Bandera de Uruguay Año VI. Blog el inaugurado el 15 de diciembre de 2008. Desde Montevideo, República Oriental del Uruguay - 2014.

martes, 22 de abril de 2014

La muñeca de la Plaza de los Bomberos



Cada uno de nosotros lleva atado a la muñeca a un uruguayito invisible, un enano que babea rabia y vomita insultos. Le dirige al otro las tres miradas mefistofélicas hasta acabarlo en el piso de la Plaza de los Bomberos, viendo cómo ese ser ajeno a nuestra importancia se retuerce quemado, imposibilitado de levantarse, de salvarse, porque su enano invisible se lo impide por estar acabado, destrozado a palos por el enano del otro. 

El enano invisible le tranca el paso al usuario del ómnibus y no lo deja avanzar para que otro uruguayo con su enano pueda subir. 

Ese duende vacío no sabe nada del otro, pero lo conoce tan poco que habla con conocimiento de causa de su repugnante estadía por este país lleno de seres que son gigantes de tan pequeños que son. 

No vacila nuestro acompañante esposado a nosotros, en determinarse campeón del mundo sin serlo, en levantarle la mano con la bandera uruguaya a su amo después de algún gol de Mundial. Pero tampoco vacila en sostenerla abajo en el momento de pagar los impuestos. En apretarle el dedo a su Lázaro (porque nosotros somos los esclavos de los enanos) para cambiar el botón del control remoto en vez de arrastrarlo al liceo. 

Ese ser demacrado que veo en el espejo, es de acuerdo al semblante de mi compañero de viaje. Si él disfruta yo disfruto. Pienso que le hizo el amor a cada una de las mujeres con las cuales yo pensé que me acosté en el pasado. Pero él hizo el amor por mí, y yo simplemente me limité a quejarme. Yo simplemente veía con pena y desconcierto cómo ellas se iban sin más, saludándome y excusándose de algo incomprensible. Algo que sus enanas invisibles le decían de mí, en complicidad con mi enano que saca ventaja de cada situación.

Porque nuestro enano árbitro de vida sabe sacar ventaja: se cuela en la fila del supermercado y se queja si la embarazada pasa antes, pues a falta de un enano en la mano, ella lleva a otro en la panza ¿Quién la mandó a seguir el instinto sexual de...? No importa. 

El pequeño ciudadano que no vota pero que introduce su voto cuando yo voto. Espera pasivamente que otros pequeños parientes suyos levanten la mano de otros uruguayos para que decidan y protesten,  cosa de facilitarme el trabajo de no tener que levantar la mía. 

El muñequito de mi mano quiere tener algo de protagonismo, entonces escribe su siniestro perfil en estas líneas. 

Una vez, un amigo iba caminando por la Plaza de los Bomberos y su compañero estaba aburrido. Le sacó del bolsillo trasero cuarenta pesos y lo tiró al piso. Atrás, una muchacha que llevaba en su muñeca a su muñeca transparente corrió hasta él (mi amigo) y le tocó el hombro. Creo que la bella muñequita fue retada por su compañera porque su rostro se iluminó de sangre. El pequeño de mi amigo se rió de la muñeca menor y de la honestidad de la más grande. 

La muñeca de la Plaza de los Bomberos se perdió entre la gente. Mi amigo también. Ambos se llevaron a sus pequeños guías a cuestas. 

El uruguayo promedio no se enamora. La uruguaya promedio no se enamora. Ambos cuentan los pasos que hay entre el pequeño diablo y la otra persona para alejarse ante la primera posibilidad de declararle "amor" al otro. Porque el amor es de débiles, y el uruguayo siempre tiene la fuerza de su compañero o compañera en la muñeca.

Tampoco odian, simplemente se dejan guiar. Somos cuerpos desnudos apilados, derritiéndose al sol mientras el hedor atrae a los perros, conmueve a las vecinas, y hace temblar las cuerdas de la guitarra de Viglietti. 

Viglietti también tiene un enano invisible amarrado al pulso de su camisa. Tenía uno Chopin, y otro Spinetta. Todos cantan, tararean: "a desalambrar, a desalambrar" le dijo el amargado guía de Viglietti a Viglietti entre las lágrimas que dejaba, lágrimas con las que Viglietti resbalaba hacía un vacío espeso. 

