Bandera de Uruguay Año VIII Blog el inaugurado el 15 de diciembre de 2008. Desde Montevideo, República Oriental del Uruguay - 2016.

viernes, 17 de junio de 2016

Buscando una mujer desnuda desde la ventana de Neruda




Por Matías Rótulo -texto y fotos-. (Publicado el 24/3/12 en Hum Bral)





Estuve en la habitación de la casa de Neruda. Huele a madera, a mar, a Neruda. Me paré frente a una ventana. Saqué una foto. De pronto vi la piel de una mujer. En una ventana, en la casa gris, había una mujer desnuda. Me miró, y noté que tuvo que ajustar su mirada hacía la ventana de la casa. Así fue como pareció sorprenderle mi presencia. Y cerró la ventana, pasó la cortina de lado y sus senos desaparecieron. Pensé que todo había sido producto de la falta de oxígeno por la escalada a La Sebastiana ¿O no?

Subir y bajar
 A los que están más arriba, parece costarles mucho más llegar a lo alto que los que están abajo. Tanto en lo social como en las escaladas a los más de 25 cerros que componen la ciudad de las casitas que se montan unas a otras, como en una orgía de color, de latas que se superponen, de techos que se aplastan, de formas triangulares sin forma. De lejos, los cerros se parecen al dibujo de un niño desprolijo, inquieto, apurado por terminar un deber escolar.
Es una ciudad de escaleras, de arribas y abajos (por cierto, es más de “abajos” que de “arribas”) de mareos, de falta de aire, de habitantes gentiles que miran al turista desesperado escalando las calles a las dos de la tarde, con el sol de marzo quemando la espalda inclinada para soportar el repecho.
Estuve en Valparaíso (Chile) que a veces es la ciudad que está al costado de Viña del Mar, y otras veces Viña del Mar es la ciudad que está al costado de Valparaíso.
Ambas nacen en el Océano Pacífico y crecen como los gigantes del cuento de Voltaire.



Ascensor de Valparaíso
Los montevideanos estamos acostumbrados a un Cerro. Uno que tiene una fortaleza arriba y un estadio abajo. Después, son calles que llevan a la playa o al campo. En Valparaíso, las calles dominadas por micros (ómnibus) viejos y sucios casi siempre de color verde, cargando gente por 300 pesos chilenos (unos 12 pesos uruguayos), conectan a toda velocidad como en una montaña rusa de asfalto. Van por calles entre cerros y valles que nunca llevan a un destino preciso.








A la casa de Neruda
Calles de Valparaíso
Los ascensores son la salvación para el pueblo, decía un documental francés de la década de 1950 llamado “A Valparaíso” que hace pocos días vi por Internet (después de mi viaje). “Solo dos funcionan en la ciudad, de los 27 que había” me indicó una funcionaria de la terminal de ómnibus de Valparaíso. Había que llegar a la casa de Neruda. Para eso, las dos opciones posibles, descartada la de tomar un ascensor ya que estaba roto, era o la de caminar, o la de tomar un micro pagando los 300 pesos. No por ahorrar dinero, sino por ignorancia, el camino de cinco cuadras a La Sebastianadesde el inicio de la calle Ferrari, se presentaba como un desafío menor.


Calles de Valparaíso
Los primeros treinta metros tenían una pequeña escalera de nueve peldaños que terminaba justo al doblar la esquina. Cuando la esquina llegó, los próximos veinte metros (siempre dentro de la primera cuadra), contaba con otra escalera que moría en la otra curva con unos cuarenta escalones. Al llegar allí, con las piernas entumecidas, se veía cuesta arriba otra cuadra. La segunda. Así fue todo el viaje. En la tercera cuadra, un cartel anunciaba que se había ascendido a 220 metros de altura, aunque sólo había recorrido 300 metros por Ferrari. Los habitantes del cerro, subían rápidamente, desafiando nuestro paso. Los escolares se corrían unos a otros jugando  entre ellos a medidas que iban ascendiendo. “La Sebastiana está a 200 metros, pero son los más empinados” me advirtió una vecina tras la desesperada pregunta ¿Cuánto falta para la casa de Neruda?


