Que me trague un cocodrilo



Por Matías Rótulo (Publicado el 13/7/2012 en el Semanario Voces)

Como la consigna actual es tener éxito, quiero que me trague un cocodrilo. Así ocurrió aquel 13 de enero de 1865 cuando a las doce y media en punto Iván Matvieyich, “sintió la comezón súbita de ver el cocodrilo que exhibían…” pero fue comido vivo, y pasó a ser la estrella del momento.

El cuento “El Cocodrilo” del ruso Fiodor Dostoievski (1821-1881), a pesar de la distancia histórica y geográfica plantea el debate sobre el individualismo, el capitalismo, la sociedad del entretenimiento y hoy agregaríamos el por entonces desconocido posmodernismo (o por lo menos sirve como aporte al estudio de estos fenómenos o modelos vigentes en la actualidad).
El capitalista, es decir el dueño del cocodrilo, no quiere que maten al animal para que se salve un hombre que fue literalmente tragado por la bestia. El hombre, desde adentro del cocodrilo insiste que si el espectáculo de ver a un cocodrilo con un hombre adentro (el hombre no se ve desde afuera), genera ganancias, no debe desperdiciarse dichas ganancias salvándolo de su “incómoda situación”. Es un acto individualista que además fomenta el individualista acto del voyerismo: la excitación de ver.
El personaje Iván Matvieyich adopta el discurso dominante, siendo un dominado. Dominado por su sociedad, su jefe, pero ahora también encerrado en un cocodrilo, un monedero viviente que se come a un ser humano, y ambos pasan a ser generadores de monedas.  

Privilegia la ganancia para el capitalista, o para sí mismo (aunque en menor grado), antes que su propia salud. Él mismo se pone en el lugar de producto. Algo así como cuando los periodistas adoptamos el discurso de que “tenemos que vender” antes del que “tenemos que informar”. También se pueden dar ejemplos en otras áreas muy lucrativas pero indispensables, como por ejemplo el derecho o la medicina.

El hacer y no hacer
“Iván no tenía nada que hacer precisamente ese día, pues acababa de obtener una licencia” dice el narrador del cuento. El pobre Iván tiene cierto parecido a los que hoy llamaríamos un consumista, no solo de productos de compra y venta sino de actividades. Puede ser cualquiera de nosotros. Es un trabajador que consigue un salario, y que está motivado por la idea de ocupar su tiempo en algo, ya que el ocio es sinónimo de vagancia. Por otro lado, no hacer nada de lo establecido como correcto (por la sociedad, por los que dicen qué es correcto) en los momentos de ocio, sería un pecado. Iván es conducido a las tripas del cocodrilo por una sociedad donde el “hacer” debe tener como premio “el comprar”. El tiempo libre no es algo adquirido por el trabajo, según se lee en el cuento. No es visto como un derecho (diríamos hoy) a la recreación, al descanso y al ocio. Es por eso que a Iván se le ocurrió ir a ver la exposición del cocodrilo: “…se  quedó embobado ante la magnificencia del establecimiento, y, llegado al sitio en que se exhibía el monstruo, manifestó su intención de pagarme las veinticinco copecas que costaba el billete, cosa inaudita en él”. El mensaje del cuento, la primera señal es la de la sociedad del entretenimiento a costa del sometimiento. ¿Qué sometimiento? En primer lugar del cocodrilo, y demás animales pero después del pobre Iván que es tragado vivo por el cocodrilo, pero logra vivir allí por un tiempo. El sometimiento público marca la presencia actual del entretenimiento. Pensemos en los informativos y sus mensajes de sometimiento de víctimas de delitos, el sometimiento del pobre tipo tirado en la calle después de darse de frente en su moto contra un taxi. Todos se paran del ómnibus para ver. Aunque se ve tanto, todo el tiempo, que el espectáculo pasa a ser común, sencillo y genera desencanto.
 En el cuento de Dostoievski se lee “¡Y eso es un cocodrilo!... —dijo Elena Ivanovna con tono de desencanto—, yo me lo había figurado de otro modo”. Ya la bestia no es interesante, sino que es algo común. ¿Cuándo pasa a ser interesante? En primer lugar, cuando se come a Iván, pero desde antes, cuando el cocodrilo comenzó a ser molestado por el hombre. Dice el narrador con respecto a Iván que “levantó la rejilla de alambre y se puso a hostigar al cocodrilo con una varilla. Para dar señales de vida, el pérfido monstruo movió ligeramente las patas y la cola, levantó el hocico y lanzó una suerte de prolongado resuello”. En la sociedad del entretenimiento, todos tenemos que ser estrellas. No solo el cantante del ómnibus sino aquel que lo acompaña en el asiento, el pasajero que minutos antes apagó su celular que hacía rechinar una música fiestera y que ahora se sabe la canción de “Los Nocheros”. Pero también en el cine, o en el teatro. Paso a detallar a algunos ejemplos de protagonistas que realizan su propio acto como Iván, pero que si les ponen un cocodrilo en frente no serían tan arriesgados: los que no apagan el celular y lo dejan sonar en las obras teatrales, quienes se ríen en momentos de alta tensión dramática, quienes murmuran la letra de las obras canónicas, quienes se levantan dos o tres veces para ir al baño o comprar un refresco, quienes se dejan comer por un cocodrilo. Hoy, todos somos tragados por un cocodrilo que es monedero y genera monedas. No para nosotros, que no somos el dueño del monedero sino quien se acomoda en las tripas para ser mostrado en exhibición.