miércoles, 8 de junio de 2016

¿Por uno paramos?

Por Matías Rótulo


"Por uno que le pega a un profesor se deja a todos los estudiantes sin clases", me dijo un amigo muy crítico al sindicato "ultra, y reaccionario", tal como él lo define. Se trata del sindicato al cual pertenezco como afiliado, militante y del cual participo activamente: ADES - Montevideo. 

Le pregunté a mi amigo qué hubiera hecho él. Me contestó que hay otras acciones a realizar. Le pregunté cuáles. Le prometí anotarlas y llevarlas como propuesta a la Asamblea. Me respondió que no sabía qué proponer. 

Le consulté cuál era la cifra de profesores agredidos por estudiantes adecuada para hacer paro. Me dijo que no sabía. Y de paso les solicité que me dijera cuáles eran los tipos de agresión que calificarían como correctas para efectuar un paro. Tampoco me respondió.
"Por uno dejan afuera de los liceos a 220.000 estudiantes", repitió como condena se supone el número de la injusticia. 

Fue así que me puse a pensar en si estaba bien o mal parar en todo el país por el caso de un docente agredido por un estudiante. 

Recordé la historia de una tribu nigeriana de la cual me contó Abel, un investigador argentino de antropología social. La tribu tenía unos 120 miembros y hacían juegos de lluvia. Cuando llovía, como celebración, se establecían guerras de cañas. El juego consistía en batallas campales donde cada uno se podía golpear solamente en las piernas con cierta suavidad. Pero siempre había alguien que se equivocaba y pegaba en otras partes del cuerpo o más fuerte de lo permitido. Cuando eso ocurría, el jefe de la tribu paraba los juegos y tanto el golpeador como el golpeado pedían disculpas. El golpeador las pedía por equivocarse y el golpeado por ser parte de una tribu que no había educado lo suficientemente bien a quien se equivocó. Todos en la tribu asumían que el error de aquel fue responsabilidad de todos o que había un problema en la comunidad que no fue detectado a tiempo por los integrantes de la misma. 
Pero el líder de la tribu era el que más disculpas pedía, excluyéndose por un tiempo y privándose de todo privilegio. 

Me pregunto si cuando un estudiante agrede a un docente es un tema que solamente involucra a ellos dos. ¿Qué culpa tiene el estudiante de Bella Unión? Esa pregunta la escuché hoy en una radio. Es como si Bella Unión formara parte de otro mundo distinto a ese que vimos en Montevideo. ¿O será que en esa pregunta, de fondo, se opta por entender a Bella Unión como un otro mundo? Claro, que de plantear como válida que no tienen la culpa de nada, también estamos olvidando la pobreza y la exclusión de los uruguayos del norte, a veces más profunda que la de la capital. 

No es un estudiante que agrede a un docente. El agresor es una persona que forma parte de un colectivo que históricamente viene siendo discriminado, desprotegido, empobrecido, vulnerado... agredido y que en consecuencia agrede. Esos son los adolescentes uruguayos en su gran mayoría. Los de Bella Unión y los de la parte olvidada de la Ciudad Vieja, Cerro o Marconi. Los de los asentamientos de Salto y los del asentamiento de Maldonado. 

Entonces, no fue un estudiante el agresor. La agresión surge de la historia más triste de la sociedad uruguaya. La estirpe que arrastra décadas y décadas de abandono. Un adolescente que padece la más anquilosada de las violencias sociales.


El docente agredido no es un sólo docente. Él o ella somos todos aquellos... Somos todos nosotros. 
Los radicales que vamos a la raíz del asunto. Acusados de radicales por ser ultras. 
Somos nosotros, los ultras (no ultra izquierdistas, ultras así como suena). Ultras por tomar decisiones de paro, una medida sin lugar a dudas fuerte y ultra movilizadora/movilizante por ser reaccionaria. 
Somos así los reaccionarios, los que reaccionamos frente a nuestras propias desgracias. 

Mi amigo me repitió algo que se dice en los medios (los periodistas como yo, saben mucho de sindicatos, pero no mueven un pelo por su sindicato, la Asociación de la Prensa Uruguaya que critican desde lo más inquieto de su no participación): "esto lo deciden tres o cuatro". La medida de paro es una medida tomada porque en Asamblea se decidió como herramienta de respuesta cuando alguien golpea a un docente. Cuando la autoridades o alguien discute sobre la legitimidad de la medida de paro ante un caso de violencia se desvía el debate. El debate no está en el paro, está en la violencia. El paro o cualquier medida de lucha tienen que estar en la agenda del debate del sindicato, pero debatido exclusivamente por la interna del sindicato, sus afiliados y por el movimiento sindical en su conjunto. 
Corrijo, la medida se toma cada vez que el colectivo docente experimenta la violencia de la cuál somos potencialmente víctima todos, de mano de estudiantes que por su historia de vida y sociedad que los desplaza, son potencialmente agresores dada la discriminación de la cual son parte y todo, como herencia de la pobreza y exclusión que más allá de los festejos de los últimos tres lustros, no se ha superado. 

Negar la posibilidad de reclamar por "un sólo caso" es negar que -según ADES - Montevideo-, en todo el departamento hubo otros casos no tan notorios. Es -entonces- negar la violencia y atribuirle a este y los demás casos la tipología de "hechos aislados" cuando la violencia no está aislada, se presenta como instalada cómodamente en muchos liceos. 

No todos los docentes somos agredidos en lo personal. No todos los adolescentes son agresores. 
Si miramos este hecho como algo aislado, pensando que es un caso que no involucra al resto, es ignorar que nuestra sociedad es  una sociedad. No ver desde nosotros, cómo somos nosotros, es seguir jugando bajo la lluvia a darnos palos en los pies. 

Quizás es más cómodo pensarlo como un hecho aislado. Porque aislarlo está en nuestra esencia de sociedad, mirando los problemas de lejos, u ocultándolos en Bella Unión, o lejos del epicentro comercial de una Montevideo cada vez más poblada en las zonas pobres. 

¿Paramos por uno? No, paramos por todos.