La casa de aire
La fatiga de la subida pareció compensarse en la puerta de La Sebastiana. Será el aire con el cual Neruda hizo su casa que fue inaugurada en 1961. El poema que le dedicó a su casa tiene a un yo lírico constructor, albañil, arquitecto, soñador:

“Yo construí la casa.
La hice primero de aire. 
Luego subí en el aire la bandera 
y la dejé colgada
del firmamento, de la estrella, de 
la claridad y de la oscuridad”

La Sebastiana
Desde abajo del cerro, La Sebastiana se confunde con el resto de las casas. Cuando se llega a ella, parece una distinguida dama con un jardín florido, una muchacha que juega con cada visitante que la penetra. Neruda eligió Valparaíso, ese puerto de importancia comercial que fue perdiendo protagonismo cuando el Canal de Panamá asumió la paternidad del intercambio comercial de la zona del pacífico. La ciudad era un gran centro de comercialización y Pablo Neruda era un apasionado por las compras de antigüedades en las ferias locales. El constructor, el yo lírico del poema “La Sebastiana”, explica:
“Cemento, hierro, vidrio, 
eran la fábula, 
valían más que el trigo y como el oro, 
había que buscar y que vender, 
y así llegó un camión:
bajaron sacos
y más sacos,
la torre se agarró a la tierra dura
-pero, no basta, dijo el constructor,
falta cemento, vidrio, fierro, puertas-,
y no dormí en la noche”.
Adentro, en los pisos de la madera que rechina en verso, las puertas de vidrios coloridos, un gran mapa de América donde todavía figuraban en “Uruguai”, los Charrúas dominando el sureste del país, y adornos en metal, madera y cristal, componen la casa hecha a imagen y semejanza de la misma belleza.
Dice en el poema a su casa: 

“Me dediqué a las puertas más baratas, 
a las que habían muerto
y habían sido echadas de sus casas, 
puertas sin muro, rotas, 
amontonadas en demoliciones, 
puertas ya sin memoria, 
sin recuerdo de llave, 
y yo dije: "Venid
a mi, puertas perdidas:
os daré casa y muro 
y mano que golpea, 
oscilaréis de nuevo abriendo el alma, 
custodiaréis el sueño de Matilde 
con vuestras alas que volaron tanto"

Lo que dice la casa
Su esposa Matilde nunca volvió a vivir en La Sebastiana cuando Neruda murió. La casa, hoy museo, muestra los zapatitos blancos de la mujer del poeta, y un largo camisón también blanco colgado en uno de los estantes.
La Sebastiana
A Neruda le gustaba jugar, le gustaba alejarse. En una carta enviada a su amiga la poeta Sara Vial dijo Neruda: “Siento el cansancio de Santiago, quiero hallar en Valparaíso una casa para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica, lejos de todo. Pero con comercio cerca. Además, tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?”
Volviendo al juego, un caballo de madera que en algún momento perteneció a un carrusel está en la sala circular: el caballo parece girar en la sala como si aún estuviera en su hogar original. El baño al lado del bar de Neruda tiene una particular puerta calada. Es decir, quien está fuera del baño podía mirar hacia adentro. Todo esto en el primer piso de La Sebastiana.
Arriba del todo, tras caminar por unas laberínticas escaleras de madera, con apenas espacio para una sola persona subiendo o bajando, su estudio lleno de libros revela otra imagen de Valparaíso. Es decir, todas las ventanas muestran la ciudad y el cerro más arriba, y el cerro más abajo, pero a medida que se sube, parece cambiar el paisaje, de la misma Valparaíso de siempre.
El mar se encuentra con la vista, entre techos arruinados más abajo, y copas de árboles que son como plantas en un jardín trasero.
Volviendo al poeta, añade:

“La casa crece y habla, 
se sostiene en sus pies, 
tiene ropa colgada en un andamio, 
y como por el mar la primavera 
nadando como náyade marina 
besa la arena de Valparaíso”.

