viernes, 23 de agosto de 2013

Rosencof en diez minutos

PAPELES SALVAJES

Mauricio Rosencof es el autor de Diez minutos (Alfaguara, 2013).  Es una de esa novela de Rosencof, de esas que se ha empeñado a hacer en los últimos tiempos, donde el yo interior se impone a las situaciones exteriores pero que a la vez lo de adentro se sujeta con lo de afuera. Diez minutos cuenta cómo el tiempo, la medida del tiempo, es un hecho torturantemente humano. Son 133 páginas con letra grande: un dato importante para entender que el libro se lee rápido, pero se debe pensar un poco más allá de la lectura.

Por Matías Rótulo (publicado el 12/09/13 en Voces)

Un padre visita a su hijo en la cárcel. La visita dura diez minutos. Eso es lo establecido a priori por los guardias. Se condena la visita a morir en ese tiempo desde el momento mismo del nacimiento del hecho. Para el personaje visitado, esos diez minutos parecen una eternidad demasiado corta. Además de estar preso, el hombre recuerda y el recuerdo extiende el pensamiento más allá del tiempo presente. Pero de tiempo es la historia, y el padre no reconoce a su hijo porque el tiempo pasa. El tiempo pasa y el hijo no logra que su padre lo reconozca… porque el tiempo pasa. Y los diez minutos son la anécdota del tiempo lineal del momento de la visita, pero en esos diez minutos transcurre los pensamientos del hombre preso, atravesando toda su vida.

Una eternidad
¿Cuál sería el castigo dantesco para quien en vida no amara y respetara a Chronos? La pregunta se plantea en el hipotético caso de que Chronos formara pararte de la mitología y construcción cultural de Dante y su tiempo. El contrapasso (el castigo equivalente en el Infierno al pecado cometido en vida) tal vez sería lo que el personaje principal del libro de Rosencof vive de manera perpetua: sus ansias por ser recordado por su padre, su desesperante anhelo de poder percibir las agujas del reloj en la muñeca de su creador, que le permitan descubrir las horas que pasan a escondidas de él, el tiempo que no se le permite ver.
El preso –este preso-, está en esta situación por desafiar al tiempo, entendiéndose este desafío como la lucha revolucionaria por un mundo mejor. ¿No es acaso luchar por la revolución, una lucha de un tiempo presente ante un pasado estancado en el ahora (en el ahora del tiempo del inicio de la revolución), pensando en un futuro que se construya para ser nuevamente destruido? La obra de Rosencof, que últimamente se ha dedicado a superponer planos (basta con apreciar que en su anterior novela El enviado del fuego el plano de la narración se alternaba con el plano del pensamiento, y ambos entre la instancia de la irrealidad y  la locura), interpone tiempos sobre tiempos para hacer una obra cuyo comentario facilista sería el de decir: “qué rápido se lee”. Es cierto, con dos horas de lectura alcanza para completar el libro aunque a veces cueste detenerse para no perder lo que esperamos: un orden lógico. ¿Pero alcanza con eso? La superposición de planos temporales y de pensamiento incluye saltos al pasado y al presente desde la narración primaria (aquella que el lector lee del narrador). Pero a su vez, los tiempos corren y se detienen en puntos exactos aunque difusos, tratándose de un sentir que parte del pensamiento y de la memoria siempre inexacta (de ahí que la lectura en dos horas se vuelva ardua, tratando de perseguir un encadenamiento lógico pero imposible cando se trata de un monólogo interior).
La negación del padre al hijo atañe a negaciones históricas y culturales que involucran a padres negados por hijos, a hijos negados por padres, todos atrapados en las desgracias de su tiempo (¿de hecho Cronos no derrotó a su padre?: Edipo Rey negado, Jesús negado, El Quijote negado, pero a la vez todos ellos negando: la realidad el primero, la culpabilidad el segundo, su locura el tercero.

Ahora
Rosencof mantiene como autor aquello que el tiempo (en un momento de su tiempo personal) le privó tener: la esperanza. Un condenado conoce su destino: la libertad, la perpetuidad o la muerte. Un condenado a muerte –dice Dostoievski- por lo menos sabe de su destino, y sueña (se le permite soñar) con un perdón. El que cumple cadena perpetua, además del sueño del perdón sabe de la seguridad de la vida (finita de todas formas) que  no tiene el condenado a muerte. El condenado con futura libertad añora esa libertad con una angustia de futuro. Pero las dictaduras de las cuales fue víctima el autor y que se reflejan en la obra, dejaron sin esperanzas a los presos políticos, pues el antecedente directo y próximo fueron los mecanismos nazis de exterminación: el horror traducido en la más inhumana desesperanza. Estos mecanismos fueron adaptados a la realidad local que para algunos concluyó en la muerte o desaparición. Todo esto –y vaya si el tiempo tiene que ver- se traduce en una discusión actual sobre la memoria histórica que en pocas palabras es olvidar el tiempo pasado para vivir un nuevo presente, o no olvidar el pasado para no construir un futuro igual o peor. El libro de Rosencof es para leer en dos horas pero para pensarlo un largo rato. El personaje quiere ver al menos una de las agujas del reloj del padre. Quiere saber la hora, pero más todavía, añora que su padre lo nombre como hijo: el hijo, heredero del padre y por lo tanto continuación temporal de la sangre, pide que su padre no lo niegue, porque negarlo es no reconocerlo en el paso del tiempo. Negarlo es burlar al tiempo. Ser negado es quedar encerrado, es detener el mundo en ese momento exacto en el que no existimos. En eso consisten esos diez minutos que retratan los diez minutos de la visita permitida al padre. Los diez minutos más largos de la vida de un preso, de un hombre, de un nadie.