La muchacha de la Plaza de los Bomberos no obedeció a su muñeca, y su muñeca llegó a estirarse para devolverle el dinero a mi amigo. Mi amigo le dijo "gracias, me salvaste porque era lo único que tenía". De inmediato mi amigo sintió un tirón de parte de su señorito jorobado que lo miró vanidoso con un aire afeminado algo sensual y sudoroso: "preguntale el nombre, su teléfono". Porque los uruguayos somos impulsados hacía las mujeres por nuestro pequeño cortejador, como si todo fuera tan fácil, como si cortejar significara un acto normal en el ritual del apareamiento que implica incomodar a la dama, cosa de arruinar el momento de la primera impresión. Claro, el que corteja no es el diminuto testigo de nuestros fracasos, sino que somos nosotros, somos los que fracasamos. 

El uruguayo sabe de todo porque quien nos apoya en el saber no sabe nada. Hablamos de fútbol y política, de religión y de radio, de destornilladores y mutiladores, de fábricas y uvas, de gelatina y antinomias, de Chaplín y Bordaberry. El enano nos sopla en el oído como en aquel examen que nos determinó el título universitario. Por eso sabemos de todo. 

Nuestro enano mira televisión y nos hace repetir. Bajemos la edad dice un enorme enano y yo lo creo. Liberen tal droga dice otro pequeño gigante, y yo lo creo. Vótenme dice con una mirada amiga el más gigante de los gigantes, y mi enano se queda helado de miedo: es ahí el único momento en que lo veo vulnerable. 

Nuestro enano es riverista, batllista, comunista, saravista, pachequista, socialista, independiente, judío, mormón ateo, impoluto y pecador. Es todo eso junto. Juega al balero mientras estamos en una entrevista de trabajo, y come pan mientras pasamos entre los pobres. Viste bien con trajes de alta costura, se siente pleno con su peinado a lo Gardés, se perfuma con amoniaco berreta que pasó de contrabando desde el Chuy de vivo que es, habla en lunfardo carcelero con un estilo pordiosero, de la más alta elite aristócrata esteña hacendada, miembro de las familias más orientales del terruño laico. 

La muchacha de la Plaza de los Bomberos se perdió entre la gente, y ahora yo le hablo de ella: soy yo quien escribe, el compañero de viaje de Matías. Mirá para abajo, mire para abajo lector, quien lo obliga a leer es ese pequeño uruguayito que ahora mismo va a hacer que critique lo que acaba de leer. Observe a su compañero, bésele la frente, límpiese la baba pegajosa que le quedará en los labios y se los resecará para siempre, al punto de impedirle sonreír.
Usted es un idiota porque piensa que la muchacha es honesta: simplemente fue mal asesorada por una muñequita linda, pelirroja, que seguro esconde algo... 



Por Matías Rótulo 
Inspirado (en parte) en una canción de León Gieco llamada "El argentinito"

domingo, 20 de abril de 2014

De haber entrevistado a García Márquez



Por Matías Rótulo


No tendría nada para preguntarle a Gabriel García Márquez. Soy un pésimo periodista. Sin estilo, desprolijo, desencantado, sin ninguna idea genial que sea traducida a una pregunta para el mismísimo Gabriel García Márquez.

Simplemente le pediría que me hablara de Sófocles, Aristófanes y la sensación que le provocó ver su primer artículo periodístico publicado en un diario. En realidad quisiera escucharlo decir algo sobre Dostoievski y su obra. Cosas insignificantes para el público lector de la entrevista. Cuestiones que me interesan a mí y sólo a mí. Cualquier editor de diario me gritaría por mi inoperante charla, rompería mi artículo en pedazos, la redacción se llenaría de ese silencio que rodea a las redacciones de los diarios cuando un jefe le grita a su escriba por algún error imperdonable, por haber tirado a la basura una entrevista a Gabo. 