Desde la ventana de Neruda

La mujer desnuda
En el piso de abajo, la habitación de Neruda, donde a veces escribía, donde escuchaba la radio, donde amaba a su esposa, tiene mar, y tiene cielo. Pero particularmente tiene casas. Casas lejanas, pequeñas, cercanas y enormes. Techitos dominados por gatos. Gatos en busca de gatas, sombras en busca del sol que cada vez quema más fuerte el alto del cerro.
Una de las historias de la habitación, es que Neruda le decía a sus amigos que a cierta hora de la tarde, una mujer desnuda aparecía en una de las ventanas de la casa gris, arriba de la amarilla, al lado de la rosada. Los amigos pasaban horas y horas tanto en la habitación como en el estudio del piso de arriba buscando las casas, 
buscando a la mujer. Nunca nadie vio nada.
Desde la ventana de Neruda
Conociendo esa historia, hice el intento. Busqué una casa y una ventana. Miré fijo entre las malformaciones de la arquitectura que se debe adaptar a los accidentes geográficos. Había olor a libros, a juego, a Neruda. Y fue justo ahí cuando la encontré. Completamente desnuda, con sus pubis, y su ombligo, y sus senos, y su cuello, y sus ojos, y su pelo, todo acariciado por el aire de Valparaíso. El aire que no llegaba a mis pulmones, que me impedían respirar en la altura de apenas500 metros, que no me dejaban gritarle, ni recitarle un poema del poeta. Pero ella me vio, me miró con cara de enojada. Se dio cuenta que yo no era Pablo. Se escondió detrás de la cortina, desapareció. Luego, todas las mujeres de Valparaíso, viejas, jóvenes, madres, hijas, tenían su rostro, ninguna me miró a los ojos. Pues yo no soy Pablo.

jueves, 16 de junio de 2016

El Quijote para haraganes en ciento tres páginas

PAPELES SALVAJES

Esta nota no será muy larga, de hecho, esta introducción tampoco lo será. No lo será.

Por Matías Rótulo (publicado el 4/04/13 en el Semanario Voces)


Viajé a Buenos Aires. No tengo nada más para aportar del viaje. Sí, si tengo: resulta que entré a una de esas lindas y (por ahora para nosotros) baratas librerías de la calle Florida. Entonces lo vi. Delgado como su personaje principal. De costadito como esperando que alguien acaricie con la vista sus ciento tres páginas. Era El Quijote. Un Quijote de ciento tres páginas. En la tapa decía “El Quijote” quitándole toda solemnidad al resto del título, porque el título original es muy largo: “El  Ingenioso…” no, de tan largo que es prefiero no escribirlo.
Estaba en un mostrador, un mostrador pequeño, no eran muchos libros los que reposaban encima. Había un cartel que rezaba: “libros de bolsillo”. Y ahí lo vi. Al lado de las ciento veinte páginas de la Divina Comedia (en este caso el editor no escatimó en el título y utilizaron el más largo de los dos conocidos). ¿Es más larga La Divina Comedia que El Quijote? La primera en verso, la segunda en prosa. Aunque la primera, en la versión que vi en Buenos Aires, creo que era la traducción de Jorge Luis Borges en prosa. La versión de Borges pero reducida. Tenía el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Los tres, claro está a la mitad. Obvio, son libros de bolsillo. Son para que entren en el bolsillo y en la cartera de la dama. Para que uno los lleve como una monedita, o un pañuelo, o un preservativo, un chicle, un teléfono celular, una lapicera, una llave. Para que los lea como quien paga un centavo en la feria, se suena los mocos, se pone un preservativo, mastica un chicle, o llama por teléfono: así de ligerito para que no se pase el momento.

