viernes, 7 de noviembre de 2014

Candidato o el optimismo



Por Matías Rótulo -Publicado en el número 454 de Voces (6/11/14)

“-¿Qué es el optimismo? -dijo Cacambo.
-¡Ah! -respondió Cándido- es la manía de sustentar
 que todo está bien cuando está uno muy mal”
Cándido, de Voltaire.

Cuando el periodista[1] le preguntó a José Saramago sobre su optimismo, el portugués respondió: ¿Cómo vas a ser optimista si lees el periódico? El mundo es el lugar del infierno; millones nacen para sufrir; no les importan nada a nadie (SIC). No soy un pesimista, soy un optimista bien informado”.
Vivir en el mejor de los mundos posibles, tal como proclamó el filósofo Leibniz, nacido en el siglo XVII y ridiculizado por Voltaire en Cándido, conformarse con lo dado, rechazar el espíritu crítico, está radicalmente en contra del postulado de Saramago. Pero en Uruguay se ha retomado la tradición de un pensamiento filosófico añejo, y algún publicista lo articuló como una máxima de bastante poco vuelo para la campaña política.
Los dos candidatos que se postulan la presidencia en noviembre se han referido al optimismo o lo “positivo” con la tónica de una tapa de La República (siempre en positivo a favor del Frente Amplio, rompiendo con el espíritu crítico tradicional de la izquierda) o con el optimismo de un votante blanco, frente a los (malos) números de la primera vuelta, que lo dejan alejado de la Presidencia, más allá de las alianzas nacionales “por la positiva”.
En épocas políticas, el planteo de Leibniz parece muy lejano pero sutilmente arrastrado en el discurso. El “optimismo” de Leibniz tiene su versión filosófico- político-propagandística de la mano de Luis Lacalle Pou y su campaña “por la positiva”. Ir por la positiva, de hecho, es ir a la negativa de algo. Es negarse al pesimismo. Lacalle Pou se ajusta al optimista bien informado que propone Saramago, de lo contrario, no sería candidato de nada. Se opone por la positiva a lo negativo del actual gobierno. El juego de palabras confunde, porque de palabras se construye el asunto, más allá que en el inicio del programa de gobierno del Partido Nacional se afirma que no se gobierna con palabras, sino con hechos. Empero, la  palabra ha sido históricamente el motor de las campañas. Si son palabras lindas es mucho mejor. A nadie se le ocurre atemorizar en estos tiempos con palabras sobre los comunistas y tupamaros al poder como en 1999 y 2004, o con las crisis económicas que se heredó malditamente del gobierno colorado. El mensaje debe ser otro: un mensaje positivo.

Ser positivo
Lacalle Pou cuida que su programa de gobierno no vaya por la negativa, pero cuando muestra las fallas del Frente Amplio para después proponer “por la positiva”, primero debe hacer un proceso donde impere la negativa. El pesimista se informa para ser optimista, como en este ejemplo: “Los gobiernos del Frente Amplio han fracasado en el manejo de la seguridad” (programa de gobierno del PN). Sea cierto o no, el postulado sobre la “inseguridad” (la falta de ella, el mensaje negativo) desmoraliza para cumplir con su objetivo traducido en el voto del votante. Si me desmoralizo, no veo las cosas de manera “positiva” sino negativa. Si veo las cosas por la negativa, tendré que votar por la positiva. Lo negativo es entonces la mejor y más efectiva herramienta de Lacalle Pou. El “yo no descalifico, y no ataco” tan repetido por este candidato es una falacia, pues desde su propia afirmación descalifica y ataca. Acusa a los otros de “descalificar y atacar” alejándose él mismo de su postura acusatoria. Así como el “yo no debato” de Vázquez es un debate en sí mismo. No debatir es una postura por la negativa, que apunta a un mensaje positivo: si yo voy ganando, no debato. Lo positivo es “estoy ganando”, lo negativo sería “privo a la gente del debate”.
Las propuestas de mejoras por “el bien de todos” abundan desde la positiva histórica con resultados nefastos para las sociedades. Desde la Alemania de Hitler al Uruguay de 1973, incluyendo las democráticas experiencias de los noventa en nuestro continente. Ser “positivo”, más que una propuesta política vacía de contenido por estar llena de contradicciones, es un simple recurso retórico, parecido a frases que proponen vender productos: “Mc Donalds, me encanta”, “Coca Cola es sentir de verdad”, “Movistar, compartida, la vida es más”. No se construye nada, simplemente se afirma de una manera totalizadora lo hermoso del producto.
 Luis Lacalle Pou es el candidato o el optimismo. Como Cándido, al final descubrirá que la vida es dura y cruel y que para gobernar se necesita tanto construir como destruir en el buen sentido. Se necesita ser un poco negativo. Tabaré ya sabe lo que significa aquella frase final de la novelita de Voltaire: “cultivemos nuestro jardín”.




[1] Cruz, Juan. “Saramago vuelve a la niñez”, El País (Madrid): 20 de agosto de 2010.