Por Matías Rótulo (Publicado el 16 de abril en La República)
El inglés, el universal Paul McCartney tocó ayer en Montevideo. Esta crónica pretende dejar registro de un hecho que por sí solo logró alterar la vida de los habitantes de todo el país, pero más que nada, trajo a no una leyenda, sino a uno de los transformadores de la música mundial, liderando una banda que hasta ahora no ha sido superada.
Al cierre de esta edición seguía cantando y tocando su bajo, o su guitarra, el piano, y así alternando por instrumentos demostrando una versatilidad que conserva tanto en su voz como en su talento. Una de las zurdas más famosas del mundo le daba forma a las notas en el instrumento mientras los dedos de la derecha se movían como una araña caminando por el mástil, deteniéndose en cada sonido. Paul Mc Cartney, tocó en Montevideo con un público que le regaló lágrimas, aplausos, y un coro de “ho, ho , ho “ al cual él mismo se sumó con su banda. Le dedicó un tema a “mi hermano Jhon” y bromeó sobre sus conocimientos de español.
“’Love me do’ Paul” le pedía con las dos manos como altavoces, la rubia de la remera con la tapa de Please Please me, el primer disco de The Beatles, del año 1963. De ese mismo disco surgía como queriendo ganarle a la memoria emotiva, la desesperación de la muchacha que en 1963 tendría 20 años y que ahora, en la Tribuna Olímpica del Estadio Centenario, agitaba sus manos en cada una de las canciones. A su lado, su hija lloraba, en silencio, mientras la luna se elevaba por la pantalla gigante. Ahí, a pocos metros, “Blackbird” del Disco Blanco, era interpretada por Paul, con su guitarra a cuestas, solo, en el medio del escenario.
Es que el músico se animó a todo. Bromeó con sus conocimientos de español, se sentó al piano y le dedicó una canción a su esposa Nancy, y en una canción donde se detenía para pronuncia “I love” (“te quiero”) le cantó “a mi hermano Jhon” dicho en español.
El baterista no dejó de acompañar con su cabeza y sus rápidas manos, el acelerado concierto que tuvo momentos de nostalgia, pero de repentino vértigo, como en el lado “B” de Abbey Road (The Beatles, 1969) donde la música parece no detenerse, subir de volumen y bajar como en paseo mágico y misterioso que alguna vez protagonizó Paul.
Ayer, la experiencia sonora pero también visual, con tres imponentes pantallas gigantes que alternaban la imagen del músico cantando, con videos acordes a cada una de las canciones dejaron a Paul enorme, aunque pequeño en lo visual para quienes lo vimos desde la Olímpica.
Una experiencia única
“Hello Goodbye” de Magical Mystery Tour (Beatles, 1967) provocó la euforia, el canto contenido de algunos espectadores que simplemente parecían rezarle a vaya a saber qué Dios por estar en ese momento, en Uruguay, en el histórico estadio, viendo a un Beatle cantar.
El recital siguió entre los clásicos y los temas que muchos desconocían de su etapa solista. Afuera del Estadio, muchas personas llevaron sus sillas y vibraron sin verlo, el sonido que al final de cuentas es lo que queda, y lo que convoca de un artista como Mc Cartney. El silencio también fue música, porque McCartney supo crear el ambiente, íntimo, entre 50 mil almas, algunos que jamás habían soñado ver un Beatle en Montevideo.
Practicando el español