Papi que moriste ¡te extraño! Me gusta • Comentar • Compartir •


Escribir se ha vuelto una rutina para millones de personas en el mundo. Hay un Borges al lado de cada miga de pan caído sobre el teclado, junto a ese vaso de Coca Cola ya tibio de esperar ser tomado, mientras nosotros, entretenidos vaya uno a saber por qué foto “hot” en la pantalla, exponemos nuestras ideas. 
Por Matías Rótulo (publicado en Voces el 27/06/13)
La misa en la Iglesia se transformó en “pego la estampita de la virgen por una hora” y “si tú la pegas ayudarás a fulano de tal a punto de morirse”. Anunciamos el voto a favor o en contra en las elecciones en 140 caracteres, emitimos mensajes ambiguos y enigmáticos tales como “a vos, si a vos que sé que lees, te odio, no me jodas más”. Además, ya no vamos a la tumba, pues la tumba ahora es el muro de la “red social”. Otros cuentan información sobre los niños que apenas saben abrir la boca para chupar una teta, información que a cualquiera de nosotros, adultos, nos espantaría de vergüenza propia: “mi hijo hace una caca color verde rara… tengo miedo”.

Aprovecho para decirle a mi papi que se murió hace varios años que lo extraño y que lea la nota de Hoenir Sarthou en este semanario, ya que si puede leer este mensaje en la red social  podrá leerlo todo. En Facebook, Google +, Twitter, etc., se publican cientos y cientos de mensajes diarios a modo de planto. Si Manrique hubiera tenido Facebook no se hubiera extendido tanto en el poema a su padre muerto. Lo mejor, es que el mensaje al padre muerto se puede acompañar con una música bien para abajo… con cualquier canción de No Te Va Gustar por ejemplo, gracias a la tecnología de Youtube.

Leí un mensaje pocas horas antes de escribir esta nota que copio textualmente: “feliz día abuelo, te extrañamos”. El abuelo, ese abuelo, el 19 de junio pasó prendido de la computadora en el cyber café que San Pedro montó a medias con Juan en el cielo. Por eso leyó el mensaje.

Pero para que se note la globalidad del asunto, hay otros usuarios que prefieren escribirles a personas vivas. Madres y padres que le recitan palabras cariñosas a sus hijos niños que no saben ni babear (los que babean son los padres) o al familiar lejano. Están las chicas resentidas y los chicos resentidos que emiten mensajes al aire como tirándole piedras al involucrado: “basta de pavadas, no pienso ser yo la que te vuelva a buscar”. ¿Por qué no van y les dicen las cosas a la cara? ¿Me lo estará diciendo a mí?

Otros y otras avisan el acto íntimo (también copio textualmente): “esta noche con mi gordi haciendo cucharita tras una cena con velas”. ¡Menos mal que avisó! Así podemos escribir en Twitter: “No llamen a la casa de… que están ocupados”. ¿Habrá pasado bien?

De fotos y tubos

Un “amigo” de Facebook hace poco publicó la foto de su madre entubada a un aparato respirador con la leyenda “ahora estamos esperando que todo salga bien”. Por suerte la doña salió bien de la operación que le hicieron más tarde de urgencia y no tuvimos que manifestarle todos que la extrañábamos, mediante algunas palabritas en el muro. Quiero aclarar que no conozco a mi “amigo”, ya que un día me agregó a la red social y lo acepté, y mucho menos a su madre, por lo que poco o nada me sensibilizó el asunto, aunque respiré tranquilo una vez que supe que estaba todo bien y hasta le puse un “me gusta” de aprobación a la buena noticia. Esa misma persona (el hijo de la señora), poco tiempo después escribía algo sobre la dignidad de la ciudadanía en relación a la consulta popular el pasado domingo sobre la despenalización del aborto. Se ve que el concepto de “dignidad” sirve para un asunto social pero no para su propia madre cuya foto entubada, vulnerable, enferma y a punto de morir circuló por quién vaya uno a saber qué computadora del planeta.