Haraganes
No lean más esta nota. Es más, no lean las casi diez páginas de la pregunta de la semana de hoy en Voces sobre la candidatura de Tabaré. Sepan que la entrevista a Peirano es muy larga y aunque interesante, son muchas letras juntas, amontonadas aunque por suerte están las fotos para alivianar el asunto. Si van a seguir leyendo el semanario, les informo que la crítica de  teatro de Flamia es extensa porque las obras de teatro lo son, lamentablemente lo son. En un tiempo de inmediatez, de rapidez, y donde lo que no “embola” es más llamativo. Las obras literarias extensas como El Quijote, La Odisea, La Divina Comedia y Las Puertas de la Misericordia de Tomas de Mattos (esa obra sí que el larga y roza el “embole”), son demasiado pedir para un público ansioso de beber la sangre del fin.
Por eso ahora nos dan todo digerido (y vomitado). Tenemos la ensalada pronta en el supermercado y a un precio disparatado. Antes queríamos vivir mucho, ahora queremos vivir mucho pero haciendo también más cosas que antes. Las parejas duran poco, los hijos crecen rápido, la canción de moda pasa de moda en pocas semanas. Dentro de poco, El Quijote será así: “En un lugar de la mancha un hombre leía mucho y se volvió loco y al final se murió. Fin de El Quijote”. La Divina Comedia: “En el medio de su vida, Dante fue al infierno, vio cosas feas, pasó por el purgatorio, tuvo esperanza, y en el paraíso… en el paraíso la cosa fue aburrida pero es el paraíso. Fin de la obra”.
Ahora les contaré otra obra difícil de leer: Edipo, Rey: “Edipo mató al padre y no lo sabía y se acostó con la madre y tuvo hijos (no sabía que era la madre) y descubrió que era hijo de su padre, y había un ciego que le dijo de su destino, y…” no la voy a seguir porque se hizo muy complicada.
La Comedia Nacional presentó el año pasado tres horas de La Orestiada. ¿Cómo hizo para que el público resistiera? La rapidez del mundo actual, es de una velocidad que nos enlentece. Corremos, vamos  haciendo mil cosas a la vez y en el medio nos suicidamos en el tránsito, comiendo parados la comida rápida que nos engorda y nos provoca infartos, fumando en los cinco minutos que nos da el Estado como un derecho, fuera de nuestros trabajos para no matar al resto de la gente, pero asegurándonos un cáncer futuro ¿Cómo haremos para leer un libro de seiscientas páginas y terminarlo sin suicidarnos antes por el tedio? ¿Cómo vamos a hacer para disfrutarlo, entenderlo, y dialogar con él? Es fácil, compren esos libros resumidos que yo vi en Buenos Aires y que en Uruguay también se venden. O lean los resúmenes de Internet. Ahí será más inmediato todavía. Si se aburren del resumen, cambian de página, o prendan la televisión: a fin de cuentas, la televisión nos resume nuestras vidas. No lea más, Carballo lo espera. 

martes, 14 de junio de 2016

Ella también




Ella no es nadie, o son todas las "ellas" posibles.
Las características principal de ella es que además de poder ser cualquier "ella", algo le ocurre con respecto al otro, pues es ella a la que "también" le ocurre algo. Le ocurre algo con respecto o al yo poético, o con respecto a un/a tercero/a desconocido/a.
No es la única que se cansó del sol. No es la única, porque tal vez el otro sea la propia voz lírica. Ella y yo también, o ella y otras y otros también. 
La luz, las sombras, el arriba y el abajo, ella y los otros, yo (el yo lírico) y ella realizamos distintos actos que se asemejan a lo onírico: "Viene a dormir debajo de las estrellas", o "sube a las hojas y cae hasta el mar /como es que puedo tocarle las manos / Sube a las hojas y cae hasta el mar".

El agua (la lluvia), la luna, el sol y las estrellas conforman un plano de realidad poética que comienza con el cansancio de "este sol al sueño". En el primer verso ella se cansó de este sol y al final "viene a dormir...". 

El yo lírico interviene en un intento de rescate frustrado: "cómo es que puedo tocarle las manos", un rescate consciente dentro de un plano de inconsciencia donde el proceso es que suben las hojas y cae hasta el mar, enfatizándose nuevamente el arriba y el abajo, como lo consciente y lo inconsciente.  Ella también somos nosotros. 
MR.




lunes, 13 de junio de 2016

La educación no se aprende en la casa


Por Matías Rótulo 


El Inmoral pero telectual uruguayo desprende máximas surgidas del discurso televisivo. De hecho voy a desprender algunas máximas obtenidas de la televisión para justificar mi propia columna. 

