sábado, 17 de diciembre de 2016

Un uruguayo frente al Papa

COLUMNA DESDE LO PISADO


Por Маттиас Rotulovic (desde el 1 de diciembre del año 1931)*


“Yo entonces sentía una lágrima que se hinchaba en mis ojos;
y cuando, terminada la ceremonia, volvió el Papa a cruzar la Iglesia
 yo miraba casi impasible al través de mis ojos anublados, a León XIII”.

Juan Zorrilla de San Martín.


Montevideo no suele ser una ciudad de celebraciones, a pesar del reciente festejo de un campeonato de football mundial que se celebró en el majestuoso Estadio Centenario y que  ganara el equipo local.

Buenos Aires, tal vez porque ha sufrido mucho más que Montevideo, porque su política tiene otras ceremonias perversas, suele celebrar sus logros con religiosa simpatía, en las callecitas de edificios altos, hombres elegantes y mujeres coquetas y distinguidas. De todas formas, las crisis financieras recientes han impedido que la alegría le diera paso al pensamiento de un futuro de progreso. Ante la muerte de Juan Zorrilla de San Martín hace algunas semanas, -el poeta uruguayo-, la ciudad parecía un poco más gris. Me refiero a Montevideo. Así como Buenos Aires se acostumbra a celebrar, a rendir cultos religiosos, a volcarse a la Catedral, Montevideo sabe también vestirse de duelo cuando corresponde.

El poeta, autor de Tarabé, un hermoso poema sobre el pasado indígena de los uruguayos, creador de La Leyenda Patriaque ha quedado en la memoria patriótica como una estampa de la identidad nacional, y narrador de la epopeya del héroe que unifica a los orientales (así se les dice a los uruguayos por vivir al oriente del Río Uruguay), es decir, de José Artigas, fue un hombre excelente y de gran ingenio. Lo digo con conocimiento de causa porque le estreché la mano en varios eventos sociales a Don Juan Zorrilla de San Martín.
La noticia de su muerte me ha dejado un sabor amargo. El hombre, de familia patricia y culta, de las más altas esferas del Montevideo actual, no escatimó en talento ni en sensibilidad para dejar un legado que será eterno.
Recuerdo que cuando le dije que estuve en Roma me habló largo rato sobre su visita al Papa. Estábamos en su domicilio, muy cerca del mar, cuando me detalló lo que sintió. De su biblioteca tomó algunas hojas titulada “Roma”, y me pidió que leyera. Roma se titulaban varios capítulos de su libro Resonancias del Camino, el cual me regaló con su firma. Una firma que por estos días, al conocer de su muerte, estuve revisando con atención.
Las cartas, plasmadas hoy en el libro publicado en 1896 están dirigidas a su segunda esposa, la hermana de la primera, Doña Elvira, fallecida años antes. Se trata de Doña Concepción Blanco Sienra que cuando falleció su hermana se hizo cargo de sus sobrinos y construyó junto a su esposo una familia mucho más numerosa. Una relación así, a fines del siglo pasado habrá generado opiniones diversas en la conservadora ciudad.
El viaje de Zorrilla de San Martín se inició en 1893 en un trasatlántico que partió el 1° de mayo. Luego de Génova y Pisa llegó a Roma. En la primera carta manifiesta: “ayer visité el Capitolio, el Foro Romano, las termas… Pero dejemos eso para después y vamos a la impresión protagonista: ayer vi a León XIII”.
El Papa León XIII nació en 1810 y murió en 1903 y asumió como santo pontífice en 1878. El suramericano Zorrilla ¿Habrá recordado que años antes de su visita ese mismo Papa tomó partido por Chile en la terrible Guerra del Pacífico que enfrentó a los trasandinos con Bolivia y Perú dividiendo también a buena parte de las naciones suramericanas? León XIII bendijo al ejército chileno el 13 de enero de 1881, lo que le dio fuerzas divinas a las tropas para arremeter violentamente contra la población y viviendas de Chorrillos en el Perú causando un destrozo apocalíptico. 
Pregunta Zorrilla, cautivado por el Papa “¿Quién se puede poner a hablar de monumentos cuando acaba de ver al Papa?” Tanto que prefirió evitar el narrador a detallar la enorme basílica de San Pedro, siempre en boca de los visitantes por su majestuosidad. Allí, en el Vaticano, Zorrilla se detuvo en la guardia suiza para su breve descripción: “con sus pintoresco uniforme negro y amarillo, y su casco de bronce con lacio penacho…” El poeta oriental esperó ansioso el momento del inicio de la misa. Aguardó la llegada del Papa León XIII como el resto de los presentes: “La gente esperaba ansiosa; era ya la hora en que debía comenzar la ceremonia. Por la puerta principal, por la que yo había entrado, debía entrar el Papa, y atravesar la Iglesia hasta un reclinatorio cercano al tabernáculo”.
Al rato “por fin se sintió ese rumor de la multitud que se comunica la llegada de lo que espera, que se adelanta, que se aprieta”.
Zorilla escuchó una exclamación “inmensa, estentórea: ¡Viva il Papa! Gritaba la multitud; ¡Viva le Pape Roi!”

León XIII iba vestido –según Zorrilla-, con sotana blanca y su muceta roja orlada de oro. El Papa pasó a dos metros del sitio donde el uruguayo estaba. “Me parece pequeño, menudo, muy fino, muy pálido; su cabeza blanca y cubierta por un solideo, blanco también, aparece entre las cabezas del grupo cuyo centro viene; los mechones de cabellos blanquísimos le rodean la frente como una aureola de nácar desflocado; camina agobiado pero con paso firme, corto y casi apresurado…”
Zorrilla ve cómo el Papa llega “por fin, a su reclinatorio; se arrodilla, y apoya la cabeza en las manos pálidas. El más completo silencio vuelve a reinar en el templo”.
No puedo seguir de la emoción al recordar a este buen hombre que conocí, que cercano al Papa quedó absorto de pensamiento y sensación. Nadie describió nunca, tan bien, un encuentro con el Papa. Un momento en el que Zorrilla pensó en los suyos: “Allí flotaba en mi alma tu memoria; yo pronunciaba tu nombre, y el nombre de nuestros hijos uno por uno, y el de nuestra patria, y el de todos los que quisimos y nos precedieron en la otra patria sin fronteras”. La carta estaba dirigida a su segunda esposa. ¿Habrá pensado en ese momento tan emocional y elevado en Elvira también? Dios sabrá.



(*) Por Matías Rótulo (publicado en Hum Bral el 16/03/13)