Los niños se están muriendo (este fue el sueño que tuve después de ver las imágenes de un ataque en Gaza)

La niña ya está perfumada y lista para que su vestidito a rayas verdes sea sustituido por una mortaja blanca. Tiene siete años y su condena durará cuarenta y seis segundos en el informativo de las siete en mi país. Yo la miré indignado y supuse que ella me miraba. Sentí que me pedía perdón por algo que yo había hecho. A veces pienso que nací en el lugar equivocado. Agarré un libro para empezar la página mil, y no pude enfrentarme a las primeras tres letras de la primera palabra de la hoja. Porque la niña me susurraba el nombre de un poderoso dios que me echaría una maldición. Hice un espacio lo suficientemente grande en mi mesa como para que entrara una vela encendida, volqué miel en el vidrio, regué de arroz a la llama, que ni se inmutó con la lluvia. Y de pronto la luna empezó a temblar. Los días pasaron y yo veía a la niña a los pies de mi cama. Con su vestido de rayas rojas, de manchas rojas, de sangre manchada. Entonces me asusté cuando un viernes la dejé de ver. Pero el sábado llegó y ella estaba ahí como el jueves. Y el jueves llegó y el sábado estaba ahí. Y la niña me besó en la frente, me manchó el ojo con su saliva, se cayó en mis brazos, le solté la mano. Me morí allí mismo. Esperando que ella respirase. Queriéndola ver, bailando como la última vez. La niña tenía pronta la mortaja, se vestía de ella. Y empezó a arañar la tierra hasta desaparecer. Trajo encima la condena de mil años de guerra. Y todo eso duró unos cuarenta y siete segundos de un informe en televisión.              m.r. agosto 2014