Mi muro es mío

Lógicamente que lo que cada uno escribe en su muro, ventana, o cualquier otro sinónimo informático es responsabilidad de cada uno. Inclusive quienes pegan fotos de niños en situación de vulnerabilidad social, violando los artículos vigentes del Código de la Niñez en Uruguay y la Declaración Internacional de los Derechos del Niño. Eso es en realidad una irresponsabilidad con el otro y con las leyes.

Están quienes debaten, insultan, festejan goles, anuncian, relatan hechos de vida y todo queda supeditado al pasaje lineal del contenido.

A medida que uno publica algo, y otro publica, y aquel otro publica, lo que el primero publicó va quedando debajo lo primero, aplastado. Los diálogos no siguen un encadenamiento lógico. Si en unos siglos, algún investigador se propusiera saber cómo vivían los seres humanos de esta época, se encontrarían con que estamos todos conectados, pero a su vez separados, desordenados, medio locos, y convencidos de que en este tiempo creemos que los muertos y los niños muy chicos (apenas nacidos) tienen acceso a una computadora. No tiremos ideas a Miguel Brechner que todavía le da una computadora a cada tumba y a cada cuna.

Otros deben reportar su vida minuto a minuto: “En el trabajo”, “en el baño del trabajo”, almorzando en el trabajo”, “de nuevo en el baño del trabajo desechando lo comido hace un rato” (estos ejemplos son inventos del autor, pero inspirados en una “amiga” de Facebook).

La necesidad está en el anuncio con el fin de decir algo para estar. Lo que sucede muchas veces, es que empleados privados, y lo más grave de todos, aquellos que son empleados públicos no recuerdan que hay un jefe (en el caso de los públicos hay jefes y contribuyentes al Estado), que también pueden ver la hora de publicación en Internet. ¡Cuiden sus trabajos!

“Esta clase es un embole” publicó una estudiante de un centro educativo público desde su clase. Esa clase que es un embole la financia todo el Estado, y ella en vez de prestar atención utilizaba su Facebook. Por cierto, la estudiante es del Instituto de Profesores Artigas.

Además de escribir, tenemos las fotos de viajes, como si fuera necesario mostrar el mundo que vimos, un mundo generalmente igual al mundo que registran todos con sus cámaras y que después cuelgan en Internet. Una amiga se fue muy lejos y publicó las fotos de su viaje. No las fotos, sino las fotos que iba sacando a medida que andaba por ahí. Su novio, su familia, supieron de ella al mismo tiempo que sus otros cientos de amigos. No está en el país pero sigue estando en conexión directa con nosotros. ¿Lo hace porque extraña? No, porque si extrañara le pediría fotos a los que nos quedamos acá.

Pero la cuestión es estar. Hace poco alguien lamentó la muerte de su padre por una red social. En realidad no lamentaba la muerte sino que explicaba el por qué de su ausencia en la red social. Tras el anuncio, sus “amigos” lo acompañaban en el sentimiento. ¿En qué sentimiento? ¿En el sentimiento de no poder seguir escribiendo por un tiempo en Twitter?

Hace pocos días un suicidio sacudió México. Un muchacho anunció su decisión por Facebook y al rato se pegó un tiro. Lo llamativo no fue que se matara, ya que en los medios de comunicación no se preguntaban por qué se mató sino ¿Por qué lo anunció por Facebook? Debajo del anuncio (los medios se encargaron de mostrar el anuncio como una forma de contribuir al morbo) hay “amigos” virtuales que le preguntan “¿Qué pasó?” y otros que pusieron sus caritas (emoticones) de tristeza. Inclusive, el anuncio tiene algunos “me gusta”.

Lo importante es estar, decir, escribir, mostrarse. El contenido se pierde en el éter, deja de existir a los pocos minutos, pero nuestro ego se infla por ese pequeño “clic” que hacemos, esperando que alguien nos regale un “me gusta”.

Nota del autor: Tengo Facebook y Blog. Soy el que se muestra por la música que escucha: dos fotos de Spinetta adornan mi Facebook. No cuento cosas de mi vida privada ni cuelgo mis fotos pero ya todos saben que soy ateo, periodista, que estudio literatura, que no me gusta el fútbol…