jueves, 29 de diciembre de 2016

La muñeca de la Plaza de los Bomberos



Cada uno de nosotros lleva atado a la muñeca a un uruguayito invisible, un enano que babea rabia y vomita insultos. Le dirige al otro las tres miradas mefistofélicas hasta acabarlo en el piso de la Plaza de los Bomberos, viendo cómo ese ser ajeno a nuestra importancia se retuerce quemado, imposibilitado de levantarse, de salvarse, porque su enano invisible se lo impide por estar acabado, destrozado a palos por el enano del otro. 

El enano invisible le tranca el paso al usuario del ómnibus y no lo deja avanzar para que otro uruguayo con su enano pueda subir. 


Ese duende vacío no sabe nada del otro, pero lo conoce tan poco que habla con conocimiento de causa de su repugnante estadía por este país lleno de seres que son gigantes de tan pequeños que son. 

No vacila nuestro acompañante esposado a nosotros, en determinarse campeón del mundo sin serlo, en levantarle la mano con la bandera uruguaya a su amo después de algún gol de Mundial. Pero tampoco vacila en sostenerla abajo en el momento de pagar los impuestos. En apretarle el dedo a su Lázaro (porque nosotros somos los esclavos de los enanos) para cambiar el botón del control remoto en vez de arrastrarlo al liceo. 

Ese ser demacrado que veo en el espejo, es de acuerdo al semblante de mi compañero de viaje. Si él disfruta yo disfruto. Pienso que le hizo el amor a cada una de las mujeres con las cuales yo pensé que me acosté en el pasado. Pero él hizo el amor por mí, y yo simplemente me limité a quejarme. Yo simplemente veía con pena y desconcierto cómo ellas se iban sin más, saludándome y excusándose de algo incomprensible. Algo que sus enanas invisibles le decían de mí, en complicidad con mi enano que saca ventaja de cada situación.

Porque nuestro enano árbitro de vida sabe sacar ventaja: se cuela en la fila del supermercado y se queja si la embarazada pasa antes, pues a falta de un enano en la mano, ella lleva a otro en la panza ¿Quién la mandó a seguir el instinto sexual de...? No importa. 

El pequeño ciudadano que no vota pero que introduce su voto cuando yo voto. Espera pasivamente que otros pequeños parientes suyos levanten la mano de otros uruguayos para que decidan y protesten,  cosa de facilitarme el trabajo de no tener que levantar la mía. 

El muñequito de mi mano quiere tener algo de protagonismo, entonces escribe su siniestro perfil en estas líneas. 

Una vez, un amigo iba caminando por la Plaza de los Bomberos y su compañero estaba aburrido. Le sacó del bolsillo trasero cuarenta pesos y lo tiró al piso. Atrás, una muchacha que llevaba en su muñeca a su muñeca transparente corrió hasta él (mi amigo) y le tocó el hombro. Creo que la bella muñequita fue retada por su compañera porque su rostro se iluminó de sangre. El pequeño de mi amigo se rió de la muñeca menor y de la honestidad de la más grande. 

La muñeca de la Plaza de los Bomberos se perdió entre la gente. Mi amigo también. Ambos se llevaron a sus pequeños guías a cuestas. 

El uruguayo promedio no se enamora. La uruguaya promedio no se enamora. Ambos cuentan los pasos que hay entre el pequeño diablo y la otra persona para alejarse ante la primera posibilidad de declararle "amor" al otro. Porque el amor es de débiles, y el uruguayo siempre tiene la fuerza de su compañero o compañera en la muñeca.

Tampoco odian, simplemente se dejan guiar. Somos cuerpos desnudos apilados, derritiéndose al sol mientras el hedor atrae a los perros, conmueve a las vecinas, y hace temblar las cuerdas de la guitarra de Viglietti. 

Viglietti también tiene un enano invisible amarrado al pulso de su camisa. Tenía uno Chopin, y otro Spinetta. Todos cantan, tararean: "a desalambrar, a desalambrar" le dijo el amargado guía de Viglietti a Viglietti entre las lágrimas que dejaba, lágrimas con las que Viglietti resbalaba hacía un vacío espeso. 

La muchacha de la Plaza de los Bomberos no obedeció a su muñeca, y su muñeca llegó a estirarse para devolverle el dinero a mi amigo. Mi amigo le dijo "gracias, me salvaste porque era lo único que tenía". De inmediato mi amigo sintió un tirón de parte de su señorito jorobado que lo miró vanidoso con un aire afeminado algo sensual y sudoroso: "preguntale el nombre, su teléfono". Porque los uruguayos somos impulsados hacía las mujeres por nuestro pequeño cortejador, como si todo fuera tan fácil, como si cortejar significara un acto normal en el ritual del apareamiento que implica incomodar a la dama, cosa de arruinar el momento de la primera impresión. Claro, el que corteja no es el diminuto testigo de nuestros fracasos, sino que somos nosotros, somos los que fracasamos. 

El uruguayo sabe de todo porque quien nos apoya en el saber no sabe nada. Hablamos de fútbol y política, de religión y de radio, de destornilladores y mutiladores, de fábricas y uvas, de gelatina y antinomias, de Chaplín y Bordaberry. El enano nos sopla en el oído como en aquel examen que nos determinó el título universitario. Por eso sabemos de todo. 

Nuestro enano mira televisión y nos hace repetir. Bajemos la edad dice un enorme enano y yo lo creo. Liberen tal droga dice otro pequeño gigante, y yo lo creo. Vótenme dice con una mirada amiga el más gigante de los gigantes, y mi enano se queda helado de miedo: es ahí el único momento en que lo veo vulnerable. 

Nuestro enano es riverista, batllista, comunista, saravista, pachequista, socialista, independiente, judío, mormón ateo, impoluto y pecador. Es todo eso junto. Juega al balero mientras estamos en una entrevista de trabajo, y come pan mientras pasamos entre los pobres. Viste bien con trajes de alta costura, se siente pleno con su peinado a lo Gardés, se perfuma con amoniaco berreta que pasó de contrabando desde el Chuy de vivo que es, habla en lunfardo carcelero con un estilo pordiosero, de la más alta elite aristócrata esteña hacendada, miembro de las familias más orientales del terruño laico. 

La muchacha de la Plaza de los Bomberos se perdió entre la gente, y ahora yo le hablo de ella: soy yo quien escribe, el compañero de viaje de Matías. Mirá para abajo, mire para abajo lector, quien lo obliga a leer es ese pequeño uruguayito que ahora mismo va a hacer que critique lo que acaba de leer. Observe a su compañero, bésele la frente, límpiese la baba pegajosa que le quedará en los labios y se los resecará para siempre, al punto de impedirle sonreír.
Usted es un idiota porque piensa que la muchacha es honesta: simplemente fue mal asesorada por una muñequita linda, pelirroja, que seguro esconde algo... 



Por Matías Rótulo 
Inspirado (en parte) en una canción de León Gieco llamada "El argentinito"