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EducaSIón: Presupuesto para la enseñanza

 



La Rendición de cuentas vendrá con “gasto cero”, mientras el Producto Bruto Interno (PBI) está clavado en el 4,8%. Se esfuma la posibilidad de llegar al 6%, y la inversión en educación parece ser la utopía del discurso victorioso y panfletario de todos los candidatos a gobernar el país. Después, en los hechos, quedamos con ganas de más. 


Por Matías Rótulo
Publicado en Voces, 4 de junio de 2026. 

Si hay algo que sobrevive a cada uno de los gobiernos, a cada crisis económica, a los vientos de cola, a las compras de motos, a las camionetas rebajadas, a los pasaportes a narcos, a los ajustes de cuentas, a las tarjetas corporativas mal usadas, al cierre de bancos, a la aftosa y a los mundiales de fútbol, es el reclamo por más presupuesto para la educación. Todos lo visualizamos y está ahí, como el éter frío en la mano, que se huele mientras se evapora alrededor del discurso de cada candidato a presidente. Esta Rendición de Cuentas viene con “gasto cero” en todo lo que el Estado necesita -justamente- no tener “gasto cero”.

Los sindicatos de la enseñanza no denuncian problemas salariales, pero advierten sobre edificios deteriorados, falta de personal en áreas esenciales y problemas sociales de profundidad histórica.

Lo ilógico de todo esto es que el discurso sobre la importancia que tienen la enseñanza y la investigación para el desarrollo del país es universalmente aceptado, respaldado y reiterado por todo el espectro político.

También es ilógico que cada Poder Ejecutivo no respalde el gasto propuesto por la ANEP, negándole los recursos necesarios. Tampoco apoya los presupuestos de la Universidad de la República (Udelar) y de la Universidad Tecnológica (UTEC), bastiones del desarrollo en investigación. Pero, en el caso de la ANEP, sus autoridades son elegidas por el presidente de la República con venia parlamentaria, y son esos mismos gobernantes quienes luego no las respaldan con el presupuesto. ¿Tan atadas al sillón están y estuvieron las autoridades políticas de la ANEP que, sin respaldo, se quedan ahí administrando un ente que no cubre con su presupuesto todas las necesidades? ¿Cuándo habrá alguna autoridad de la ANEP que dé un portazo de dignidad en nombre de la educación?


Una historia repetida


Desde el año 2005, la discusión sobre el presupuesto educativo ha sido uno de los grandes rituales de la vida política en cada año electoral. Cuando llega la época de la Rendición de Cuentas, nos despertamos con anuncios que tiran abajo las esperanzas de campaña. Mientras las autoridades educativas explican qué se hizo dentro de las restricciones fiscales, los sindicatos denuncian que los recursos son insuficientes y, por ende, se aproximan temporadas de conflictividad.

Siempre hay un conjunto de buenos samaritanos llamados legisladores que les sacan recursos a otros entes y ministerios para cubrir los faltantes que el gobierno deja.

La oposición (sea la que sea), antes gobierno, se mete en el debate por el presupuesto que ella misma no le dio a la educación cuando le tocó gobernar. Es ahí donde el famoso y etéreo 6% + 1 vuelve a esfumarse, dejando un olor a nada. Entre 2005 y 2018, el gasto público en educación creció de manera significativa. Aumentó el salario docente, se construyeron centros educativos y se ampliaron programas sociales vinculados a la educación. Se expandió la matrícula universitaria, posibilitando que los más pobres pudieran acceder a estudios terciarios y convirtiéndose en la primera generación de sus familias en hacerlo. En 2006 se superó la primera meta presupuestal medida en PBI, que era del 3%, y se llegó al 3,2%. En 2010, el gasto educativo se ubicó en el 4,1% del PBI y, en 2015, en el 4,8%. Allí se mantuvo hasta ahora, cuando, en los últimos dos períodos de gobierno (este y el anterior), la aguja no se mueve.

Cuando nos ponemos filosóficos, empiezan (los gobernantes) a llamar “inversión” y no “gasto” al dinero destinado a la educación, señalando que, en realidad, estamos apostando a algo a largo plazo. Entonces, si el “gasto” es “cero”, primero tomamos a la educación como un “gasto” que, además, no merece el más mínimo esfuerzo de un Estado que viene reclamando a gritos -no solamente desde los sindicatos, sino desde el propio espectro político y social- una inversión en serio para contribuir a la educación, la socialización, la investigación, la formación docente y el fortalecimiento de todas las instituciones.


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