sábado, 25 de abril de 2015

Campos de exterminio & Maracaná: vergüenza y orgullo



Por Matías Rótulo (publicado el 1/11/2012 en el Semanario Voces)


Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal”
Primo Levi
La entrada al Campo de Auschwitz
El orgullo de unos, la vergüenza de otros. Tengo 31 años y soy un uruguayo que nació sabiendo que (en realidad me convencieron después) vivía en un país “culto”, con algo que se llama “garra charrúa”, en una pequeña nación que fue alguna vez la “Suiza de América”. Un país “solidario”, sin esclavos, catástrofes naturales, y en Democracia (nací en dictadura, pero mis primeros recuerdos son las cejas de Sanguinetti yéndose de viaje a cada rato). Teniá que estar orgulloso de MI PAÍS y de la Hazaña de Maracaná. Después comencé a conocer los detalles siniestros: las desapariciones, las matanzas, las guerras, la pobreza, la corrupción, hechos que no escaparon a la historia de esta patria.

¿Qué hacía la sociedad de mi país en los primeros años de 1940? ¿Qué hacía la sociedad alemana y la de buena parte de Europa mientras morían millones de personas en los campos de concentración?

A los 31 años me encontré con la Trilogía de Auschwitz (Océano 2005) de Primo Levi (1919-1987). Una lectura sencilla (aunque cruda), sin ambiciones estéticas, pero sí con las ansias lógicas de toda literatura de crónica, de supervivencia, de testimonio del horror: una lectura sin abusos de poder por parte del narrador, construido por un ser privilegiado (vivir es a veces un privilegio): un sobreviviente.

Una literatura concentrada en la memoria, y construida desde lo más bajo de la tortura, del dolor humano, el dolor de quienes cometieron aquellos delitos (me resisto a creer que no sufrían y que no sufrieron lo que hicieron) y de quienes lo padecieron. El dolor del recuerdo, el dolor del hecho recordado y por recordado masticado una y mil veces, reconstruido una y otra vez para que no quede en el olvido como un escupitajo en la cara.

La Trilogía... (vale la presentación para quienes no la conocen) tiene como primer libro “Si esto es un hombre” de 1947 que se centra en la vida en uno de los campos de concentración Nazis. Aplastados, humillados, ofendidos, fueron transformados en animales. Levi detalla el problema de las lenguas inentendibles, de hombres de todas las naciones europeas, murmurando dolor al mismo tiempo 8yo las imagino como ladridos), el ser despojados de nombres para tener un número en el brazo (como a las vacas), donde la supervivencia obligó a algunas de las víctimas a realizar tareas pensadas para la misma degradación humana: por ejemplo el recibimiento de las demás víctimas, que llegaban a los campos de concentración con música de fondo tocada por los mismos presos antes de las cámaras de gas. Llegaban tras ser trasladados como ganados en trenes cerrados, helados, por varios días, sin comida, agua y baño. En las cámaras de gas, los propios expulsados del mundo civilizado, los presos más antiguos, le pedías a los que iban a morir que se desnudaran, que dejaran sus cosas, les decían que se iban a bañar para sacarse los piojos, y en realidad iban a morir todos juntos, hombres, mujeres y niños desnudos. Después, meses o semanas después, esos mismos condenados al trabajo sucio iban a ser también asesinados. Luego del gas sacaban los cuerpos y los metían en los hornos. “¿Se puede acusar a aquellos que lo hicieron para sobrevivir unos días más?” se pregunta el narrador.

El segundo de la trilogía es “La Tregua” (1963) libro que muestra la otra tortura, la de la libertad. Si antes, ser degradados era humillante, ahora estar lejos de casa, libres tras la irrupción de la Unión Soviética, y con una cantidad de fatalidades, errores y alejamientos innecesarios era también doloroso. La única diferencia es que antes no había futuro posible (como en el infierno de Dante), salvo la muerte sergura. Después, con la ayuda del Ejército Rojo hubo un futuro posible (como en el purgatorio de Dante), un futuro llamado: la vuelta a casa.

El último libro es “Los Hundidos y los Salvados” (1986) donde Levi analiza las formas de la tortura. Ahí, el lector empieza a cuestionarse, ya no los hechos, sino la mirada crítica de uno de los protagonistas.

Nosotros, los salvados

Primo Levi
Le comenté a una amiga judía –atea- casi de mi misma edad que estaba leyendo el libro. Le transmití algunas impresiones. Su familia no escapó de los Campos. Le pregunté ¿cómo se verá todo este tema en la Alemania de hoy, por parte de hombres y mujeres de nuestra edad? Ella me dijo que hay una mirada diferente, que cuestiona lo sucedido, pero la gran pregunta que parece atravesar la historia desde aquellos años, pregunta que también se hace Primo Levi y la seguimos haciendo nosotros ¿Cómo actuaron las familias de esos jóvenes de 30 años? Levi intenta una respuesta: la del miedo traducido en “no veo, no oigo, no digo”, y la del convencimiento a partir de la seducción de Hitler y su propuesta donde el judío era la raza invasora y que atentaba contra el hombre.



Me cuestiono yo también ¿qué hacía mi familia en esos años? ¿y en la Dictadura uruguaya? ¿qué hacía el resto de la sociedad de este país?

Un historiador me dijo un día: “como sociedad estamos de acuerdo en sentirnos orgullosos de Maracaná, pensamos que es un hecho social, pero ¿qué pasa cuando vemos que la sociedad de 1830 no quería a los Charrúas?” En aquellos años de fascismo y nazismo (se terminó Hitler pero quedaron sus ideas y varios de sus seguidores) fue la época del orgullo de Maracaná. ¿No debemos festejarlo por lo que les pasó a los exterminados? ¿Qué recordamos o qué olvidamos como sociedad? Si nos sentimos orgullosos como sociedad (la sociedad no ganó Maracaná ni quedó cuarta en el Mundial de Sudáfrica), ¿cómo se sentirá un joven de 30 años al pensar en su sociedad en 1940?

No hay respuesta salvo la de cada uno de nosotros. Sí me gustaría reunirme con jóvenes alemanes y preguntarles. No para acusarlos, sino para saberlo. Mi orgullo no es Maracaná, mi vergüenza es por Auschwitz.