Gabriel García Márquez, al terminar la entrevista, pensaría que soy un idiota por desaprovechar la oportunidad que tuve de entrevistarlo. De perderme en oírlo hablar de literatura cuando él sabe bien que lo que importa es otra cosa: su pelea con Vargas Llosa, su salud, su esposa, Aracataca...

Le contaría sobre mi sensación de leer Crónica de una muerte anunciada saliendo de Cardona (Soriano) en un ómnibus después de pasar con mi abuelo una temporada. Tenía como quince años y leí ese libro asociando Cardona con aquel pueblo donde un hombre fue asesinado. No le importaría a Gabriel, y mucho menos al público.  

De haber entrevistado a García Márquez le preguntaría su opinión sobre Bukowski, Bolaño, y Gabriela Mistral. Quisiera que me hablara mal de la chilena, bien de su compatriota y que defendiera la borrachera del borracho. Otra vez García Márquez se diría que soy un enfermo. 

Le preguntaría si estuvo arrepentido de algo de lo que escribió (eso se lo preguntó otro periodista). García Márquez me tendría lástima por desaprovechar la oportunidad de preguntarle algo original, nuevo. 

Le pediría que me firmara La hojarasca. Le contaría que una vez escribí un artículo en Voces comparando La hojarasca con Mamita Yunai. Pensará que soy un egocéntrico, se preguntará qué carajo es Voces y estaría deseando terminar el encuentro.

De haber entrevistado a Gabriel García Márquez el cassette giraría una media hora. No mucho más. Yo estaría pensando durante el reportaje en las dos páginas del diario que me darían, y que de hablar más de eso tendría que recortar su discurso. ¿Quién se anima a recortar el discurso del gran Gabriel García Márquez? 

De haber entrevistado a Gabriel García Márquez no hubiera escrito esto. 

De haber entrevistado a Gabriel García Márquez publicaría de nuevo la entrevista en este blog, la foto que me saqué con él, el escaneado del autógrafo en La hojarasca, y contaría la anécdota del encuentro. No reconocería lo mal periodista que soy. 

De haber entrevistado a Gabriel García Márquez hubiera escrito este mismo artículo pero con Vargas Llosa, una vez que Vargas Llosa muera y si no lo hubiera podido entrevistar, como no lo hice con García Márquez. Todavía tengo alguna remota posibilidad de entrevistar a Mario Vargas Llosa y preguntarle qué opina de Dostoievski, Nabokov, y Benedetti. Vargas Llosa me miraría como sorprendido por perder la gran oportunidad de hablar sobre su pelea con Gabriel García Márquez, de interrogarle sobre el recientemente fallecido colombiano, de hablar del mismo premio que ganó al igual que Gabriel García Márquez varios años antes...
De entrevistar a Mario Vargas Llosa le pediría que me firme Pantaleón y las visitadoras libro que tengo prometido regalar a una compañera, pero que de firmármelo Vargas Llosa no se lo pienso regalar. 
De entrevistar a Mario Vargas Llosa me olvidaría de mi anhelo por entrevistar a Gabriel García Márquez, algo que quedará en el olvido del anhelo, pues ahora tengo a Mario Vargas Llosa frente al grabador. 
Mi interés cambiaría, tal como cambió el interés que tenía al escribir esto que escribo a dos días de la muerte de García. Ese interés era como de una especie de homenaje, pero ahora tomó partido por Vargas Llosa, que está vivo y me interesa más. Sé que traiciono a Gabo, pues Vargas Llosa es su enemigo (era). La vida cambia muy rápido. Con Gabriel García Márquez me queda la pena del pasado por no entrevistarlo. Con Mario Vargas Llosa tengo la esperanza, el futuro, aunque el futuro no es muy largo. 

De no entrevistar a Mario Vargas Llosa y de morir él terminaré escribiendo sobre mi deseo de haberlo entrevistado, pero el final del artículo sería sobre mi anhelo de entrevistar a Eduardo Galeano (por eso pongo su foto). 




Paul McCartney en el oído uruguayo


Tras su visita, de alguna u otra manera buena parte de los uruguayos pudieron escuchar al músico, conmoverse, pero también seguir a una multitud que se volcó en masa a comprar discos, entradas y mercadería.