El telectual e inmoral no escucha a los expertos en algo, no cree en ellos, los desprecia (porque son o somos despreciables, los docentes y periodistas somos los peores). Elige escuchar al hombre o mujer, a los inmorales pero telectuales comunes que son entrevistados en el informativo de la noche. Su discurso no es que no tenga valor por ser de "alguien común". El problema es que el común de esos discursos pierde valor cuando nadie los discute. Si no se discute, el valor es nulo, quedando como una máxima. Pero a la televisión casi no le interesa discutir, sino repetir, porque en la repetición se construye un inmoral pero telectual uruguayo de una manera más efectiva y compradora. 

Últimamente, los padres de mis alumnos, mis alumnos, miembros de mi familia, amigos y una señora que habló ayer de mañana en la televisión, quejándose de un paro de maestros tras una pelea de alumnas y después de sus padres en la puerta de la institución, plantean una nueva máxima pedagógica. Antes de plantear la máxima pedagógica, no se discute el hecho de la pelea, sino que las niñas que se peleaban vieran a sus padres pelear. Recién ahí el problema tomó un tono problemático. Ahora, se dio como natural la pelea de las chicas. 

Vamos con la máxima: es la de "en la escuela aprenden literatura, geografía, biología, y la otra educación, la del respeto a los demás y los valores, está en mi casa". Se cuestiona que los docentes hagan un paro de enseñanza curricular para realizar talleres de reflexión sobre la violencia y respeto.

Alguien que afirme que la Escuela no puede enseñar, además de lo curricular, este tipo de cosas, o no fue a la escuela o no aprendió nada. Cuando el profesor enseña biología requiere orden, respeto, pedir la palabra, tomar decisiones... en fin, algo que es compartido por el ideal de "enseñanza en la casa" de los padres perfectos, inmorales y telectuales. 

La máxima del Inmoral pero telectual es mentira. Un absurdo. Un tontería digna de tontos. ¿Estoy equivocado en decir algo tan grosero sobre el pensamiento ajeno? Sí, porque de hecho en la escuela me hicieron contraponer opiniones, debatirlas y respetarlas pero siempre en un ámbito de debate constructivo para la sociedad que financió mi educación. No. Eso no se aprende en la casa. El debate tolerante, la asociación política, el trabajo en equipo, el respeto por la diferencia del otro, la conformación de un orden político y social se construye desde nuestra más tierna infancia en la escuela. 

¿Desde cuándo un maestro no enseña respeto? Si la educación en respeto se da en la casa, voy a decir de manera absoluta: PADRES URUGUAYOS, SON UN VERDADERO DESASTRE. 

El Inmoral pero telectual que afirma este tipo de máximas construidas de un boca en boca sin fundamento, es el mismo que generalmente se queja de la falta de orden social, de respeto y "valores" (vaya uno a saber qué es un "valor" para el Inmoral telectual).  
En la escuela se aprende a vivir en sociedad, a no llegar tarde, a decir buen día, buenas noches. A ordenarse en el diálogo. También se aprende en su casa. Perdón, el Inmoral pero telectual sabe de primera mano que ni la escuela ni la casa logran esos cometidos, porque el Inmoral pero telectual uruguayo no llega a ser ni moral ni intelectual. 
Afirmar que la educación se aprende en la casa, y no en el centro educativo, es, además de una máxima erronea, una incoherencia absoluta. Si el centro educativo no está para educar, entonces que venda papas fritas. 
Cuando enseño literatura, tengo dos opciones. Enseño la metáfora y listo. O enseño la metáfota y busco una aplicación en la vida corriente para que el estudiante a la larga entienda que tiene otras herramientas para decir lo que piensa. Y al darle estas herramientas le estoy dando la posibilidad de crecer, no en literatura, sino en libertad.