. Si hay un accidente de tránsito y alguna cámara callejera lo capta, hay que repetirlo varias veces para que no quede duda que un peatón fue atropellado. De hecho, un programa de Canal 10 “Me duelo cuando me río”, se basa en reírse de personas que tienen violentos y terribles accidentes.

Tenemos que ver la muerte para comprender que existe. Tenemos que ver el accidente para comprender que son un problema nacional. Tenemos que ver al asesino para comprender que hay asesinos, aunque al verlos e identificarlos, nos quedamos tranquilos de que no somos nosotros ni los asesinos, ni los asesinados.

Parece que ya no creemos nada sino lo vemos. Es la cultura visual. Es el pasajero del 76 que se para de su asiento para ver la moto tirada debajo de un taxi en Garibaldi y General Flores. Ojo, esté atento, no se pierda nada.