Por Matías Rótulo (Publicado el 21/2012 en La República) 
Como en la mayoría de los asuntos que conciernen a la sociedad uruguaya, la llegada de McCartney generó más de una polémica. La división estuvo entre los que se enojaron por el aparato de marketing que llevó (con todo derecho) a quienes apenas reconocían en el artista su paso por The Beatles, y a los seguidores de principio a fin de la carrera de McCartney. El recital dejó un registro sonoro en el oído de los uruguayos, que se transmitirá con el archivo audiovisual, pero también desde la historia oral.
Alguien le va a contar a alguien menor de edad que vio a Paul en el Estadio Centenario. Los diarios, radios, televisión e Internet dejarán un registro futuro. Miles de celulares se encendieron y las luces parecían estrellas sobrevolando las tribunas y cancha del Estadio Centenario: había que grabar ese momento en la clandestinidad ya que la prohibición previa fue contundente: “Prohibido tomar imágenes”.
En tiempos en los que la imagen tiene tanto protagonismo que le gana a la imaginación, el recuerdo no es recuerdo si no está filmado.
Como la llegada de Louis Amstrong en los estudios de Radio Carve y Canal 10 hace varias décadas, o el paso de Einstein y su charla con Vaz Ferreira, inmortalizada hoy en un monumento en la Plaza de los 33 del centro de la ciudad, con ambos personajes sentados en un banco, también quedarán recuerdos sonoros en los oídos mortales de quienes estuvieron allí, pero historias que se repetirán transformándose cada vez que se cuenten.
La historia y los sentidos se retroalimentan, más cuando se trata de música. A partir de ahora, los oídos de aquellos privilegiados que escucharon a Paul en directo, solo con la intermediación del micrófono y el audio del recital, tendrán una historia para contar, diferente a la de aquellos que lo pudieron ver en el Estadio. Sin dudas, quienes estuvieron más adelante, pagando las entradas más caras relatarán desde su perspectiva sus propias impresiones. Otros, unos diez mil contarán que fueron testigos del recital desde la Intendencia, donde diez mil personas disfrutaron (así lo dicen algunos testigos de ese momento), de la última hora del recital en la pantalla del IMPO. Todos dirán ya clásico “yo estuve ahí”, con la impronta del “yo” individualista también impuesto en la actual posmodernidad.
En los tiempos actuales, el sentido de la vista parece ganarle la batalla a los demás sentidos. A un músico hay que escucharlo, aunque toda la estructura del show bien merecía la pena tener la vista preparada para deslumbrarse con la luz y el colorido del escenario.
Dos torres y la zona de control al medio de la cancha impidieron que muchos espectadores vieran con comodidad el espectáculo.
Para otros, como las miles de personas que rodearon el Estadio, si bien querían verlo, se conformaron con escucharlo cantar. A las afuera de la Tribuna Olímpica se conformó un espacio de concentración con un sonido que impecablemente se colaba desde adentro del Estadio. Las personas que allí esperaban tenían sillas playeras, o simplemente se quedaron en el cordón de la vereda escuchando y algunos hasta bailando.
Paul sigue entre nosotros a pesar de haberse ido. Su música sigue resonando. ¿Qué nos puede extrañar si ha perdurado medio siglo? Y seguirá sonando.


Cuando Dostoievski escribió sobre Paul


El fenómeno social por la llegada de Paul contado en 1849.

El ruso Fiodor M. Dostoievski (1821 – 1881) publicó en 1849 una novela llamada Netochka, obra de un músico frustrado que consideraba que tenía un talento infinito pero muy poco valorado. Allí menciona un episodio, un fenómeno ocurrido en la sociedad de San Petersburgo cuyo parecido con la realidad montevideana actual no es mera coincidencia.


Por Matías Rótulo (Publicado el 14/4/12 en La República)
Obviamente Dostoievski no escribió sobre nuestro visitante ilustre sir Paul. Murió varias décadas antes que The Beatles se hicieran conocidos. Pero en una de sus obras, el ruso describió la llegada de un músico a San Petersburgo. La novela (en realidad es una novela corta) se llama “Netochka” y cuenta la historia de la hijastra de Éfimov, el músico fracasado y volcado al alcohol que al enterarse de la llegada de Shumann se angustió ante la imposibilidad de no llegar a verlo por no poder pagar la entrada, o quedarse sin ella.
En el capítulo XI de la novela, el narrador explica que “un extraordinario acontecimiento vino a agitar la capital. Se anunció la llegada a San Petersburgo del célebre Schumann”. El músico alemán romántico, nacido en 1810, al momento de la publicación de Netochka seis antes de su muerte, gozaba de una enorme popularidad. Era, trayéndolo a los tiempos actuales, un Paul McCartney del siglo XIX.
¿Qué sucedió cuando se anunció la llegada de MaCartney a Uruguay? “Todo lo que vivía alrededor de la música se puso en movimiento”. Eso fue exactamente lo que dijo el narrador en la novela de Dostoievski. Esas mismas palabras. La televisión, la radio e Internet en la actualidad así como los diarios de San Petersburgo del siglo XIX y de Montevideo del siglo XXI no hablaban de otra cosa.
La conmoción fue total. En la obra de Dostoievski se cuenta que “cantantes, actores, poetas, pintores, melómanos y hasta aquellos que modestamente declaraban no entender nada de música, se precipitaban a tomar sus localidades”. ¿Lo habrá dicho el narrador de la novela o será un comentario de alguien en algún medio de comunicación actual? Sin dudas, las palabras antes citadas están en el inicio mismo del capítulo XI de Netochka.
Así como en el Estadio Centenario, enorme, casi bicentenario e histórico “la sala donde el genio había de celebrar sus audiciones no era bastante para contener ni la décima parte de los entusiastas que poseían medios suficientes para pagar veinticinco rublos por entradas”. En esa época, “veinticinco rublos” estaba a la altura de buena parte de la riqueza de un comerciante bastante adinerado. Como para pagar hoy los casi 15 mil pesos de la zona “VIP” más cara.
Paul McCartney al igual que en 1849 Robert Shumann goza de “la fama… en toda Europa, su vejez cubierta de laureles, la frescura de su talento, y de su virtuosismo siempre jóvenes, el reducido número de conciertos que anunciaba y la certeza de no volverlo a ver ni a escucharlo pasada aquella sesión, habían producido el natural efecto: la expectación era inmensa y general”. Así lo describía Dostoievski, y McCartney cuenta con una fama que trasciende su Europa natal, una vejez cubierta de laureles (tanto de sir como el intento de declararlo ciudadano ilustre de Montevideo), la frescura de su innegable talento, y un virtuosismo siempre joven en todo de rock and roll.

Dostoievski no escribió sobre Paul, pero estuvo muy cerca, adelantándose a un presente que demuestra que las sociedades son muy parecidas ante la oferta y la demanda, en la Rusia de 1849, y en el Uruguay de 2012 también.


Afiche-Literaturas-Infernales-FINAL

domingo, 13 de abril de 2014

Boliches, el corazón del barrio

ESA CAJA BOBA QUE NOS TRATA COMO IDIOTAS






¿El boliche es el corazón del barrio? También lo es la escuela, la iglesia, (la sinagoga en algunos barrios), el club político, el club social, la plaza… El corazón del barrio se muda de acuerdo a la zona y la persona. Para mi Tía Yeya el corazón del barrio es el baile de Palmitas con canilla libre del único perfume francés del pueblo. Para los parroquianos del Bar El Hacha el corazón del barrio es el Bar El Hacha y para los de Fun Fun es Fun Fun.

Por Matías Rótulo (Publicado el 10/4/14 en Voces) 

Marcelo Fernández conduce “Boliches” (viernes a las 23:00 horas por Canal10). Los periodistas deportivos van a mundiales, Julio Alonso viaja por el mundo, Sergio Gorzy se convierte en Presidente del Comité Israelita ¿Y qué hace Marcelo? Se va de copas.
Por fin el veterano encopado que te dice lo mismo que Larrañaga pero con más convicción, o el muchacho que apenado se apoya en la barra como Constanza el día después de las internas, tienen un lugar en nuestra televisión.

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